“La generación inquilina son aquellos que no pueden pagar por sus propios medios una vivienda”. Esa es la hipótesis de Javier Gil, investigador del CSIC y ex portavoz del Sindicato de Inquilinos e Inquilinas de Madrid, autor de “Generación Inquilina” (Capitán Swing, 2026), uno de los ensayos del año, y en el que apunta a la crisis desde 2008 de la “sociedad de propietarios” que el franquismo había diseñado, y que se mantuvo e incluso amplió durante la democracia, cuando la mayor parte de la clase trabajadora pudo acceder a una vivienda en propiedad, a veces comprándosela al propio estado, que desde los años 80 se desprendió de casi seis millones de pisos públicos.
Gil participó este jueves en Xixón en un acto promovido por Somos Asturies, formación que aspira a influir decisivamente en la futura Ley de Vivienda autonómica, en periodo de discusión, tal y como señaló Covadonga Tomé en la presentación del evento.
La diputada y portavoz de la formación de izquierda asturianista abogó porque el Principado imponga impuestos a las viviendas vacías sin uso, una medida que también Gil apoyó, y que según el investigador ha servido en Francia y otros países europeos para movilizar pisos y sacarlos al mercado.
Según el autor de “Generación Inquilina” los votantes del PSOE están exigiendo a su partido medidas más contundentes en materia de vivienda, y son las cúpulas del partido las que las están frenando. Para el autor madrileño, comprar una casa se ha convertido en algo parecido a invertir en bolsa o criptomonedas, un activo al que se le busca extraer el máximo beneficio en el menor tiempo posible.





Sergio G. Begega, sociólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu, también señaló que comprar para alquilar ha dejado de ser una inversión paciente, de la que se esperaba obtener un pequeño beneficio, sin pretensión de vivir de ello, a una operación plenamente especulativa a la que se han apuntado muchos pequeños propietarios en busca de dinero rápido: “También gente de izquierdas, con carnet de un sindicato”. Según Begega “los pequeños propietarios se están comportando como los fondos de inversión”.
Preguntado por la situación asturiana el sociólogo apuntó que uno de los grandes problemas de la comunidad es la falta de datos fiables: “Sin eso es muy difícil hacer políticas públicas”.
En opinión de Gil el reto en este momento está en organizar y cohesionar a la generación inquilina, muy plural y diversa, a veces también con contradicciones internas, y en la que hay migrantes y autóctonos, quienes esperan heredar tarde o temprano de sus familias, y quienes no cuentan con ningún patrimonio familiar y van a estar condenados a pagar alquiler hasta el final de sus días.
Con respecto a los sindicatos de inquilinos, muy comunes en Suecia o Alemania, pero que apenas se están empezando a desarrollar ahora en España, el investigador y activista les auguró un gran futuro si logran articularse como un verdadero contrapoder al rentismo y a unos gobiernos más preocupados por favorecer el negocio inmobiliario que por garantizar el derecho a la vivienda.



























