«La verdad libre de toda hipocresía». Eso llevaba grabado el monumento a Clarín de Álvarez Laviada. A los falangistas les faltó tiempo para destruirlo en el 36 (según la Wikipedia, la estatua «sufrió daños durante la Guerra Civil», qué cachondos). Se rehízo la estatua tiempo después, pero la frase quemaba y no se incorporó al monumento restaurado. Ni que instase a los proletarios a unirse. Quizá Clarín ahora estaría de acuerdo en que la frase puede quemar. Es de temer la hipocresía de la vida pública y más el paso siguiente, el de la sinceridad. Echaremos de menos la hipocresía. Vayamos por partes.
El hipócrita finge una moralidad que no tiene y respeto a unas normas que no cumple. El hipócrita oculta. En la vida corriente no necesitamos preocuparnos por aquello que oculta, allá él o ella. Pero en política lo que el hipócrita oculta es algo que quiere hacer y eso sí debe incumbirnos. En setiembreTrump emitió un memorando titulado «Lucha contra el terrorismo interno y la violencia política organizada». El director y principal inspirador de la política antiterrorista de Trump es Sebastian Gorka, húngaro nacionalizado americano. En Hungría perteneció a un grupo de ultraderecha de filiación nazi y a una milicia racista y antisemita. Preguntado por el genocidio palestino en Gaza, dijo que no hay tal genocidio y que Palestina no existe. El memorando se publica bajo la inspiración de este menda. El supuesto problema terrorista viene de ideologías anticapitalistas y antifascistas de extrema izquierda y de actitudes hostiles a «los puntos de vista estadounidenses sobre la familia, la religión y la moralidad». En realidad, la violencia organizada interna de EEUU está ligada, según la policía, a grupos supremacistas blancos de distintos pelajes, los que parodia la celebrada película Una batalla tras otra. El memorando rezuma hipocresía. Toda hipocresía oculta y lo que oculta esta es la persecución, política pero también física, de la izquierda. En marzo, en Ottawa, se reúnen representantes occidentales sobre seguridad. La enviada de Trump dice que EEUU sigue en alerta por el terrorismo islámico, pero también por el de la extrema izquierda, la antifa. La perplejidad heló el gesto de los asistentes. Ya es una exigencia de Trump a sus aliados que colaboren en la desarticulación del terrorismo de extrema izquierda antifascista que amenaza a los EEUU y campa a sus anchas por Europa.
“Nadie está planteando por la izquierda nacionalizar la banca, colectivizar los medios de producción, ni expropiar todos los bienes de la Iglesia. Pero sí se vocifera por la derecha el cierre de la Seguridad Social, la inmoralidad de la atención médica gratuita y la eliminación de las pensiones.”
Lo que se oculta es el intento de una persecución internacional de la izquierda. Los liberales y conservadores que crean que no va con ellos enseguida verán la hipocresía de la hipocresía: hipócrita es pretender que persiguen a terroristas cuando persiguen a la izquierda e hipócrita es pretender que persiguen a la izquierda cuando persiguen a cualquier disconforme. Aquí la hipocresía tiene sus propios dialectos. El terrorismo interior aquí también es muy querido. Es visible que los inicios de violencia vienen con la ultraderecha: presuntos desokupas, que en realidad son una patulea descerebrada que juega a ser el embrión de escuadrones; acosos a políticos y periodistas progresistas en sus espacios familiares y privados; activistas vociferantes de extrema derecha que se camuflan de periodistas; lenguaje amenazante incendiario. La hipocresía homóloga a la de Trump es el invento de una ETA inexistente como problema de seguridad. Toda la derecha se ufana hipócritamente de que Sánchez no pueda dar un paseo sin que le increpen o le agredan. Es doble hipocresía. Fingen que es consecuencia de su descrédito. Cuando la mitad de los políticos del País Vasco no podía dar un paseo, porque podían morir, se entendía que había crimen organizado, no que los políticos amenazados fueran indignos. La agresividad contra Sánchez acredita la violencia creciente en las derechas. Y repetirlo con satisfacción es una incitación a esa violencia. La propia idea de extremismo es una hipocresía recurrente. Nadie está planteando por la izquierda nacionalizar la banca, colectivizar los medios de producción, ni expropiar todos los bienes de la Iglesia. Pero sí se vocifera por la derecha el cierre de la Seguridad Social, la inmoralidad de la atención médica gratuita y la eliminación de las pensiones. No hay más extremismo que el de la derecha, lo demás es hipocresía. Y otra hipocresía muy querida es la sobreactuación sobre lo común: el bien de España, la seguridad, … Pretender diferenciarse con lo que es común es una hipocresía autoritaria que pretende que el rival no sea rival, sino ajeno al país. Por eso Trump en su memorando se refiere a la moral fundamentalista de la extrema derecha católica como «los puntos de vista estadounidenses sobre la familia, la religión y la moralidad». Estadounidenses, dice.
