Manuel Enrique Mejuto González, retirado árbitro internacional, nacido en La Felguera, es muy de la Cuenca; y aquel día celebérrimo de 1996 en que pitó el penalti y expulsión injustos más famosos de la historia del fútbol, lo demostró cagándose en su propia madre en el curso de su discusión con el linia leonés Rafa Guerrero, responsable del error: «Me cago en mi madre, Rafa, ¿penalti y expulsión de quién?». En pocos sitios la gente se caga en su madre, pero el cagamentu es uno de los emblemas de la identidad asturiana, más aún en las Cuencas. Son nuestras costumbres, y hay que respetarlas. Lo curioso, y que poca gente sabe, es que la lengua materna de Mejuto es el gallego, y Galicia su tierra, en sus propias palabras. Lo contaba en una entrevista: «Galicia es mi tierra. Mi madre es de Reboredo, una parroquia de Sobrado dos Monxes, y mi padre era de Dormeá, en Boimorto. En cuanto acababa el colegio, cogíamos el autobús y nos íbamos a la aldea hasta septiembre. No era de visita. En mi casa se hablaba gallego. Iba con mi abuelo a las ferias de ganado a comprar la carne. Recuerdo cuando en la aldea todavía no teníamos luz. Entraba entre las vacas para poder llegar a la cocina y subir a la habitación».
La de Mejuto era una de tantas familias emigradas a Asturias desde una tierra de la que a veces se escapaba cruzando el Atlántico, y a veces simplemente cruzando el Eo. Venían, sobre todo, de las provincias más cercanas, Lugo yOurense. Eran jornaleros agrícolas que se convertían en mineros, obreros del ferrocarril o la construcción, trabajadores poco cualificados para pozos y lavaderos o mujeres empleadas en el servicio doméstico y los economatos. Y en el siglo XIX y el XX, fueron el contingente más numeroso de foriatos arribados a una Asturias que era, a la vez, tierra de emigrantes y de inmigrantes; tierra de huida y de promisión. Los dos fenómenos coexistían debido a la peculiaridad de un territorio pequeño pero tortuoso, como un acordeón plegado: siempre ha habido muchas Asturias y no bien comunicadas. Había una Asturias campesina de la que se escapaba masivamente hacia Cuba,Argentina o México, y luego a Alemania, Bélgica, Francia o Suiza; pero estaba también la obrera e industrial, y esa atraía en lugar de espantar. A gallegos, y también a castellanos, leoneses, extremeños o andaluces que aquí conocían un mundo muy distinto del que dejaban atrás, una España que en sus lugares más duros seguía siendo casi feudal.
Javier Arjona vino de Extremadura, de una comarca, La Vera, en la que se cultivaba tabaco y pimientos, «las tierras eran del patrón y los trabajadores eran los llamados medieros: la mitad se la llevaba el patrón». A los diez años, se fue siete a Trujillo, con una beca; luego hizo la mili voluntario en la Virgen del Camino, en León, y allí conoció a mineros que lo animaron a cruzar la cordillera. Lo que encontró al otro lado, de donde nunca se ha ido, le sorprendió: «Me sorprendió, en primer lugar, la cantidad de gente; mil personas en el mismo centro de trabajo. También me sorprendió el trato respetuoso de los ingenieros. Los mineros ya habían conseguido una serie de conquistas y, entre ellas, esa. La explotación era tremenda, claro, pero no había aquella sumisión absoluta a los señoritos, aquella jerarquía estricta que yo había conocido. También me sorprendió lo organizada que estab la gente. Lo vi en seguida, a pesar de la clandestinidad».
La fiebre del oro, y la del odio
Asturias vivía una suerte de fiebre del oro; del pétreo oro negro del carbón; de extraerlo o quemarlo para la siderurgia. Una persona que participó en la construcción de ENSIDESA, y a la que cita Holm-Detlev Köhler en Asturias: el declive de una región industrial, lo recordaba así, con esa misma metáfora: «La construcción de ENSIDESA atrajo a muchos huidos de la justicia… Los emigrantes éramos como los antiguos buscadores de oro… Era normal que no nos pudiesen ver delante. Salíamos de trabajar e íbamos al cine Marta y María o a los bares totalmente sucios, con la misma ropa que habíamos utilizado todo el día».
En efecto, los asturianos de pura cepa no siempre podían ver delante a aquellos proletarios sufridos y ambiciosos, cuyos primeros pasos en Asturias podían rodearse de una miseria casi absoluta: barracones, chabolas, «camas calientes» en las que se dormía por turnos. O una prosperidad equívoca. El trabajo en la mina de mercurio de El Tarronal, en Mieres, se pagaba mejor, y gran parte de sus trabajadores eran foráneos que pronto descubrirían a qué se debían esos sueldos mejores: la extracción del mercurio, prohibida ya entonces en varios países, era mortal de necesidad.

