Con fabes y sidrina nun fai falta IA

Todos tenemos una fabada, o su recuerdo, en nuestras vidas.

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Ernesto Díaz
Ernesto Díaz
Es consultor medioambiental.

Escribiendo un mensaje a mi hijo Mario puse “parroches” y el corrector puso “párroco es”. Pocas horas antes había visto el vídeo del robot chino batiendo el récord de velocidad de Usain Bolt que tras pasar la meta se arrea tremenda galleta contra un muro. Y hace una semana vi como un gigantesco camión de matrícula alemana, siguiendo las indicaciones del navegador, se incrustaba en Sama en una caleya por la que casi no cabe un coche pequeño, algo que ya es tradición. Qué os voy a contar que no hayáis visto.

Pese a estos gazapos, las nuevas tecnologías han venido para quedarse facilitando muchos aspectos de nuestras vidas. Sin embargo, hay algo que quiero creer no va a poder hacer nunca un robot ni para lo que me gustaría que no existan algoritmos: una buena fabada.

Tras dos meses y un pico de tórrido verano al fin parece que la cosa empieza a aflojar, el cuerpo pronto pedirá cuchara, y hablar de cuchara en Asturies es hablar de la receta patria que debería ser de obligado cumplimiento en toda casa de comidas al Norte del puertu Payares.

Se apucheran fabes con casi todo. Con mariscos, peces y cefalópodos, con jabalí, con perdiz, con verdurines, con setas, incluso se hacen buenísimas fabadas veganas -hace pocos días así las comí en Casa Chema-, pero debo ser sincero, nada supera una fabada con todos sus sacramentos como las que hacen las madres y abuelas. Todos tenemos una fabada, o su recuerdo, en nuestras vidas. Este que escribe tiene la de Balbina, que fue de Casa Gayo de L’Acebedal, una fabada que si se la dan a probar al robot chino o al conductor del tráiler alemán que antes mencionaba se quedan a vivir aquí.

La fabada debe hacerse en cocina de leña a ser posible, con su pota clásica y dejando que el matrimonio de la legumbre con el condumio obre el milagro sin prisas. Luego recetas hay muchas, que si el azafrán, que si fabes frescas o secas, que si una zanca de pita, o que si terminar con mantequilla para suavizar -esto es de nota, mantequilla para suavizar una exaltación del triglicérido-. La ortodoxia manda que el compangu debe aparecer nadando entre les fabes, pero también queda bien si lo extraes del cráter y lo secas delicadamente en el horno. Bueno, qué sé yo, muy torpe tienes que ser para que si tiras de buenas fabes y buen genero no te quede un arreglo sean cuales sean los adornos que metas.

Probé las recetas en los templos clásicos fabadiles, Casa Gerardo y La Máquina, buenísimas, mas hay algo en mí que tira al monte y siente devoción por esas fabadas servidas en chigres descarriados. En el alto de Tarna está, aunque hoy cerrado, el Parador. Allí guisaba Amalia, una paisana repunante como pocas conocí, y su fabada era atronadora. Asomaba Amalia con un perol de aquellos de Duralex y te lo tiraba encima de la mesa con una admonición; “Hala, fartáivos”. Pobre de ti si volvía y quedaba algo en el recipiente porque era muy capaz de sacudirte una garfillada. Un día subí con Isa y con Gema, dos amigas leonesas que venían sandungueras, con gana de comer y beber, y se puso Marisa a sacar marmitas de fabes y nosotros venga convertir todo aquello en antimateria.

  • Qué, Amalina, hoy no hay queja, eh -dije bravucón
  • No deberíais seguir, ya comisteis de cojones -admitió ella rindiéndose

Yo creo que la fabada no se entiende fuera de Asturies. Si nos paramos a pensarlo ni siquiera debería entenderse dentro de Asturies porque supone una ingesta de energía desmedida. Hasta el propio nombre ya tiene una sonoridad rotunda. Una amiga malagueña que visitaba Asturies por primera vez me dijo, al preguntarle por el viaje, que había probado el “potaje de habichuelas”. Os juro que me dio un vuelco el corazón. Fabada suena a lo que es, una montonera de fabes, y afortunadamente la ola castellanizadora que fulmina pixines convirtiéndolos en rapitos no alcanzó a que veamos en ninguna carta “habada”. Si ello sucediera sería la guerra.

El universo fabil es extenso. Nuestros vecinos leoneses tienen alubias muy finas en La Bañeza; en Euskadi y La Rioja trabajan las rojas; las hay negras, manchadas, gigantes como las avileñas y las segovianas de La Granja… Los guisos incorporan casi siempre el socorrido y muy sufrido cerdo en sus distintas deconstrucciones, incluso se sirven salteadas como hacen en Catalunya con sus monjetes del ganxet, que me chiflan. En Francia hacen el cassoulet, puchero que incorpora a todo el elenco de animales que se pongan a tiro. En fin, una humilde legumbre que solo los ingleses ultrajan sirviéndola muy mal tratada en el desayuno.

Les fabes nos acompañan desde que fueron traídas de América, de donde también vinieron los pimientos que, secos y molidos, se transfiguran en pimentón. Nuestra gastronomía es mestiza, por mucho que nos demos golpes en el pecho.

Y bueno, hay que ir acabando y, lo sé, quizás estáis esperando que escriba algo sobre los efectos colaterales tras zamparte una fabada. Pero no me voy a meter en ese berenjenal: preguntad a la IA.

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