Berta Comas Casas (Zaragoza, 1992) estudió periodismo, realización audiovisual y un máster en relaciones de género. El pasado fin de semana estuvo en la Escuela de Pensamiento Feminista de AMA Asturies para presentar su libro “True Crime. Una mirada al dolor de las demás” (Lengua de Trapo, 2026). Comas aprovechó la presentación de su libro en El Manglar de Uviéu para hablar sobre la necesidad de decontruir el género del true crime, todo un fenómeno cultural y de entretenimiento, para que deje de ser un instrumento de la propaganda patriarcal, el punitivismo y el terror sexual.
Comienzas el libro contando que te obsesionaste tanto con el true crime que incluso llegaste a pensar en qué foto tuya querías que usaran en los programas de crímenes en caso de ser asesinada. Supongo que muchas mujeres ya te habrán comentado que también hemos tenido el mismo pensamiento, en mi caso hasta tengo las fotos ya seleccionadas. Más allá del hecho anedóctico esto puede considerarse como una prueba de que las mujeres somos conscientes de que, aun incluso en estos tiempos y en este país, vivimos en peligro, que nuestra seguridad está siempre en entredicho. ¿Tienes también esa sensación?
Desde luego. No tiene por qué ser una sensación real, pero sí verosímil. Está claro que no vivimos en un estado inseguro, se cometen muy pocos crímenes violentos aquí y en Europa en general, sin embargo, tenemos la sensación de que todas nosotras podemos ser víctimas potenciales en cualquier momento. Como dice Rebecca Makkai en Tengo algunas preguntas para usted, se refuerza el lema de “Si tocan a una nos tocan a todas” pero desde una perspectiva muy macabra: si tocan a una, se puede tocar a cualquiera, cualquiera podemos ser víctima. Dejarnos en esa situación de vulnerabilidad social está muy bien para poder hacer con nosotras lo que quieran.
Por otro lado, el tema de la foto también señala un cambio importante en la forma que tenemos las mujeres de afrontar la violencia sistémica patriarcal que nos acecha pues demuestra que queremos tomar las riendas de nuestro relato. Al fin y al cabo en el true crime tradicional la voz de las víctimas ha quedado siempre en un segundo plano. ¿Contar nuestras vidas e incluso reivindicar nuestra perspectiva, nuestra voz en la muerte ayuda a acabar con las narrativas tradicionales donde las mujeres asesinadas a penas son parte del paisaje, una anécdota?
Me gusta mucho que lo veas así, yo no me lo había planteado pero tiene bastante sentido. Creo que hasta ahora, las historias de las víctimas han sido contadas desde el punto de vista de la investigación (una llamada a la justicia, que habría que ver si es tal), desde el entretenimiento e incluso desde la idea de intentar desmenuzar la personalidad del criminal, pero no desde nuestro punto de vista. También creo que esto tiene mucho que ver con que en el audiovisual, sobre todo en plataformas de streaming (en podcast hay más variedad, menos mal), la mayoría de realizadores son hombres y eso hace mella en el punto de vista desde el que están contados estos crímenes. Contar con una perspectiva propia, la de las mujeres, las minorías, esas otras, sería muy interesante, pero debería ir acompañado de un cambio en todo el género. No queremos que sea lo mismo pero que simplemente la directora sea una mujer.
Enlazando con la pregunta anterior, en tu libro le dedicas tiempo a explicar qué es la male gaze, la mirada masculina y, sobre todo cómo esta ha determinado nuestra forma de entender el mundo,. Ese universal masculino que nos dice que lo que ellos son, piensan y creen es de interés para todos. Esta male gaze también ha marcado la forma en la que narramos el crímen ¿es por eso que las narrativas tradicionales sobre los crímenes reales siempre giran entorno a la figura del asesino?
Si no es el asesino, es el policía o similar que investiga el crimen, sí. Lo importante es que cuando te identifiques con la mujer, sea porque ha sido porque le ha ocurrido una desgracia; cuando empatizas con el criminal es porque lo romantizas, y cuando te identificas con el policía es porque es el héroe que hace justicia y nos va a salvar a todas las demás. Eso hace mella y acabamos aceptando que las mujeres somos seres vulnerables, pasivos y víctimas potenciales, no sujetos activos, con una mirada propia y una identidad independiente. Se suele caer en esos arquetipos que nos hacen tener del mundo una mirada muy estrecha, a la vez que reproducen precisamente esa mirada dominante.
¿Esta male gaze que cosifica a las mujeres, las convierte en otredad, está detrás de la fascinación por los cuerpos inertes de las víctimas, por narrar su sufrimiento, sus heridas pero casi nunca por mostrarlas como seres reales, complejos y con vidas que interesan más allá de su asesinato?
