“El fútbol es una tarde de invierno en San Mamés, el sirimiri tenaz, la neblina sobre el césped corto, los tacos afilados y dos equipos con una larga historia detrás”.
Así arrancaba en enero de 2003 Santiago Segurola la crónica de un Athletic-Madrid. Es un inicio soberbio, pero el fútbol es mucho más. O mucho menos.
Toño, Toño el de San Félix como se le conoce en Llugones, es una de las personas que más sabe de fútbol que he conocido. Vi a Toño por primera vez en la cancha del instituto de Llugones hace casi treinta años. Lo recuerdo con nitidez: de chándal y con los brazos cruzados observando cómo una reciella de guajes intentaban driblar conos de color naranja. Como quien espera el resultado de una reacción química, en silencio observaba los pies, la posición corporal de aquellos renacuajos torpes, radiografiando cada movimiento, corrigiendo posturas con infinita paciencia, administrando la ansiedad de los nenos en aquellos ejercicios metódicos y repetitivos antes de liberarlos para que se pusiesen a pegar patadas al balón. No sé si lo habéis pensado alguna vez, pero ordenar un grupo de chiquillos de apenas cinco años para que sigan unas pautas habiendo una pelota de por medio tiene mucho más mérito que organizar un ejército de adultos.
En el fútbol, más allá de estrategias de bloques, más allá de futbolistas, entrenadores, árbitros y directivos, palcos y maletines, más allá incluso de un Mundial están personas anónimas que en la puta vida serán conocidas, personas que maman el fútbol y viven borrachas de ello. Toño es una de esas personas, pero hay incluso otras más anónimas, otras que nunca saltan al campo, nunca dan indicaciones, nunca marcan un gol: son los utilleros.
Me encontré con Toño hace unos días y le pregunté por ellos. El utillero es la clave de bóveda en los campos de fútbol amateur, me dijo Toño sin dudar, porque son, además de utilleros, delegados, cuidadores de guardería, vigilantes y algunas cosas más en la mayoría de los casos. Si en un partido el balón sale despedido al reguero que discurre pegado a la cancha, o a un zarzal en el que hay que entrar a fesoriazos, a por él va el utillero; si se pierde una espinillera en el vestuario, será el utillero quien se encargue de buscarla; si en las duchas hay lio -porque la chavalada es bullanguera, las cosas como son-, allá que entra el utillero pegando unas voces para que la cosa no se vaya de madre. El utillero coloca las redes de las porterías, infla los balones, clava los banderines del córner; muchas veces hace de taquillero, ayuda en las rifas del descanso, enciende los focos, abre y cierra el riego, actualiza las tablillas del marcador -lo del luminoso no aplica en la mayoría de esos campos del señor-, hasta media en las cada vez más habituales —y lamentables— tanganas entre padres y madres de los equipos en liza, y entre semana arregla una puerta, limpia los vestuarios o repinta las líneas del campo.
Dentro de unos días comienza el circo futbolero, también el amateur. A los implicados con hijas e hijos en este último, un consejo: id a ver los partidos sin meteros en berenjenales
Toño conoce a todos los utilleros de los campos de futbol asturianos, porque Toño no habrá dirigido nunca a un equipo grande, pero del fútbol amateur asturiano lo sabe casi todo. Tratar con esas personas implicaba conocer sus gustos, sus manías y manejar mano izquierda con la misma habilidad que exigía a sus chiquillos driblando conos y saliendo con el balón controlado, porque de esa relación podía depender cómo se encontraban en el vestuario los jugadores, o que las duchas funcionasen con agua caliente. El fútbol no solo se juega en estadios como San Mamés, o Maracaná, da igual, se juega también en veredas escondidas y Toño se pasó décadas transitando por ellas, invitando a un vino a este, llevando el Mundo Deportivo a aquel otro culé de un pueblo al que la prensa de Barcelona no llegaba, dando palique a quien sabía que cojeaba de este o aquel palo.
En Million Dollar Baby, Morgan Freeman representa el papel de Eddie, un viejo boxeador que trabaja en el gimnasio de Frankie, ya conocéis la historia. Eddie es al gimnasio Hit Pit lo que el utillero es a los campos de fútbol. De hecho, no era poco habitual que incluso algunas de esas personas vivieran en las instalaciones de los clubs como hace Eddie en el gimnasio durmiendo en un jergón.
Pero todo ese trabajo no se ve. En las celebraciones del Mundial, Borja Iglesias (grande, Borja) se acordó de todas esas personas anónimas que hacen posible que los futbolistas salgan a sacudir el cuero, o de lo que estén hechos ahora los balones. Pero los utilleros no salen en el FIFA, ni en las colecciones de cromos que en las próximas semanas se comenzarán a vender por toneladas. Y es más, no solo son labores invisibilizadas, sino que son además en muchos casos puestos estigmatizados.
Nos pasa con casi todo. Pocas veces pensamos en que una arquitecta poco podría hacer sin el trabajo de un peón echando cargas de cemento y arena a la hormigonera. Labores absolutamente esenciales en la sociedad que hemos edificado son en la mayoría de los casos escasamente valoradas, y casi siempre mal remuneradas. Hablo, por ejemplo, de las personas dedicadas a la limpieza urbana o de las que desarrollan atención sociosanitaria con personas mayores o dependientes.
Dentro de unos días comienza el circo futbolero, también el amateur. A los implicados con hijas e hijos en este último, un consejo: id a ver los partidos sin meteros en berenjenales, cuidad a vuestra prole y trabajad con ella el respeto a todas esas personas que hacen posible que se sientan futbolistas. Lo más probable es que sean unos tuercebotas, o que hagan sus pinitos aunque nunca lleguen más allá de jugar aseadamente una pachanga dentro de unos años, pero si son felices y encima desarrollan vínculos de respeto con las personas que rodean a ese sarao, eso que ganarán y ganaréis



