EnAvilés, a estos proletarios miserables se les asignó el mote de coreanos, porque sus condiciones recordaban a las penurias de los refugiados de la guerra de Corea, conocidas a través del NODO. A veces sin maldad, y a veces con ella. Los niños del Colegio de la Inmaculada de Gijón de los años cuarenta y cincuenta recuerdan que, en el patio, se jugaba a «gallego el último» como en otros sitios se jugaba a otro delito de odio, el de «maricón el último». Y Ana Rosa Iglesias recuerda de su infancia en Llaranes que los uniformes del colegio «llevaban unos lazos atrás, y jugábamos a desatárnoslos. Decíamos a lo mejor: “¡Hoy vamos a desatar el lazo a los gallegos!”. Y entonces cogías y te ponías a desatar lazos a la gente que estaba jugando a la cuerda o lo que fuera. Había esas piquillas». También con los andaluces: «Debajo de casa nuestra tuvimos andaluces de un pueblo de Jaén, y mi hermano, que los imitaba muy bien, andaba todo el rato imitándolos: “¡Ozú, ozú!”. Había veces que los guajes no nos entendíamos hablando. El que vivía en Llaranes, pero era de Asturias, era como… más. No era así, pero era así, no sé cómo decirte».
De los cazurros, los leoneses y castellanos —indistinguidos a este lado de la cordillera—, en la familia de quien escribe se decía con maldad que primero venía uno, y luego cincuenta
De los cazurros, los leoneses y castellanos —indistinguidos a este lado de la cordillera—, en la familia de quien escribe se decía con maldad que primero venía uno, y luego cincuenta: hermanos, primos, vecinos de las aldeas de la deserción del arado. Pero también de ciudades del interior. Wenceslao Carrillo, el padre de Santiago Carrillo, había nacido en Valladolid, en el seno de una familia pobre cuyas dificultades económicas le impidieron terminar la educación primaria, pero llegó a Gijón antes de cumplir los diez años, y por eso Carrillo hijo nació en el El Llano, de donde con pocos años se trasladó a Avilés.
Asturias, tierra bravía
La Asturias roja lo fue en buena parte gracias a no asturianos, sobre todo durante el franquismo. A los jiennenses Saturnino Márquez, Miguel Arenas Machuca o Eufrasia Alves, a los cordobeses Manuel Nevado, Rosario Pérez Henares o Francisco González, al gallego Manuel García Valle: figuras destacadas de un obrerismo antifranquista que podía tener poco que ver con la tradición rebelde de la región. Como escribe Rubén Vega en El movimiento obrero en Asturias,
«Los trabajadores que protagonizan el resurgir de la conflictividad obrera bajo la dictadura y engrosan las filas del sindicalismo de clase en la Transición solo en parte son descendientes de aquellos otros que habían hegemonizado social y políticamente la Asturias de los años treinta. La clase obrera de los setenta es fruto en buena medida de movimientos migratorios de considerable magnitud, tanto intrarregionales como provenientes de otras provincias, acaecidos en las tres décadas precedentes. En su mayor parte, estos aportes a la mano de obra industrial carecen de un pasado que los vincule a los trabajos que desempeñan una vez asentados y, por tanto, son ajenos también a las culturas laborales y militantes que habían sido propias de los obreros autóctonos».
El obrerismo también era un crisol. Las rencillas «interétnicas» que pudieran existir en principio se disolvían rápidamente en una nueva identidad obrera, forjada en la adversidad, los riesgos y la movilización, por cierto que con el asturiano, y no el castellano, como lingua franca. Incluso los mineros polacos o checos no tardaban en cagarse en su madre y decir «será por perres». Ellos son una de las teorías que se esgrimen para explicar una historia asombrosa: la de la versión polaca del Asturias, patria querida, una canción popular de aquel país, que incluso se cantaba en los colegios de la época comunista, razón por la cual Juan Pablo II se quedó ojiplático cuando, de visita en la región en 1989, escuchó a una banda de gaitas tocar el himno. Tal vez llevaran la canción a aquel país inmigrantes económicos retornados que luego le pusieran una letra en su idioma, aunque parece más probable que los responsables fueran brigadistas internacionales que en España conocieran la versión revolucionaria de la canción indiana: «Asturias, tierra bravía; / Asturias de luchadores…».

El obrerismo era un crisol y a veces aprovechó los centros regionales. Los no muchos que había, porque lo cierto es que Asturias, a pesar de ese volumen de habitantes alóctonos (el 7% de la población asturiana en 1950, el 13% en 1960…), no se ha caracterizado por la cantidad ni una presencia importante de esas instituciones. Las hubo, en todo caso, y, por ejemplo, en Gijón el Centro Castellano Leonés —en el que se reunía un grupo de antifranquistas que lo utilizaba de pantalla, siguiendo la estrategia del entrismo— fue el embrión de la Sociedad Cultural Gijonesa. Tenía una larga historia que se remontaba a finales del siglo XIX, momento de fundación de un Centro Castellano en el que se organizaban conciertos de música clásica, charlas, clases y socorros mutuos. Estaba en la calle del Instituto y en los años veinte lo presidía Joaquín Merino, propietario de la zapatería La Exposición y masón de la logia Jovellanos con el nombre simbólico de Pisuerga.