Exactamente. Se muestra a las mujeres como objetos, divididos en partes (vida con un paneo por su bonito cuerpo; muerta por las partes fragmentadas y vejadas) desde la mirada del hombre protagonista universal. Si sabemos algo de las vidas de las mujeres antes del crimen, suele ser por el típico recurso de metraje encontrado, de sus caras cándidas con sus familias en un bonito día soleado. Por supuesto, suelen ser blancas, rubias, jóvenes, delgadas, bellas… Esas son las víctimas que no se lo merecían y por ende que merecen nuestra atención. Las que se salen de ese síndrome de la mujer blanca, quedan apartadas del foco, y si están en la mira pública es para investigar los detalles escabrosos de sus vidas: algo habrán hecho, se lo han buscado.

En el true crime tradicional los crímenes, los asesinatos se suelen presentar como hechos aislados, acontecimientos excepcionales, desligados a la sociedad del momento, la cultura, la religión, la política, la educación… como transgresiones de la una norma universal. Son cuentos con un final e incluso con una moraleja, muchas veces equidistantes con las víctimas y los victimario,s donde las primeras se nos presentan casi siempre como mujeres que, de alguna manera, han cometido una transgresión: se han subido al coche de un desconocido, han salido a dar un paseo de noche, son trabajadoras sexuales, han tenido un amante o una aventura fuera del matrimonio… ¿Podemos entender por tanto que la narrativa tradicional, patriarcal de los casos criminales en el fondo es una forma más de adoctrinamiento, de control de las mujeres?
Totalmente. Esta idea la desarrolla Nerea Barjola en su libro “Microfísica sexista del poder”, en el que analiza con detalle las consecuencias sociales y culturales de la generación posterior a los crímenes de Alcàsser. Este ejemplo está clarísimo, pero puede funcionar del mismo modo a menor escala con el resto de crímenes machistas que se perpetran contra las mujeres. El terror sexual genera en las mujeres ese miedo a ser las siguientes y lo único que podemos hacer para no ser víctimas es eliminar ciertos hábitos de nuestras vidas, ser una mujer como Dios manda: no subirte al coche de un desconocido, no ser promiscua, no salir sola de noche, incluso no salir un grupo de chicas solas de noche… Es decir, se nos dice que si no queremos que nos pase nada malo, no salgamos de casa. Y es una gran contradicción, porque estadísticamente el lugar más peligroso para las mujeres es el propio hogar.
“Estadísticamente el lugar más peligroso para las mujeres es el propio hogar”
Al mismo tiempo, al contar el crimen como un hecho aislado ¿no se está así falseando el hecho de que existe una violencia estructural hacia las mujeres, también contra la infancia y las minorias, que es consultancial al patriarcado, e incluso cuando se niegan los componentes de clase, la desigualdad y el abandono institucional, la violencia económica que sostiene el capitalismo?
Eso sería una cosa que el true crime como género debería cambiar dentro de sus narrativas. Es muy importante que estos crímenes o casos o como lo quieran llamar se nombren como lo que son en muchas ocasiones: feminicidios. Si no se nombra, no existe, y parece algo excepcional, cuando es totalmente estructural. Si cuando se explica un crimen se pone en contexto en la sociedad, se explican las consecuencias en la sociedad, para las mujeres… tiene más sentido. Pero mientras solo se trate como un misterio, será mero entretenimiento.
Cuando el crimen, el asesinato se nos narra como anécdota, como hecho aislado, cuando se niega el componente político y social del crimen, cómo influye la época, la clase, el género, la condición sexual, la geografía, la religión etc es fácil convertirlo en un aparato de propagando punitivista, que es una perspectiva populista, pues apela a la sentimentalidad, a la necesidad que tenemos como sociedad de sentirnos seguros pero también de castigar. Encerramos a Ted Bundy, lo ejecutamos pero la misoginia y la incompetencia policial que le permitió asesinar no se han corregido ni abordado ¿Crees que el hecho de que nos estemos deshaciendo de la mirada masculina, de que al fin las mujeres estemos tomando las riendas de la narrativas, también de las narrativas criminales, puede ayudar a desnudar el patriarcado y sus violencias?
Ojalá. A la larga tiene que pasar. Los siguientes pasos del género deben ser esos: eliminar la mirada masculina; ampliar al foco y mostrar las consecuencias sociales de los crímenes, hablar de lo que queda después; eliminar el epicentro del punitivismo y analizar si es posible una justicia y restauración real…

¿Cómo combatimos el punitivismo al hablar de crímenes?
Ampliando el foco. Durante décadas ha estado muy bien el esquema clásico: ha ocurrido un crimen, desengranamos cada prueba, llega el juicio y el malo va a la cárcel. Pero ahora debemos exigir algo más: ¿cómo ha llegado a ocurrir ese crimen? ¿Cuáles son los factores políticos que se han pasado por alto antes, durante y después? ¿Qué ocurre en la cárcel y después de ella? ¿Qué proceso psicológico siguen las familias y amistades de las víctimas ¿Qué mellas deja en la sociedad? ¿Cómo se restaura ese mal que ha ocurrido?
