Miguel Gómez Garrido nació en Vallecas (Madrid) en 1994. Es periodista y estudió un máster en análisis sociocultural, pero lo más importante es que es uno de los mayores hinchas de la franja roja del Rayo Vallecano. Ha trabajado en comunicación política y colaborado con diferentes medios, como La Marea o El Salto. Actualmente es habitual de Sustrato, donde escribe habitualmente textos y cuentos sobre el amor en la Renfe, la metafísica hooligan o Mourinho como icono y maestro de los reaccionarios neoconservadores y ultraderechistas. También forma parte del taller de escritura en la librería Pérgamo. Miguel se ha esforzado a lo largo de 180 páginas (La cultura del desesfuerzo, Siglo XXI Editores, 2026) por demostrarnos que la cultura del esfuerzo nos ha calado hasta los huesos, como si se tratase del típico tío Jesús que siempre aparece en las fotos familiares, aunque no sepas muy bien de dónde ha salido.
El título del libro es “La cultura del desesfuerzo”, pero el subtítulo es “Meritocracia, trabajo y otras trampas”. ¿Por qué la meritocracia y el trabajo son trampas?
El trabajo y la meritocracia son trampas porque son siempre presentadas de manera neutra. Se camuflan en el paisaje como elementos normales, no problemáticos, y de pronto te atrapan. De hecho, son asumidos siempre como cuestiones positivas, a reivindicar, bases comunes sobre las que partir. Nos parece naturalmente bien que haya datos positivos de empleo, y nos alegramos cuando una persona progresa gracias a sus méritos y a su esfuerzo. Nadie está en contra de ayudar a una persona mayor a cruzar la calle. En ese sentido, en el libro intento que se cuestione y se levante un poco la ceja con estos conceptos.

Parece que todos sabemos lo que es, pero no sabríamos definir qué es la “cultura del esfuerzo”. ¿Cómo la defines y por qué merece la pena dedicarle un libro?
Merece la pena precisamente porque no sabemos definir la cultura del esfuerzo. Es algo tan obvio y que está en el sentido común de nuestra época, sin embargo, fíjate lo que nos cuesta definirlo. Por eso, he intentado realizar una crítica a la cultura del esfuerzo, en tanto que pregunta sobre qué es y en tanto que cuestionamiento, e incluir, además, una pequeña incursión en alguna de sus posibles alternativas. Me gusta definir la cultura del esfuerzo de como un ecosistema que propicia que el esfuerzo no solo sea un medio para conseguir objetivos, sino que se convierta en un fin en sí mismo. Pensar la cultura del esfuerzo como eso, como una cultura y no como una colección de esfuerzos concretos, ayuda a pensar cómo se relacionan entre sí toda la amalgama de conceptos, discursos, fenómenos y dispositivos como la meritocracia, la igualdad de oportunidades o el trabajo.
La cultura del esfuerzo, según dices, es algo común tanto a Roberto Vaquero, presidente del Frente Obrero como al Centro Social Okupado Atalaya de Vallecas. ¿Cómo es posible esta coincidencia entre neofascismo y antifascismo? ¿Por qué se dan la mano Roberto Vaquero y la Atalaya?
Me tienta responder a esta pregunta de manera genealógica, citando a libros que lo explican muy bien, como el de Kathi Weeks en El problema del trabajo. Durante muchos años, la izquierda ha utilizado históricamente la ética del trabajo como un medio para conseguir más derechos laborales. Además, partir de los años 30, la cuestión de la reducción de la jornada laboral queda opacada en favor del pacto social que implicaba mayores servicios públicos, y que no cuestionaba ni la idea del sistema capitalista como tal ni la del trabajo. Tampoco las políticas laborales en la URSS atacaron la idea del trabajo como núcleo de la sociedad, todo lo contrario. Eso explica que, en el último siglo, el cuestionamiento del trabajo como centro de la vida no haya tenido mucho predicamento, aunque haya habido excepciones, como los mayos del 68. Ni que decir que tampoco ha sido cuestionado por el fascismo, la derecha conservadora o el neoliberalismo. De hecho, para la inmensa mayoría no es un problema, ni algo cuestionable. Simplemente no se piensa sobre ello. Es como si, de repente y sin que te des cuenta, un señor desconocido entra en tu familia, como quien no quiere la cosa, y sale en las fotos familiares, y dices “Pero ¿quién es ese señor?”, y te dicen que es el tío Jesús, que siempre ha estado ahí, que siempre ha venido a las comidas familiares y que nadie se ha preguntado por qué estaba. El trabajo y la cultura del esfuerzo han sido recibidas así, de manera acrítica y sin cuestionamiento, sin conocer sus límites ni sus efectos a medio y largo plazo.
