EEUU se ha convertido en el gran suministrador de gas licuado a España y la planta regasificadora de Xixón en un símbolo de esta creciente dependencia de los combustibles fósiles norteamericanos. Construida en 2012, pero paralizada hasta la guerra de Ucrania, desde su inauguración, en el verano de 2023, en las instalaciones del puerto de El Musel se han descargado 34 buques con cinco millones de metros cúbicos de gas norteamericano, en su inmensa mayoría con destino a la red gasística española, si bien una pequeña parte de este cargamento se ha redistribuido a otros países.
Este gas natural “made in USA” tiene su origen en las explotaciones de fracking o fractura hidráulica, una técnica que consiste básicamente en bombear agua y arena a presión agrietando así las rocas del subsuelo hasta liberar los hidrocarburos atrapados. Se trata de una tecnología muy extendida en EEUU pero prohibida en España, donde una gran movilización vecinal y ecologista logró a principios del siglo XXI impedir su desarrollo.
El fracking permite extraer gas y petróleo de yacimientos difíciles, pero requiere a cambio grandes cantidades de energía, agua y productos químicos. La emisión de gases de efecto invernadero, pero sobre todo la contaminación de fuentes y aguas subterráneas, son las principales críticas que ha recibido esta técnica extractiva, prohibida en la mayor parte de la UE, y que también en EEUU cuenta con una fuerte oposición social.

Auge, caída y recuperación del fracking
A principios de siglo, mientras Europa restringía su uso, en EEUU el Gobierno de George W. Bush daba carta blanca a petroleras y gasísticas para eludir las leyes federales sobre medioambiente a través de la controvertida Energy Policy Act de 2005, una ley hecha a medida del sector.
Gracias al desarrollo del fracking a gran escala EEUU logró convertirse a principios de los 2.000 en uno de los mayores productores mundiales de gas, así como duplicar sus reservas petrolíferas. Sin embargo, tras una década de expansión, esta tecnología comenzó a tocar techo, en parte por motivos de mercado, pero también por razones técnicas y físicas. Es una tecnología cara y su rentabilidad a largo plazo ha sido siempre discutible. En vísperas de la pandemia de 2020-2021 muchas explotaciones norteamericanas se encontraban quebradas o con serios problemas de viabilidad económica. El fracking parecía entonces una burbuja pinchada. Nadie esperaba su resurrección.
La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 salvó al fracking de lo que parecía su decadencia y ruina irreversible.
La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 lo cambiaría todo. El inicio de la guerra y las sanciones a Rusia salvaron al fracking de lo que parecía su decadencia y ruina irreversible. La ruptura de la UE con el gas ruso abrió la puerta a una entrada masiva de gas norteamericano. A ello también contribuyó un acontecimiento que no tuvo nada de casual, la voladura en septiembre de ese mismo año de los gaseoductos de Nord Stream en el Mar del Norte, en una aparatosa operación de sabotaje perpetrada por los servicios secretos ucranianos y norteamericanos. Tras esta acción armada la UE se tomó más en serio la disminución de importaciones gasísticas rusas y aceleró la importación masiva de gas licuado norteamericano.
En el caso español, este giro hacia las importaciones norteamericanas ha sido especialmente intenso. Si antes de la guerra el gas de los EEUU rondaba el 6% de las compras españolas, a principios de 2026 este porcentaje superaba ya el 33%. Desde 2025 España importa más gas norteamericano que argelino, su histórico proveedor a través del gaseoducto de Medgaz.

Este aumento no responde únicamente a criterios de mercado. Forma parte también de una estrategia política y comercial impulsada desde Washington en apoyo a sus propias energías fósiles. Tanto con el demócrata Joe Biden como con el republicano Donald Trump, Estados Unidos han promovido activamente la exportación de su gas hacia Europa, utilizando la energía como herramienta de influencia geopolítica. Acuerdos entre la Unión Europea y Estados Unidos han vinculado la reducción de tensiones comerciales —incluidos aranceles— al incremento de las compras de hidrocarburos estadounidenses, convirtiendo así el gas en moneda de cambio en las relaciones transatlánticas.
Trump impulsa una nueva ola de explotaciones de fracking
Con el segundo mandato de Trump en la Casa Blanca el fracking ha recibido un nuevo impulso. El presidente quiere producir todavía más gas y petróleo a través de esta técnica. Para ello ha eliminado algunas de las restricciones que pesaban a su desarrollo, como la prohibición de extraer gas y petróleo en zonas protegidas. Sin embargo, en la industria del fracking también existe el temor a que la apuesta de Trump por inundar el mercado mundial con unos precios muy bajos del petróleo y el gas supongan la ruina para muchas explotaciones norteamericanas. El fracking, recordemos, es una técnica muy cara, y su rentabilidad depende siempre de precios de mercado muy altos.
En España PP y Vox se han mostrado favorables a abrir la puerta a la explotación mediante fractura hidráulica de posibles yacimientos de gas, algo prohibido por la Ley de Cambio Climático de 2021.
Desde el ecologismo se ha criticado el fracking no solo por sus efectos sobre los territorios y poblaciones, sino también porque aumenta la dependencia de los combustibles fósiles en lugar de acelerar la transición hacia energías renovables. La ironía sin embargo es que mientras España prohíbe la extracción con esta tecnología se ha convertido en la práctica en un gran importador de gas de fracking. La regasificadora del Musel es la muestra palpable de esta doble moral.



























