Fariba Quraishi (43 años) trabajó 14 años como jueza en su país, Afganistán, combatiendo y protegiendo a las víctimas de la violencia. Con la llegada de los talibanes al poder en 2021, tuvo que huir para salvar su vida. Primero se refugió en Grecia y en 2022 llegó a España.
Actualmente es miembro de la Asociación Internacional de Juezas Afganas Refugiadas y vive exiliada con su marido y sus tres hijos de 8, 10 y 14 años en Alcalá de Henares (Madrid).
Sin embargo, no olvida la situación de millones de mujeres afganas que siguen en su país privadas de derechos fundamentales tan básicos y universales como estudiar o trabajar. Para recordar el pasado lleva la toga de magistrada en el bolso y lucha contra el apartheid de género, que vivió en su propia piel.
Realmente, su persecución viene de atrás. Comenzó a recibir amenazas y a ser perseguida por los talibanes cuatro años antes de que regresasen al poder “porque juzgaba a criminales de todo tipo, pero sobre todo a talibanes que mataban a mujeres”, explica en una entrevista con NORTES en una sala del decanato de la facultad de Derecho en la Universidad de Oviedo.
Fariba juzgó a los dos talibanes que asesinaron a una médica española de Cruz Roja que trabajaba con discapacitados en el hospital de Mazar, una ciudad a 55 kilómetros de la frontera con Uzbekistán. “Tuve que poner más seguridad en casa, por ejemplo puertas acorazadas, por miedo a que le hicieran algo a mis hijos”, reconoce.
De hecho, vivió en dos ocasiones la opresión de los talibanes. La primera, tenía 16 años y no pudo seguir en la escuela. En la segunda, en 2021, la privaron de su trabajo, como a miles de mujeres de su país por su identidad femenina.
Por ello, ruega reiteradamente, durante la entrevista y posteriormente en la conferencia, que el mundo no se olvidé de las mujeres afganas, a quienes tiene abandonadas. Se pregunta: “¿Cuánto sufrimiento es necesario para que la justicia internacional salga en defensa de las personas afganas, especialmente de las mujeres?”.
A pesar de las protestas dentro y fuera de Afganistán con mujeres que reclaman justicia, han pasado ya cinco años y las afganas no pueden ir al colegio ni salir solas de casa. “Hace falta que la justicia salga de los libros y se haga realidad en la vida de las mujeres afganas. Estoy muy cansada”, confiesa.

Igualmente, reclama ayuda para que se agilicen los procesos para solicitar asilo para que las mujeres puedan instalarse en otros países y estar a salvo. Desconoce el número de mujeres en esta situación, “pero pueden ser millones, la mayoría salen de Afganistán. Muchas ocultan su identidad para salir de casa a tramitar un visado para sus familias”. Por ejemplo, hay veinte juezas que siguen en Pakistán y en Irán, pero además otras profesionales también han sido perseguidas.
Apartheid de género
“Ahora está aquí la tercera Fariba, que solo tiene voz para luchar contra el apartheid de género. Millones de chicas no pueden ir al colegio en este siglo, pero las organizaciones no escuchan”, sentenció en la conferencia ‘Justicia internacional y derechos humanos del genocidio en Israel al apartheid de género en Afganistán’, que impartió junto a la doctora de Derecho Internacional Beatriz Vázquez Rodríguez y el director de la sección española de Amnistía Internacional, Esteban Beltrán.
En la intimidad, respondió con suavidad y prudencia, manteniendo una compostura cariñosa y dibujando una sonrisa, pero más tarde delante del auditorio su voz se entrecortó y su rostro se llenó de lágrimas al relatar todo lo vivido y sobre todo al denunciar el apartheid de las mujeres. “Perdón, yo siempre digo: tú no vas a llorar porque tienes muchas palabras para decir, pero yo no puedo porque en mi voz está el dolor de muchos millones de mujeres afganas”, se excusó.
Conmovió a estudiantes, profesores y público que asistieron esta semana a su exposición en el Aula Magna de la Facultad de Derecho en Oviedo, organizada por Amnistía Internacional.
Explotación de los recursos naturales
En todo momento señala a Estados Unidos y sobre todo a Donald Trump como el responsable de lo que está padeciendo el pueblo afgano con la entrada de los talibanes. “Sacaron todas nuestras minas y el oro. Hay una provincia muy conocida en Afganistán, Badaxán -de donde se extrae lapislázuli-, por sus recursos”, acusa.
“Los talibanes han vuelto al poder porque firmaron un acuerdo con Estados Unidos para explotar las minas de carbón y extraer recursos naturales como el oro. Además Afganistán es el corazón de Asia, tiene una ubicación muy estratégica. Por eso ahora Estados Unidos tiene más control de China, Uzbekistán, Rusia e Irán”, explica.
Para ella la solución a lo que está pasando solo la tiene Donald Trump, “si se sienta aquí y dice que salgan los talibanes, se termina”, sentencia.
Además de su familia, su hermana sigue allí con dos hijas que tienen la misma edad que los suyos. “Me da igual los otros problemas que ellos tienen, pero a mí que sus hijas no puedan estudiar como mis hijas me duele”, lamenta.
Recuerda que eso pasa con todos las chicas en el país desde que llegaron los talibanes, porque antes las mujeres estudiaban hasta la universidad. “Había un sistema de educación para las mujeres, pero llegaron los talibanes y cerraron los colegios y las universidades a todas las mujeres. Como fue mi caso, que ejercí como jueza 14 años; mientras que otros países, como Pakistán, creo que no tienen mujeres juristas”, afirma.