Monumento a Clarín en el Campo San Francisco. | Foto: Iván G. Fernández
Pero seguramente Clarín aceptaría que la hipocresía no es lo peor que puede pasar. Es famosa la máxima de F. de la Rochefoucauld: la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud. Apetece darle la razón, luego quitársela y luego dársela otra vez. Apetece darle la razón porque la hipocresía, eufemismos interesados incluidos, es la certeza de un tanque de valores y principios. Se ataca a quienes piensan distinto fingiendo que son terroristas, porque está activo el valor del derecho al libre pensamiento. Hay que vestir la violencia contra Sánchez de legítima defensa, porque está operativo el valor de la convivencia pacífica. La Iglesia llama imposición liberticida a la resistencia a entregarle la enseñanza y llama adoctrinamiento dictatorial a la firmeza frente a su pretensión de imponer la moral católica, porque es sentido el principio de libertad religiosa y laicidad del Estado. Fingir y manipular el lenguaje con expresiones absurdas, como democracia iliberal o hechos alternativos, muestra que la democracia y la verdad son valores frente a la dictadura y la mentira. La ocultación del vicio muestra el vigor de la virtud, como quería Rochefoucauld. Apetece quitarle la razón, porque el hipócrita oculta porque quiere sacar ventaja del engaño, no porque perciba su falta. Pero volvemos a darle la razón, porque no tendría que ocultar su falta para el éxito de su maldad si no tuviera vigor la virtud.
Por eso es tan desoladora la desaparición de la hipocresía y el paso al estrépito del cinismo que se prolonga en la provocación continua. Habremos avanzado en la barbarie pretendida por la ultraderecha (los perros de los ricos, no lo olvidemos) cuando el memorando de Trump inste a perseguir a izquierdistas porque pretenden justicia social y eso perjudica a los ricos, sin inventarse terrorismos. Habrá una degradación mayor cuando no tengan que fingir que Vito Quiles es periodista, cuando no se inventen okupas para proclamar que el país es de unos pocos amos y cuando no deliren violaciones de MENA y puedan decir que son negros o medio negros y aquí somos blancos, católicos y que con mezclas y barullos se complica el control de la población. Cuando se tiene éxito, no fingiendo valores compartidos, sino exhibiendo total falta de valores y escrúpulos, es que la convivencia perdió el cartílago y el lubricante que permite la vida en común. Martínez Bascuñán destacó el enorme daño de proclamar con impunidad que una civilización desaparecerá esta noche. Trump anuncia que cometerá un genocidio, que aplastará a millones de personas, que quemará una cultura y que todo eso no tiene que ver con nosotros porque es una civilización ajena. No importa que sea una bravuconada y que esté más cerca del ridículo que de la victoria. Es que se pueda decir eso, descoyuntar la vida pública y vaciarla de valores y seguir en el cargo, es decir, hacerlo con éxito. Una sociedad capaz de tolerar eso está más cerca de tolerar que haya grupos que puedan reventar tu puerta o colgar a gente de farolas, como los ayatolas. Revisen los disparates inflamados de nuestras derechas para ver de qué son aprendices. EEUU vivió de su poder militar, pero también de su superioridad moral al vender, hipócritamente pero con éxito, la democracia y la libertad como seña de identidad de Occidente con respecto a todo lo demás. Está por ver que con este embrutecimiento explícito sea suficiente su poder militar. Clarín estaría echando en falta la hipocresía.