Emigración también rica, y también lumpemproletaria
El Pisuerga, sí, podía pasar por Gijón, y navegar por él una emigración también acomodada. La burguesía astur también estaba repleta de foriatos. Policarpo Herrero, fundador del banco que llevó su apellido, era de El Bierzo. Otros empresarios vinieron de más lejos: los Masaveu o los Masip, de Cataluña. Y de más allá aún belgas apellidados Lesoinne, Hauzeur, Bischoffsheim o Guilhou, inversores mineros; u otros extranjeros empleados como ingenieros, capataces, técnicos metalúrgicos y especialistas mineros, y entre ellos británicos como el bisabuelo materno del que viene el apellido del periodista gijonés José Ramón [Lorenzo] Patterson: un ingeniero de nombre George, que recaló en la Fábrica de Mieres a mediados del siglo XIX, y allá tuvo una relación extramarital con una vasca de Ermua, de la cual nació un hijo llamado José. En Mieres, debido a la cuantía de la comunidad británica, acabaría construyéndose el único cementerio protestante de Asturias.
La burguesía astur también estaba repleta de foriatos
Vascos, también. La Punta Liquerique de Gijón se llama así por deformación popular del apellido vasco Lequerica, el del responsable de su construcción. Vascos hubo también muchos en Asturias, ya desde los tiempos de la caza de la ballena, y especialmente en Candás, al calor de la industria conservera, bien como empresarios, bien como trabajadores que gustaban mucho a Armando Palacio Valdés, el autor de La aldea perdida, a quien le horrorizaban los proletarios blasfemantes que a sus ojos estaban malbaratando, visual y moralmente, su cuenca del Nalón natal, pero al que le gustaban los vizcaínos, «más sobrios que los asturianos; rara vez se embriagan; estos, dados como los pueblos meridionales a la burla y al epigrama, los embroman por su virtud». Palacio contaba esto de un candasín de origen vasco llamado José, protagonista de la novela también llamada José. En la capital de Carreño no pocos se apellidan Aramendi, Mendiguren, Iriberri, Echevarría o Eizaguirre.

En el otro confín de la pirámide social, no el proletariado, sino el lumpemproletariado, las capas más miserables de la población, también tenían apellidos extranjeros. En Villacajón, un poblado chabolista del Gijón tardofranquista y los años ochenta y primeros noventa eran sobre todo portugueses, que en los primeros compases de la democracia municipal recobrada se vieron en el centro de un pequeño conflicto diplomático, después de que el Ayuntamiento presidido por el socialista José Manuel Palacio pretendiera, a instancias de la Comisión Municipal de Bienestar Social encabezada por Luis Aurelio Sánchez, agarrar a varios centenares de esos portugueses, meterlos en autobuses y depositarlos en la frontera, medida para la cual llegó a aprobarse un presupuesto de un millón de pesetas. El revuelo diplomático que se produjo llegó a traer a Gijón al secretario de Estado de Emigración, que visitó Villacajón y prometió ayuda a sus conciudadanos. Vivían en condiciones espantosas, respirando los miasmas de los vertidos que hacían allí las industrias de la zona y muriéndose de enfermedades como el tifus: en el cementerio de Tremañes siguen pudiendo verse muchas tumbas infantiles de aquel entonces, de niños y niñas muy pequeños apellidados Alves, Nunes o Silva.

Hay, en fin, asturianos de muchos sitios; siempre los ha habido y los sigue habiendo: hoy no hay escanciador como el ecuatoguineano Salvador Ondó. La familia del que escribe se burlaba de los cazurros, pero el que escribe envidiaba a la mayoría de sus compañeros de colegio: todos tenían el pueblo, un pueblo de León, Zamora o Badajoz, en el que tenían su casa del pueblo, a sus amigos del pueblo y su novia del pueblo (que al cocer debía de menguar, pero daba envidia igualmente).
Servidor se sabe cinco siglos de árbol genealógico porque ninguno de sus ancestros nació a más de treinta kilómetros de Villaviciosa, y entonces fue fácil indagarlo. Mucho más que a Arantza Margolles Beran investigar su linaje checo: el de su bisabuelo František Beran, que recaló en la fábrica Kessler y Laviada en el siglo XIX, para instruir a sus trabajadores. Pero ¿qué es el orgullo txapelero de los ocho apellidos terruñegos al lado de la novia que no tuve y soñaba con tener en el pueblo que no tenía?



























