En las cumbres internacionales, y más aún en encuentros del calado de una cumbre entre China y Estados Unidos, absolutamente todo está coreografiado. Desde la ropa hasta el apretón de manos. Desde el lugar exacto donde se detiene el coche oficial hasta la distancia entre ambos líderes al sentarse frente a las cámaras. Y especialmente las palabras. Ni una sola frase relevante se improvisa. Todo responde a horas de deliberación previa, análisis diplomático y cálculos estratégicos milimétricos.
Por eso, cuando Xi Jinping, plenamente consciente de que tiene encima los focos del mundo entero, invoca explícitamente la “trampa de Tucídides”, no está recurriendo a una cita histórica aleatoria para adornar un discurso. Está enviando un mensaje político no solo al establishment estadounidense, sino al mundo entero.
La expresión, rescatada del olvido popular (que no histórico) por el politólogo Graham Allison, se popularizó a raíz de su libro Destined for War: Can America and China Escape Thucydides’s Trap?. En él, Allison analiza 500 años de historia y dieciséis casos históricos de rivalidad entre una potencia emergente y otra dominante, retomando la explicación del historiador griego Tucídides sobre la Guerra del Peloponeso. Para sostener que el ascenso de una nueva potencia suele generar miedo en la hegemónica, aumentando el riesgo de conflicto. Su tesis central es que el peligro no reside solo en quien asciende, sino en cómo reacciona quien teme perder su posición. Según su estudio, los augures pronostican conflicto ya que en 12 de los 16 supuestos analizados acabaron en guerra.
“Fue el ascenso de Atenas y el temor que esto infundió en Esparta lo que hizo que la guerra fuera inevitable”.
La Guerra del Peloponeso acabó con victoria espartana, pero, recurriendo a otra expresión clásica (aunque algo posterior en el tiempo), fue también una victoria pírrica. Décadas de guerra terminaron dejando exhaustas tanto a Atenas como a Esparta, debilitando profundamente al conjunto del mundo griego y facilitando, pocos años después, el ascenso de Filipo II de Macedonia como nuevo hegemón de Grecia. Pero esa es otra historia para otro momento.
Lo interesante del relato de Tucídides es que desplaza el foco de la agresión. La clave del colapso del mundo griego no fue tanto el expansionismo de Atenas (que también) sino la paranoia y la ansiedad sistémica de Esparta, que veía cómo las bases de su hegemonía tradicional se desmoronaban. Trasplantado al presente, el verdadero peligro geopolítico no radica únicamente en las legítimas ambiciones globales de Pekín, sino en cómo Washington en las manos de Trump, gestiona psicológicamente la posibilidad de dejar de ser el centro indiscutible del planeta.
Durante casi tres décadas, las élites occidentales operaron bajo una especie de determinismo histórico muy propio del optimismo posterior a la caída del Muro de Berlín. Existía la convicción de que la apertura económica, el libre comercio y la integración de China en la Organización Mundial del Comercio terminarían provocando una convergencia política inevitable. El mercado, se asumía en Washington y Bruselas, acabaría occidentalizando a Pekín casi de forma automática.
Pero el guion escrito en los think tanks estadounidenses terminó encallando. China demostró que era posible abrazar un capitalismo de Estado ferozmente competitivo sin renunciar al control absoluto del Partido Comunista de China. Utilizó las autopistas de la globalización para muscularse industrialmente, sacar a cientos de millones de personas de la pobreza y convertirse en la gran fábrica del mundo, manteniendo intacta su soberanía política y cultural.
Y cuando Occidente despertó del ensueño liberal, se encontró con una superpotencia que ya no pedía permiso para sentarse a la mesa. Entre otras cosas porque buena parte de esa mesa estaba fabricada en China. Y porque ahora es Xi Jinping quien decide, cada vez más, quién se sienta en ella.
Es en ese momento, que podríamos situar simbólicamente tras los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. Cuando empieza a cristalizar en Washington una especie de “síndrome espartano”. El temor no emanaba de una amenaza militar inmediata sobre las costas californianas, al estilo de las películas de la Guerra Fría de los años ochenta, sino de la erosión lenta pero constante del llamado “momento unipolar” del que Estados Unidos había disfrutado desde la disolución de la Unión Soviética.
Porque por primera vez desde 1991 aparecía una potencia capaz no solo de competir económicamente con Occidente, sino de cuestionar la propia arquitectura del orden internacional construido bajo hegemonía estadounidense.
La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en 2017 funcionó como un auténtico acelerador de partículas de esta confrontación estructural. Trump jamás ha destacado por la sutileza política, pero sí por una notable capacidad para detectar corrientes de malestar profundas dentro de la sociedad estadounidense. Y entendió antes que el propio establishment la sensación de agravio y pérdida que una parte importante de la clase media norteamericana asociaba a la globalización.