En el libro, llegas a la conclusión de que la cultura del esfuerzo está viviendo un momento de crisis, y comentas que de ahí han surgido una serie de subculturas “estoicas” del esfuerzo, entre las que destacas la retórica religiosa-espiritual. ¿En qué consiste? ¿Crees que esto puede extenderse a más ámbitos sociales? Por ejemplo, la anunciada religiosidad de referentes pop como Rosalía, la película Los domingos, etc.
En el libro hablo de algunas “subculturas” del esfuerzo, a las que provocativamente llamo “estoicas” porque comparten una característica: no disimulan que su propósito es filosófico, ideológico y espiritual. Es decir, enuncian de una manera muy clara que la cultura del esfuerzo no es un manual para conseguir objetivos concretos en la vida, sino que es un fin en sí mismo, para el presente y para la eternidad. Además, son una reacción contra la crisis y los límites de la retórica del garaje y del emprendedor, que tenía y tiene una voluntad más masiva, más inclusiva, más atrapolotodo, más hegemónica.
Sobre la cuestión religiosa, diré que creo que, en las líneas maestras, en las bases de este discurso, siempre ha habido un evidente trasfondo religioso y metafísico. Lo interesante es que ahora, aprovechando esta nueva ola confesional, se desenmascaran y presumen abiertamente de lo que son. Mi respuesta al porqué de su auge no es muy original, y tiene que ver con el éxito de estas subculturas del esfuerzo más radicales.
¿Por qué, en realidad, lo que odiamos no son los lunes, sino el capitalismo?
Muchas veces reaccionamos ante nuestro malestar diciendo “odio los lunes”, “qué asco el trabajo” … Esas reacciones son normales y primarias, y entiendo que las tengamos. Pero siempre pienso que nos falta desarrollarlo. En realidad, antes de la industrialización los fines de semana no funcionaban como actualmente, sino que dependía de los oficios y los lugares de los que se tratase. Nosotros aceptamos que el descanso es el fin de semana como algo que ha caído del cielo, y no como una imposición unilateral del propio capitalismo. De hecho, en sectores laborales en los que hay teletrabajo, durante la pandemia mucha gente se dio cuenta de que, tras tres horas trabajadas, resultaba que no tenía nada más por hacer. Nos dimos cuenta de que, cuando tenemos un mayor control sobre nuestra actividad laboral, podemos darnos cuenta de que eso de tener que estar trabajando, sí o sí, ocho horas al día durante cinco, seis o siete días a la semana no es nada natural, sino que es el resultado de un largo proceso de imposición por parte del capitalismo de esa manera de trabajar.

Propones finalmente una “cultura del desesfuerzo”, y dices que podría ser sinónima de la idea de fraternidad. ¿En qué consistiría?
La cultura del desesfuerzo es una manera provocativa de llamar no solo a pensar de manera crítica la cultura del esfuerzo individualista, egoísta, competitiva, ilógica y dañina para las personas, la sociedad y el planeta, sino también de plantear una alternativa, que puede denominarse de mil maneras, y que apuesta por algo así como una cultura común del esfuerzo. Esta consiste en poner todo nuestros conocimientos, pensamiento racional y también esfuerzos en que, en la medida de lo posible, no tengamos que vivir realizando constantemente excesos irracionales y heroicidades. Por ejemplo, yo he crecido dando por supuesto que en Madrid era impensable moverte en bici, que debía esforzarme mucho bien a nivel de tiempo aguantando transbordos interminables o bien económicamente comprando un coche para ir al trabajo. Sin embargo, gracias al esfuerzo colectivo de haber construido un sistema de carril bici y un sistema de alquiler de bicicletas barato y accesible, puedo ir tranquilamente a muchos otros lugares mal conectados con el barrio, escucho música y trago menos aire contaminado. De este modo, hemos ganado ese lugar. No es, por lo tanto, una especie de decisión individual de hacer poco frente a la otra decisión individual de competir mucho y en exceso: sino pensarlo desde otro lugar, proponer una cosa bien distinta. De esa manera, además, evitamos romper con todo lo que acarrea o defiende la cultura del esfuerzo, que no es necesariamente malo ni ha de ser desechado por completo.



























