Argumentos feministas a favor de la ley LGTBI asturiana

Intervención de la orientadora educativa Sara Combarros en la comisión informativa de la Junta General sobre la ley autonómica.

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Sara Combarros
Sara Combarros
Orientadora educativa y militante feminista en AMA Asturies.

Somos miles las feministas que damos voz y cuerpo a un feminismo que tiene clara su posición en defensa de los derechos LGTBIQ+, que rechaza que las causas justas compitan entre ellas en un juego de suma cero y que entiende que cada derecho conquistado es un derecho que ganamos todas y todos.

Este feminismo es hoy más necesario que nunca. El contexto que vivimos refuerza la urgencia de blindar los derechos que se recogen en la Ley LGTBI asturiana. Solo hay que encender la televisión para ver lo que sucede en Estados Unidos con el proyecto tecnofascista de Donald Trump y sus amigos multimillonarios, que no dejaron pasar ni un sólo minuto desde que accedieron al poder para comenzar a perseguir, entre otras, a las personas migrantes, a las personas trans y a las mujeres que quieren abortar. 

Desde que se empezó a tramitar la Ley LGTBI en Asturias hemos leído numerosas apelaciones a una supuesta falta de democracia por no poder debatir sobre ella. Curiosamente, estos argumentos provienen mayoritariamente de sectores que nunca han debatido sobre la cuestión trans con el objetivo de analizar cómo legislar mejor, cómo acompañar mejor a las personas trans, cómo mejorar los protocolos o cómo reforzar la atención sanitaria. Siempre han querido abordar la cuestión trans desde parámetros que, lejos de preocuparse por ampliar derechos, se han centrado en cuestionar la existencia trans y en presentarla como algo peligroso para las mujeres. Después de todo lo que hemos vivido estos años, espero que entiendan que muchas no nos fiemos de esa supuesta “preocupación democrática” por el debate en torno a esta ley.

Ninguno de los apocalipsis pronosticados tras la Ley Trans estatal de 2023 se han materializado. La inmensa mayoría de las Comunidades Autónomas han aprobado leyes de este tipo, que ya llevan dos décadas vigentes en nuestro país. La categoría de “identidad de género”, que algunas identifican como el principal escollo, se reconoce en España gracias a la ley 3/2007 del PSOE. Después llegó la Ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos LGTBI, aprobada en febrero de 2023, que vino a terminar con una de las principales preocupaciones de muchas y muchos: otorgar derechos a las personas trans sin tener que pasar por un diagnóstico ni por una hormonación obligatoria. Como dice el sociólogo Miquel Missé, la despatologización pasa también por dejar de entender la cuestión trans como algo biológico y supeditado a soluciones médicas y empezar a pensarla como algo social, cultural y político.

Ese cambio de enfoque es profundamente feminista. Los feminismos han criticado históricamente el género como un sistema de opresión para las mujeres. Las vidas LGTBI han venido justamente a cuestionar la rigidez de las categorías que nos definen como mujeres y hombres. Las realidades trans han contribuido a poner en evidencia la trampa de hacer pasar por natural lo que en realidad es un constructo social: el género y el binarismo de género. A través de expresiones de género más amplias han permitido expandir estas categorías y han mostrado que ser mujer u hombre implica muchas más posibilidades, abriendo nuevos modelos y formas de ser en el mundo. La cuestión trans no perpetúa estereotipos de género, sino que cuestiona su rigidez y, al hacerlo, nos hace más libres a todas y a todos. La raíz de las violencias LGTBIfóbicas y machistas es la misma: ambas son expresiones del patriarcado. Luchar contra la LGTBIfobia también es luchar contra el machismo. Lo queer nos ayuda a combatir la penalización de cualquier forma de existencia o expresión que se salga de la normatividad de género establecida. ​​

Es conocida la posición contraria de feministas y colectivos no solo a las leyes LGTBI, sino a veces parece que también a la existencia misma de las personas trans. Estas feministas tienen una trayectoria merecidamente reconocida por sus aportaciones. A ellas me gustaría recordarles, con el respeto que muchas militantes que nos incorporamos en los últimos años al feminismo les tenemos, que el feminismo siempre ha sido un campo de investigación profundamente rico y plural. También les pido a ellas un respeto a otras genealogías feministas representadas por teóricas como Judith Butler, Angela Davis, Gayle Rubin, Silvia Federici, Paul Preciado, Jack Halberstam, Ochy Curiel, Verónica Gago, Miquel Missé o Clara Serra. Sus aportaciones son tan importantes o más que las de algunas personas que ahora se parapetan en su currículo para repartir odio. 

Nadie defiende que el sexo biológico es una especie de ilusión, ni caricaturas como las que escuchamos del tipo “hoy me levanto y elijo si soy hombre o mujer”, pero sí reivindicamos la complejidad. La argentina Mariela Solana escribió un artículo excelente sobre este tema en el que dice “el sexo remite a una amalgama compleja de distintos niveles biológicos (cromosomas, gónadas, hormonas, gametos, genitales y caracteres sexuales secundarios) y no puede ser homologado a solo uno de ellos. Ninguno de esos niveles es, por sí solo, sinónimo de ‘sexo’ ya que ‘ninguno está presente en todas las personas etiquetadas como machos o hembras’. Hay mujeres con hiperandrogenismo que tienen niveles de testosterona que no corresponden al promedio ‘normal’ femenino; hay mujeres intersexuales con vulva y testículos que no descendieron”. Por tanto, el sexo biológico se construye a través de diferentes dimensiones y caracteres sexuales, tanto primarios como secundarios. Algunas de esas dimensiones pueden modificarse y otras no.