Hablas en tu libro de que te llegaste a sentir culpable de escuchar tantos podcasts de crímenes, que te provocaban ansiedad pero también que te negabas a despreciar tu interés rebajándolo a un mero placer culpable. ¿No tienes la sensación de que todo lo que nos gusta a las mujeres necesita ser explicado y justificado, que los gustos culturales y de ocio femeninos siempre se nos muestran como algo menos sofisticado, menos intelectual, vacuo, superficial?
Es posible. En el libro dedico una gran parte a desentrañar qué es lo que nos fascina a las mujeres de ver tanto violencia en pantalla. Creo que hay un punto importante y es que el true crime nos llama porque podemos acercarnos al mal, analizarlo e intentar comprenderlo. Al ser un hecho visto como anecdótico, individual y excepcional parece que es una cosa menor, cuando nosotras sabemos que no lo es, que tiene causas y consecuencias políticas que deben empezar a analizarse con perspectiva de género. Sin embargo, a los hombres les interesan los grandes crímenes de la historia, por ejemplo la II Guerra Mundial, pero lo ven como crímenes mayores, que marcaron la historia y cambiaron muchas vidas. Lo nuestro es un entretenimiento menor porque solo nos interesa a nosotras, pero lo suyo es universal. Lo nuestro acaba siendo visto como un placer culpable y lo suyo como conocimiento objetivo.
¿El true crime es un género en la actualidad mayoritariamente femenino o simplemente las mujeres ahora mismo somos las mayores consumidoras de productos audiovisuales y lectoras? ¿O hay algo en el true crime que apela más a las mujeres?
Creo que hay una cosa que nos llama más a las mujeres que a los hombres y que, al final, de nuevo tiene que ver con el terror sexual. Cuando vemos o escuchamos programas de crímenes reales, de una forma inconsciente intentamos sacar un conocimiento de lo ocurrido: no hablar con desconocidos, no subirse a un coche de noche, no ir por ese callejón oscuro… Así podremos evitar que nos ocurra a nosotras, ser una víctima. Pero no es real. Ese supuesto conocimiento, una idea de simulacro de la vida, solo nos puede dar el mensaje de nuevo de que si nos quedamos en casa no nos pasarán cosas malas como a esas mujeres que se atrevieron a transgredir, que no merece la pena. El mensaje no es que ellos no deberían ejercer esa violencia.
El true crime es un aparato político de primer orden como hemos visto ¿podemos por tanto usarlo desde el feminismo? ¿Debemos? Y si es así ¿cómo hay que afrontar el dolor de las víctimas, el recuerdo de sus vidas pero también el dolor de las familias? ¿Es ético narrar un crimen?
Pues dependerá de muchos factores. Si se va a contar como se ha contado siempre, quizás ya nos lo sabemos de memoria y no es necesario. Necesitamos nuevas perspectivas y profesionales feministas que den esas nuevas visiones. Sigue siendo necesario hablar de violencia machista, ponerle palabras, ponerle imágenes, seguir concienciando, pero para ello debemos saber qué quieren hacer las familias, respetar su dolor, no incrementar el terror vivido y quizás no contar absolutamente todos los detalles, porque ¿qué nos aportan?
Cerremos esta entrevista con un tema que me fascina: la representación tradicional de las mujeres asesinas. Porque aunque la gran mayoría de los delitos y los asesinatos los comenten hombres no podemos negar que las mujeres también podemos ser crueles, violentas. Sin embargo las narrativas sobre las mujeres asesinas suelen hablar de ellas desde la perspectiva patriarcal más tradicional: como abarraciones, figuras grotescas, seres que han rechazado su naturaleza de cuidadoras, de ángeles del hogar. Brujas ¿Cómo encontrar el equilibrio necesario para narrar la violencia que ejerce una mujer sin caer en los tópicos misóginos? ¿Reivindicar nuestro lado oscuro es también una herramienta feminista?
No cualquier cosa que haga una mujer por el hecho de ser mujer será feminista, debemos tener cuidado. Como hemos dicho antes, si ampliamos el foco y mostramos ya no el crimen si no toda la estructura social en la que se enmarca, ese crimen cometido por una mujer puede aportar información sobre la esencia humana que nos será interesante y útil. De nuevo, si simplemente contamos la anécdota, se queda cojo. Todo debe estar contado con todas sus aristas, nos gusten o no, nos beneficien o no. También es justo tratar a las espectadoras como seres críticos e independientes, que podrán sacar sus propias conclusiones si la información proporcionada es interesante y está bien tratada. Como público podemos y debemos exigir más.





