Una globalización impulsada, paradójicamente, por las propias élites estadounidenses y que había vaciado fábricas en el Rust Belt, golpeado a la industria del automóvil y desdibujado buena parte del viejo corazón industrial del país, mientras las provincias costeras chinas se convertían en uno de los grandes motores manufactureros del planeta. Trump convirtió esa ansiedad económica y psicológica en discurso político, señalando a China no solo como competidor comercial, sino como símbolo de un mundo en el que Estados Unidos empezaba a dejar de ocupar el centro absoluto del tablero.
Su vuelta en 2024 conllevó una vuelta de tuerca convirtiendo esa ansiedad económica en un discurso nacionalista y arancelario, quebrando el viejo consenso del libre comercio. El endurecimiento frente a Pekín es hoy el único pegamento político en un Washington profundamente polarizado; demócratas y republicanos pueden discrepar en cuestiones civiles, fiscales o ambientales, pero coinciden de manera unánime en que China es el desafío existencial del siglo.
Esta transición del comercio a la seguridad nacional ha desplazado el tablero hacia el control tecnológico de vanguardia. Ya no se trata de equilibrar la balanza de pagos vendiendo más soja o comprando menos acero, sino de decidir quién controlará la infraestructura del mañana. Las restricciones drásticas impuestas por Washington al acceso de China a los semiconductores avanzados, el cerco regulatorio a plataformas como TikTok y el intento de asfixiar la capacidad de Pekín en el desarrollo de la Inteligencia Artificial responden a una doctrina clara: impedir que el rival consiga una ventaja tecnológica que vuelva inútil la superioridad estadounidense.
En la antigua Grecia, la chispa que terminó desencadenando la Guerra del Peloponeso no saltó directamente entre Atenas y Esparta, sino alrededor de actores secundarios como Corinto o Mégara, cuyos conflictos periféricos fueron elevando progresivamente la tensión entre las dos grandes potencias.
Por eso en el mapa contemporáneo el detonante tampoco tendría necesariamente que producirse en Washington o Pekín. Puede surgir en cualquier punto de fricción del tablero global: Irán, Taiwán, Groenlandia, Filipinas, los países bálticos o incluso la frontera entre India y China. Cualquier conflicto interpuesto, cualquier crisis regional aparentemente periférica, puede terminar aumentando la intensidad de la confrontación entre ambas superpotencias.
Y sin embargo conviene introducir un matiz importante. China, más allá de su creciente musculatura militar y su política de afirmación territorial, no se ha caracterizado precisamente por una belicosidad expansiva en las últimas décadas. La comparación con Estados Unidos resulta inevitable. La potencia norteamericana apenas ha pasado 16 años de los 250 desde su conformación como país independiente, sin participar directa o indirectamente en conflictos armados. Eso no convierte la guerra en inevitable, pero sí que, en términos puramente históricos y probabilísticos, las inercias del sistema internacional no parecen jugar precisamente a favor de la paz.
La analogía de Tucídides es una herramienta de advertencia, no una profecía de cumplimiento obligatorio. El propio Graham Allison insiste en que en cuatro de los dieciséis casos analizados en su estudio se logró evitar el conflicto armado mediante dolorosos pero necesarios ajustes estratégicos y diplomáticos por ambas partes. El siglo XXI cuenta, además, con frenos de mano que no existían en el Peloponeso: la disuasión nuclear mutua y la existencia de crisis globales (como el cambio climático o la regulación de la inteligencia artificial) obligan a los dos gigantes a entenderse si no quieren colapsar por separado.
La guerra nunca es inevitable; cuando estalla, suele ser el resultado de la soberbia, de la falta de empatía estratégica y de la incapacidad de los líderes para descodificar al rival. El problema surge cuando en uno de los dos bandos aparece un kamikaze conduciendo en dirección contraria. En una tesitura así, las posibilidades de un choque frontal aumentan exponencialmente. A esa temeridad se suma además una constante histórica: las civilizaciones rara vez aceptan con naturalidad la transición hacia un orden multipolar donde sus decisiones dejan de ser de obligado cumplimiento para el resto.
El momento más crítico de un sistema internacional no coincide necesariamente con la agresividad de la potencia emergente que busca su lugar bajo el sol. El verdadero peligro aparece cuando el imperio hegemónico, obsesionado con los síntomas de su propia decadencia relativa, empieza a tomar decisiones basándose más en el pánico que en la razón.
Una potencia segura de sí misma puede negociar, pactar o incluso ceder espacios de influencia; una sociedad que se percibe en declive, temerosa de perder su identidad y su primacía, termina convirtiéndose casi inevitablemente en el actor más peligroso del tablero.
Esparta tampoco supo gestionar su propio crepúsculo. Fiel a su trayectoria, eligió un camino que solo podía conducir a la muerte o a la gloria. El resultado fue el primero. Porque para entrar en la leyenda primero hay que haber desaparecido.
Esperemos que en esta pugna la diplomacia (o la providencia) no termine apostando por el caballo equivocado.



























