Joan Fontcuberta convierte el Niemeyer en un laboratorio de dudas

El artista catalán inaugura en el Centro Niemeyer un juego de realidad y ficción con What Darwin Missed, una exposición sobre corales, fotografía e inteligencia artificial.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

Hay imágenes que ya no se dejan mirar de forma inocente. Uno entra en What Darwin Missed. Lo que Darwin pasó por alto, la exposición que Joan Fontcuberta ha inaugurado esta semana en el Centro Niemeyer, y durante unos segundos todavía cree saber lo que está viendo. Corales. Fotografía submarina. Naturaleza exuberante. Taxonomía marina. Ciencia. Belleza. Luego empieza la duda.

Algunas formas parecen organismos reales; otras recuerdan esculturas imposibles, criaturas extraterrestres o renderizados digitales. Hay corales que parecen observados a través de un microscopio científico y otros muestran patrones tan extraños que cuesta creer que sean reales. Ante este conjunto, el espectador intenta distinguir qué pertenece a la naturaleza y qué al artificio, qué es documento y qué es ficción. Y precisamente ahí empieza la exposición.

La exposición de Joan Fontcuberta permanecerá en el Niemeyer hasta el 13 de octubre. Foto: Marieta.

La escena se repetía este viernes durante la tarde de la inauguración. Dos mujeres se acercaban casi hasta tocar una de las piezas instaladas en la plaza del Niemeyer. “Esa ye IA fijo”, decía una. “Pues yo ya no sé qué pensar”, respondía la otra mientras volvía a mirar el coral, ampliando la fotografía con el móvil como si buscara una pista definitiva. A pocos metros, otros visitantes hacían exactamente lo mismo. Se acercaban, se alejaban, discutían, intentaban decidir qué era real y qué no. Sin darse cuenta, estaban entrando en el reto que plantea Fontcuberta.

“El espectador se verá confrontado con corales, algunos reales, otros artificiales, y yo nunca explico cuáles son unos y cuáles son otros”, contaba el artista durante la presentación por la mañana. “Corresponde a cada uno entrar en ese juego e intentar adivinar”.

Darwin, los corales y la ficción científica

La muestra parte de una historia real. Durante el viaje del Beagle, Charles Darwin comenzó a interesarse por los arrecifes coralinos y acabó dedicando uno de sus primeros trabajos científicos a estudiar su formación. Fontcuberta toma ese episodio histórico y lo convierte en una ficción especulativa: ¿qué habría pasado si Darwin hubiese encontrado especies capaces de desafiar las categorías científicas de su tiempo? ¿Y si la naturaleza hubiese sido todavía más extraña de lo que el siglo XIX podía imaginar?

Foto: Laura Rodríguez.

La exposición, comisariada por Antonio Tabernero, se mueve precisamente en esa frontera ambigua entre ciencia y relato inventado. Los nombres en latín (Zoanthus sociatus, Stylophora imperatoris, Cladopsammia gracilis) producen inmediatamente un efecto de autoridad. El visitante posiblemente tiende a confiar en aquello que parece clasificado. Y ahí aparece uno de los grandes temas de Fontcuberta porque la credibilidad visual nunca depende solo de la imagen. También depende del relato que la rodea. Del museo, de la taxonomía, del pie de foto, del lenguaje científico, de la institución que legitima todo lo que vemos.

“Yo reconozco mi deuda con Borges”, explicó el artista durante el recorrido. “Es un autor que reinventa el mundo y el conocimiento dándole siempre un carácter alternativo”. El autor argentino no es una referencia casual. Toda la exposición parece construida como una especie de enciclopedia situada en una zona incierta entre la realidad y la invención.

Joan Fontcuberta y Antonio Tabernero. Foto: Laura Rodríguez.

La fotografía, la verdad y el auge de la IA

No es una obsesión nueva en Fontcuberta. Lleva décadas desmontando la idea de que la fotografía constituye una prueba objetiva de la realidad. Mucho antes del auge de la inteligencia artificial ya había trabajado con archivos falsos, documentos inventados y criaturas inexistentes para demostrar hasta qué punto estamos dispuestos a creer en las imágenes cuando vienen respaldadas por una apariencia de autoridad.

Por eso resulta significativo que no adopte un discurso apocalíptico sobre la IA. Más bien al contrario. “El problema no es que ahora la inteligencia artificial mienta”, afirmó. “Lo que hace es demostrarnos que la fotografía ha estado mintiendo siempre”.

