Cuando Atenas se quedó sin sus tres grandes trágicos con la muerte de Sófocles en el 406 a.C., muy poco después de la de Eurípides (Esquilo, el mayor, ya había abandonado la escena y este mundo en torno al 456 a.C.), Aristófanes compuso una de sus comedias más entretenidas, Las Ranas, con el dios del teatro, Dioniso, como protagonista. El argumento, en pocas palabras, era el siguiente: Dioniso tenía que ir al Hades y traer de vuelta a Eurípides (aunque al final se decide por Esquilo) para que el público no se sintiera tan huérfano.
La información que los antiguos griegos tenían sobre el Más Allá y sobre cómo llegar al Hades era, imaginen, tan fiable y de primera mano como la nuestra y, por lo mismo, igual que a nosotros, literatura sobre el asunto no les faltaba. Dioniso se informa sobre el viaje que debe hacer preguntándole a Heracles, uno de los pocos que se había adentrado en el Hades con vida cuando fue a capturar al can Cerbero, el perro que vigilaba las puertas del mundo de los muertos. Lo importante era que también había hecho lo más difícil, el viaje de vuelta, por eso Dioniso le pide consejo. En la comedia de Aristófanes la descripción de cómo se llega al Hades está llena de bromas, pero que basaban su gracia en estar construidas sobre creencias reales: Dioniso tendrá que pagar dos óbolos a un barquero para atravesar la laguna Estigia, se encontrará con monstruos y serpientes, después verá, hundidos en el lodo, a los que habían cometido grandes faltas (pegar a una madre, o a un padre, maltratar a un huésped, disfrutar de un jovencito sin pagarle, jurar en falso…), y también se encontrará con los iniciados en Eleusis, felices al son de las flautas y coronados de mirto. No había un cielo y un infierno separados, había un único lugar para las almas de los muertos.
Nosotros tenemos ahora mismo un infierno en la tierra y hemos llegado por un camino mucho más espantoso que el que recorrió Dioniso. El estado de Israel ha asesinado a ciudadanos palestinos en una cantidad que nunca conoceremos, ha cometido crímenes de guerra abominables, se ha ensañado con niños y bebés, ha provocado una hambruna, ha torturado y violado prisioneros, ha arrasado ciudades reduciéndolas a escombros. Y nosotros mirando, debatiendo sobre si era o no un genocidio, sobre si se estaban cometiendo o no crímenes de guerra, sobre si decirle unas palabras al embajador. Mirando, pero también comerciando con los genocidas. El infierno está ahí, está aquí, después de Gaza.

Si arrasar la Franja y asesinar a decenas de miles de inocentes no nos llevó a romper relaciones diplomáticas, los pogromos actuales en Cisjordania son una anécdota, un día más en la vida de los asesinos sionistas. De todo hay videos, de nuevo igual que en Gaza: milicias de colonos amenazando con quemar vivas a familias palestinas enteras, disparos a niñas, a niños, saqueos en las casas de las que han expulsado a sus ocupantes por la fuerza. Pero no hay reacción. Es el propio ministro de defensa de Israel el que ha dicho que reproducirán en el sur del Líbano el modelo de destrucción de ciudades aplicado en Gaza. Es el diario israelí Haaretz el que denuncia que los hospitales son objetivo de las IDF en Líbano, como lo fueron en Gaza. Y no pasa nada. ¿En qué cieno merecerían ahogarse estas bestias?
Los crímenes de Israel y de EE.UU., aplaudidos por muchos cómplices también entre nosotros, se han convertido en rutina. Ahora hay un poco más de tensión, por si nos afecta al bolsillo tanto bombardeo en zonas estratégicas para el petróleo, pero qué pronto se olvidan las casi doscientas niñas asesinadas en Minab, una gota en el océano de niñas y niños masacrados, que pronto se olvidará la cara de inmensa pena de Musfafá Bani Odeh, de ocho años, superviviente junto con su hermano Khaled Bani Odeh, de doce, del ataque de las bestias israelíes contra el coche en el que viajaban en Cisjordania: su padre, su madre y sus hermanos Othman, un niño ciego de siete años, y Mohammed, de cinco, fueron asesinados. ¿A qué lugar del infierno enviar a los criminales que les dispararon? ¿Qué condena imponer a quien dispara sobre un niño ciego en el regazo de su madre?
El camino que hicimos hasta este infierno ha atravesado estaciones tan indecentes y cobardes que tenemos mucho más difícil que Dioniso salir de él y volver con vida a la superficie. Estaríamos mucho mejor en compañía de las serpientes de las que hablaba Aristófanes que bajo el mismo cielo que Trump y Netanyahu. Dioniso se quedó muerto de miedo cuando en su viaje al Hades se encontró con Empusa, un monstruo femenino del mundo infernal, devorador de carne, que adoptaba diversas formas, y que en Aristófanes tiene un pie de bronce y otro de estiércol. Yo me tomaría un café con ella antes que con el ministro de Seguridad Nacional de Israel Itamar Ben-Gvir, o que con cualquier seguidor de Moloch.



























