El rey de la farándula
Dramaturgia, dirección e interpretación: Ángel Ruiz
Piano y arreglos musicales: Bru Ferri
Viernes, 10 de abril, Centro Niemeyer, Avilés, Festival de Cine LGTBI.
Al margen de trasuntos políticos importantes, ignoro las vidas y biografías de la realeza. Reconozco que más allá de aquellos “personajes” que por diversos motivos se han convertido en best seller y llevados al cine, como Juana la Loca, Iván el Terrible o María Antonieta –por citar tres ejemplos diferenciados–, poco sé de sus trayectorias y aficiones. Felipe IV, pintado aún adolescente por Velázquez en el cuadro a escala “real” que aparece en el escenario, se nos presenta espectral y enfermizo, con esa imagen simbólica que habría de quedar en el inconsciente colectivo. No fue así, evidentemente. Según leo ahora en entrevistas realizadas a historiadores especialistas, su figura quedó ninguneada por la biografía que Gregorio Marañón escribió sobre el conde-duque de Olivares. Tragedias personales y conflictos de todo tipo condicionaron su vida: el motín de la sal en Vizcaya, la sublevación de Cataluña y Portugal, enfrentamientos con la nobleza de Aragón y Andalucía, bancarrotas, guerras inter-reinos en los Países Bajos y hasta la paz de Westfalia, que llegaría a rubricar. Fue coleccionista de pintura, cuidador del patrimonio artístico de la corona, buen lector y amante de las artes. Ángel Ruiz en su espectáculo añade a este protagonismo la vida sexual del erotómano esteta, los valores de la promiscuidad –homosexualidad incluida– como un acto de afirmación monárquica que desagradará al conservador ultramontano, aunque no a los liberales, que asumirán con agrado el atractivo encanto de tanta prodigalidad y la probable verosimilitud de la semblanza.
“Ángel Ruiz y Bru Ferri son músicos expertos, tienen una vis cómica encomiable y mucha pericia y maestría para la interpretación.”
Sobre el virtuosismo de esta pareja de artistas que protagonizan El rey de la farándula, poco hay que añadir que no esté dicho. El éxito en el Teatro de la Comedia de Madrid despertó entre los aficionados curiosidad por presenciar ese “cabaret barroco” –singular aliteración y explosión terminológica, casi un oxímoron– donde se mezcla lo sacro con lo popular, y la chanza y letra festiva con la espiritualidad del bel canto. Ángel Ruiz y Bru Ferri son músicos expertos, tienen una vis cómica encomiable y mucha pericia y maestría para la interpretación. Ángel Ruiz, con un talento y voz extraordinaria, es quien cuenta los entresijos haciendo de una Segismunda pizpireta muy graciosa, despojada del miriñaque y minifaldera. Su ironía, gestos y retintín, por momentos me recordaron a Marty Feldman. Y Bru Ferri, disléxico y al piano, es el contrapunto ideal que arranca las carcajadas. Excelente trabajo que reconvierte el cabaret de café inicial en un burlesque de palacete real, tan fino como irónico, con cantatas y recitativos conocidos por el público asistente. La Calderona, Juan Rana, composiciones y escritos del Siglo de Oro, compaginan el desenfado propio del género con momentos de bella estampación barroca en un espectáculo apologético de la vida cultural de Felipe IV, que elude deliberadamente algunos apartados políticos escabrosos –no es el objetivo– y se cierra con una chispeante mistificación y loa al teatro como ejercicio de libertad. Algo que hemos visto en otras ocasiones, pero no con tanto arte.



