“Había un sistema de educación para las mujeres, pero llegaron los talibanes y cerraron los colegios y las universidades a todas las mujeres”
La discriminación con las mujeres es una cosa clara, pero los talibanes también discriminan a las otras etnias o los otros idiomas diferentes a los suyos. De tal manera que solo se puede hablar pastún, la lengua de la mayoría de los talibanes.
“Han cambiado las señales, los nombres de las calles, la lengua de las universidades, han puesto otro idioma. Es decir, todo lo que ellos no hacen es discriminado, a pesar de que hablan una lengua minoritaria imponen esa lengua. Incluso hay palabras persas que no tienen una equivalencia en la lengua mayoritaria de los talibanes y han cambiado el significado”, detalla Fariba.
Ayuda desde Europa
Sigue ayudando a los afganos, mayormente a las niñas, a las mujeres y a las familias, a través de un programa de donación que consiguió en un instituto. Cada familia que tiene hijos en el centro está donando dinero, y a través de un enlace en el país encuentran a las niñas más necesitadas y están invirtiendo para que estudien online, dotándolas de ordenadores, móviles y conexión.
No envían el dinero directamente, sino que compran los equipos. Fariba trabaja en coordinación con otra refugiada en Inglaterra, recogen dispositivos que no utilizan en los institutos y los mandan a Afganistán a través de una empresa sin gastos.

“También hemos conseguido dos máquinas eléctricas de cocina para dos mujeres. Guardamos todas las facturas, los papeles, cualquier detalle de este proceso y lo compartimos en el grupo. Enseño mi cuenta bancaria cuando me mandan dinero”, especifica.
España, su segundo país
Solo tiene palabras de agradecimiento para España, que considera su segundo país, “donde he vuelto a nacer”. “España es mi segundo lugar, me gusta mucho. Tengo el sentimiento de que Fariba nació otra vez aquí”, recalca.
Entre bromas asegura que a ella y a sus hijos les encantan la tortilla de patatas y el pan con tomate. Al mismo tiempo presume del bolani, un pan plano original de Afganistán que se rellena de vegetales, generalmente patatas, espinacas o calabaza.
Se abstiene de opinar sobre la polémica de prohibir el burka y el niqab en España. “Cada país tiene su libertad para tener una ley y, como residente o como una persona que vive en este país, yo respeto todas los leyes”.
Explica que hace 40 años no existía el burka en Afganistán, que es original de Pakistán. “Los talibanes utilizan la religión para hacer todo esto, pero yo como musulmana no lo acepto, porque tengo derecho a estudiar y a tener libertad. Hay gente que aprovecha la religión a su favor. Eso es político. El islam no dice que tengas que llevar burka ni que te tengas que vestir de negro, eso depende de ellos que malinterpretan el islam”.
Sobre los estereotipos que los españoles tienen de los musulmanes considera que “es una cosa personal, cada uno tiene su manera de pensar, y lo respeto, pero en general puedo decir que la gente de España nos ayuda mucho a los afganos y estoy satisfecha con el trato”.
Tuvo opciones para irse de Grecia a Estados y a Australia, pero quería venir a España. “Y luego aquí también recibí el visado de Estados Unidos, pero decidí quedarme porque tenemos culturas compartidas. Por ejemplo, en Grecia había gente mayor o enferma que vivía sola, pero en España están acompañados de familiares más jóvenes y eso es que respetan a las familias”.
De su país no echa de menos la comida, “porque puedo cocinar nuestros platos aquí”, sino su trabajo. En ese momento su rostro se entristece y recuerda que “yo trabajaba en una sala como esta -en el Decanato de la Facultad de Derecho-, rodeada de compañeras”.
Sin embargo, en España no le convalidan el título, además tiene la dificultad de la lengua porque solo habla farsi. A pesar de llevar cuatro años en España “no pude aprender español mejor porque mi pensamiento estaba siempre en Afganistán”, reconoce.
“Aquí vivo en paz y seguridad, con el estómago lleno, con el derecho de mis hijas de poder ir a la escuela, pero en Afganistán las mujeres viven sin identidad, sin seguridad y sin pan. Hasta el punto de que para encontrar un pedazo de pan y escapar del hombre las niñas se ven obligadas a vestirse como niños”, lamenta.
Regresar a Afganistán
Fariba y su familia no pueden volver a su país mientras los talibanes gobiernen. “Ahora no es posible y en el futuro están mis hijos, que ellos quieran o no. Yo tengo ganas de volver a mi país para trabajar y poder seguir con la vida, pero claro, mis hijos están creciendo aquí, están aprendiendo español, quizás en el futuro no quieran, pero yo me voy sola”, asiente.
Diferente es la situación de los afganos que se encuentran en países de Oriente Medio. La Agencia de la ONU para los Refugiados, ACNUR, advirtió de que la escalada de las hostilidades en esa región y el deterioro del entorno de protección podrían provocar un aumento de los retornos de ciudadanos afganos desde países vecinos.
De hecho, en lo que va de año, alrededor de 110.000 personas afganas han regresado desde Irán, con una media de 1.700 retornos diarios desde que estalló el conflicto en Oriente Medio. La organización teme que la evolución de la situación regional pueda desencadenar movimientos aún mayores en las próximas semanas.
“Efectivamente, ahora mismo tenemos gente que para salvar su vida se va otra vez a Afganistán porque en Irán sabes que la situación cada día está peor. Sin embargo, desconocen qué pasará en el futuro, están entre la vida y la muerte porque estas personas eran contrarias al régimen talibán”.



