Comparto con personas que han comparecido en contra de esta ley el diagnóstico de que vivimos en una sociedad cada vez más individualista y neoliberal, pero es profundamente torticero atribuir la responsabilidad de esta situación a las personas trans. Es nuestro sistema económico y social el que históricamente nos ha asignado identidades estables para su correcto funcionamiento. El género es una categoría que sigue operando y esta imposición la vivimos todos. En estas categorías estables también habitamos muchas mujeres feministas, aunque hagamos análisis críticos de las mismas. Muchas mujeres feministas, por ejemplo, siguen llevando tacones o pintándose los labios. Desde el feminismo batallamos contra la imposición de los estereotipos de género, pero nunca batallamos contra la decisión individual de las mujeres que deciden vivir un género normativo, porque salirse de la norma siempre implica sufrimiento y violencia. Si nosotras tenemos derecho a tomar decisiones individuales, aun sabiendo que están atravesadas por mandatos de género, ¿por qué no otorgar ese mismo reconocimiento a las personas trans? No es justo cargar sobre ellas la responsabilidad de una problemática que tiene un carácter estructural.

En un artículo reciente de Nortes se puede leer una crítica a la ley por recoger que “el alumnado tiene derecho a elegir el uniforme que se corresponda con su identidad sexual o de género”. Pero entonces, ¿el problema está en esta ley o en que sigan existiendo uniformes diferenciados por género? ¿Dónde debería poner el foco el movimiento feminista: en la ley LGTBI asturiana o en la existencia misma de uniformes segregados por género? La ley no promueve que existan uniformes diferenciados, estos ya son una realidad. Vuelve a ser injusto que las personas trans tengan que hacerse cargo de ese estereotipo de género. No confundamos las causas, porque entonces difícilmente podremos intervenir de manera eficaz sobre el problema real.

En ese mismo artículo se problematiza que la ley hable de “fomentar” la diversidad sexual. Como orientadora educativa, no entiendo cuál es el problema con esta cuestión. Hasta hace no mucho tiempo, el alumnado se concebía como una comunidad homogénea. Sin embargo, en los últimos años, gracias al esfuerzo de muchos profesionales, comenzó a adquirir especial relevancia la atención a la diversidad y la comprensión del alumnado como una comunidad plural y diversa. Como profesionales de la educación pública, debemos atender a esa diversidad. Promover la diversidad sexual significa que un niño con pluma pueda convivir con el resto de sus compañeros sin tener que reprimirla ni ocultar determinados comportamientos. Promover la diversidad sexual implica normalizar la pluralidad de expresiones de género y de orientaciones sexuales para que todos y todas puedan vivir y convivir de una manera más libre y feliz. 

En el mismo artículo se afirmaba que “si a un niño le gusta ponerse un tutú, las lentejuelas y los unicornios, es un niño al que le gustan los tutús, las lentejuelas y los unicornios; y la niña a la que le gusta el fútbol, los dragones y los trenes es exactamente eso: una niña a la que le gustan esas cosas. Y ambos tienen todo el derecho a que les guste cualquier cosa que una cultura patriarcal les haya prohibido”. De eso justamente trata gran parte del trabajo que hacemos en los centros educativos para que la diversidad sexual y de género tenga cabida. Entender que la Ley LGTBI asturiana o los movimientos por los derechos trans convierten automáticamente estas expresiones o gustos en una identidad trans es, de nuevo, una enorme caricaturización de la realidad.

Otro de los principales titulares de estas semanas es que la ley vulnera la intimidad de mujeres y niñas, con argumentos bastante incomprensibles, como que la autodeterminación de género pone en riesgo los baños separados por sexo biológico. ¿Se quiere decir con esto que un gran número de hombres cometerá un fraude de ley para convertirse de repente en mujeres y poder acceder así a los baños femeninos? Este es un bulo conocido, pues fue otro de los grandes apocalipsis pronosticados con la aprobación de la Ley Trans de 2023 que, evidentemente, tampoco se está cumpliendo. Me gustaría recordar que durante todos estos años hemos estado conviviendo en baños y vestuarios con mujeres trans: no es una hipótesis futurista, es ya una realidad. Y quizá convenga reflexionar sobre lo positivo que sería que el feminismo, en lugar de promover el miedo y la desconfianza, pudiera atreverse también a imaginar alternativas como los baños unisex.

Finalmente, frente a las críticas a la ley por basarse supuestamente en deseos individuales, defendemos que esta legislación busca algo tan básico e importante como que puedan aliviarse sufrimientos humanos ciertos y constatados. Sufrimientos que se manifiestan a nivel individual, en efecto, pero que tienen una base colectiva, ya que la realidad trans es una realidad estructural. El feminismo no está para señalar ni patologizar, sino para ofrecernos un marco teórico y militante que entienda las identidades y las expresiones de género como una riqueza en nuestra sociedad. Por eso, como nos enseñó bell hooks, necesitamos un feminismo para todo el mundo, que no deje a nadie fuera y que quiera transformar nuestra injusta realidad.

Celebramos que esta ley vaya a hacerse realidad, a pesar del ruido. Las instituciones pueden servir de herramienta colectiva para ganar derechos, para hacernos más humanos y para convertirnos en mejores personas. Estamos construyendo una Asturies más justa, una Asturies más inclusiva, una Asturies mejor.

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