La frase resume buena parte del sentido de esta exposición. Para Fontcuberta, la fotografía nunca fue una copia neutra de la realidad, sino una construcción cultural. “Toda representación, todo lenguaje, como la fotografía o las palabras, no son la realidad misma”, señaló. “Son ficciones que nos permiten hablar de la realidad”.

En ese sentido, la inteligencia artificial aparece aquí menos como una ruptura tecnológica que como una continuación de viejas preguntas sobre la imagen y la manipulación. “La fotografía ya no solo representa el mundo, sino que crea mundo, crea realidad”, sostuvo el artista. “Buena parte de nuestra experiencia transcurre ya dentro de las imágenes”.

“Hay corales que evocan arquitectura modernista, mapas neuronales o incluso imaginarios alienígenas.”

Un archivo submarino entre lo real y lo artificial

La propia historia del proyecto ayuda a entender esa mezcla de fascinación y artificio. Fontcuberta contó que la idea nació hace dos años en Berlín, cuando fue invitado a trabajar con los archivos de Alfred Ehrhardt, fotógrafo vinculado a la Bauhaus que había documentado corales para un museo alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Los bombardeos destruyeron las colecciones que estaba fotografiando y acabaron convirtiendo aquel trabajo en un archivo incompleto, casi fantasmagórico.

A partir de ahí, el artista empezó a construir su propia genealogía de corales reales e imaginarios. Algunas imágenes proceden de viajes a las islas Galápagos y de inmersiones submarinas realizadas por el propio Fontcuberta; otras han sido generadas mediante inteligencia artificial a partir de información científica y referencias visuales reales. “Yo pongo esos datos y le digo al programa que genere corales no descubiertos por nadie”, explicó.

Las piezas se despliegan a gran formato sobre las paredes curvas de la plaza del Niemeyer, mezclando imágenes de apariencia científica con explosiones de color casi psicodélicas. Desde lejos, algunas recuerdan paneles de museo natural; de cerca, parecen criaturas diseñadas por una máquina. Hay corales que evocan arquitectura modernista, mapas neuronales o incluso imaginarios alienígenas. Y, sin embargo, muchos son reales. “Hay especies absolutamente delirantes”, decía Fontcuberta. “Si no eres un experto, piensas que son puras invenciones. Pero existen”.

“Fontcuberta no intenta desmontar las imágenes para destruirlas, sino para obligarnos a mirar de otra manera.”

Un “kit de supervivencia” para la era de las imágenes

El coral termina funcionando así como el objeto perfecto para esta exposición. Es bello y frágil, natural y extraño, orgánico y casi artificial. También es un organismo profundamente ligado a la crisis climática: muchas de las especies que aparecen en la muestra están amenazadas o han evolucionado debido al calentamiento de los océanos y la contaminación. Fontcuberta utilizó incluso información científica sobre los arrecifes del cañón de Avilés para generar algunas de las imágenes presentes en la instalación.

Pero reducir What Darwin Missed a un ensayo sobre inteligencia artificial sería simplificar demasiado la propuesta. Lo que realmente atraviesa la exposición es una pregunta más incómoda: por qué seguimos necesitando creer en las imágenes incluso cuando sabemos que pueden engañarnos.

Foto: Laura Rodríguez.

“Mi trabajo sería como un kit de supervivencia en un tsunami de imágenes”, resumió el artista. Y quizá ahí esté una de las claves más interesantes de la exposición. Fontcuberta no intenta desmontar las imágenes para destruirlas, sino para obligarnos a mirar de otra manera. A sospechar. A interpretar. A aceptar que ver nunca ha sido un acto inocente.

Quizá por eso la muestra funciona mejor cuando abandona el simple juego intelectual y se deja atravesar por el asombro. Porque, más allá de la ironía y de la sospecha, hay momentos en los que estas imágenes producen algo mucho más primario: pura fascinación.

Y cuando el visitante abandone la plaza blanca del Niemeyer, después de haber pasado un rato intentando decidir qué corales eran reales y cuáles no, descubrirá que la exposición ya ha hecho efecto. No saldrá necesariamente sabiendo más sobre inteligencia artificial o biología marina. Saldrá mirando de otra manera. Porque incluso un coral podrá parecer ahora algo sospechoso.

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