El escritor portugués Gonçalo M. Tavares participó en el Festival POEX de Gijón para presentar su libro número cincuenta: “Las botas de Mussolini”, un particular poemario que es el primero de un ciclo que aspira a “reconstruir la tragedia del siglo XX” a partir de fragmentos y detalles. La brillante y singular carrera de Tavares se basa en el esfuerzo por crear un lenguaje literario “entre el grito y la mudez, y al mismo tiempo contra la tontería. Así es como me gustaría tratar de mirar el siglo XX”.
Tavares es un escritor de curiosidad omnívora e imaginación desbordante, que lo mismo se deja seducir por la realidad más inmediata-“las noticias son un estímulo literario”-que se entrega a los delirios de su capacidad fabuladora: “En literatura me interesa todo. Lo único que no me interesa es repetir”. Como demostró en su encuentro con el público en el Centro de Cultura Antiguo Instituto, Tavares es un creador con los pies pegados al suelo y los oídos atentos al mundo contemporáneo: habló de Elon Musk, de Silicon Valley, de Donald Trump y de “una ideología fascista, porque esa es la palabra que hay que usar, que es el principio de la barbarie”. “Las palabras no matan”, recordó el escritor, “pero tienen potencia y tienen consecuencias que estamos sufriendo”. Antes de su encuentro con el público, Tavares mantuvo una conversación con NORTES.
La Europa del siglo XX y sus tragedias es el tema de muchas de sus obras, ¿le interesa la historia como objeto de reflexión?
Sí, este libro va en esa línea. La memoria no es un acto solamente intelectual, sino ético. La amnesia es una grave enfermedad ética. Me parece que es importante que el escritor aborde la historia, pero no es necesariamente una historia que tenga una fecha y un espacio definido. Por ejemplo, el mal: ¿dónde está el mal? No podemos coger un mapa y decir que el mal está aquí, o coger un calendario y decir que el mal empieza tal día de 1944. El mal, yo diría, está en todos los espacios y en todos los tiempos. Intento que los lectores no vean desde fuera la historia de Europa y la de la maldad. Me parece importante despertar la lucidez de los lectores.
¿Piensa que la autoficción literaria es una forma de amputar y limitar los horizontes de la literatura?
La primera lección de la ficción es que el autor puede ser distinto del narrador, y el narrador distinto de sus personajes. Que haya un narrador fascista no significa que el autor lo sea, y me parece importante que haya ficciones con narradores fascistas, porque la ficción sirve para ponerse en la cabeza de otros. Ponerse en la cabeza de un fascista es un ejercicio ético importante, y cada vez más necesario. Si no haces eso, ¿cómo vas a entender lo que es un fascista y cómo surge el fascismo?
Acaba de publicar en Portugal “O Fim dos Estados Unidos da América”, una epopeya en verso de casi mil páginas en la que cuenta la historia de una nueva guerra civil en aquel país
La novela trata sobre una peste que llega a Estados Unidos y surgen varias hipótesis sobre su origen: las ratas, los mosquitos llegados de África, los negros y, por último, los pobres. Entonces empieza una guetización de los pobres. El libro es una sátira, una comedia, pero también una distopía con un lado muy político. Se llega a una especie de segunda guerra civil en Estados Unidos que enfrenta a los que defienden meter a los pobres en guettos con los que se oponen. Es un libro en el que hay mucha realidad, pero también es muy delirante.
¿Vivimos tiempos peligrosos?
Sí, porque el lenguaje en circulación es muy malo. Los tiempos peligrosos vienen de frases peligrosas, y hay personas que piensan de forma maligna. Hace unos meses, Elon Musk dijo una frase que es muy nietzscheana y muy maligna: la empatía es tóxica para la economía. Escribí un texto sobre ello, porque está claro que son palabras del diablo. Es algo claramente nietzscheano, con esa idea de que el cristianismo es la enfermedad de occidente porque obliga a cuidar a los pobres y a los débiles, y eso debilita a la sociedad. Yo trabajo mucho con discapacitados intelectuales, y me asombra esa idea de que estas personas no deben recibir ayuda porque no aportan nada a la economía. Estamos en un mundo en el que los fuertes no tienen empatía, y para ellos los pobres no existen. Eso son tiempos peligrosos. Los fuertes, los ricos y los inteligentes, sin ningún pudor, dicen estas cosas.



























