Los niños de tres años llegaron con sus palas pequeñas. Iban a plantar su árbol en una zona de la falda del Naranco quemada en el incendio de 2023, acompañados por alumnado de secundaria que no tenía muy claro qué hacer con ellos. Algunos adolescentes reaccionaron con ternura. Otros preguntaron, desconcertados, cómo iban a organizarse con aquellos críos.
Luis Alberdi, profesor de Biología del IES Monte Naranco, recuerda sobre todo los nervios. También la excitación de las profesoras, las familias y los pequeños, y cómo la actividad fue encontrando su propio orden. Una persona de la asociación El Viescu explicó cómo colocar los árboles; después, cada niño se marchó con un estudiante mayor hacia el lugar que le correspondía. Incluso alguno de esos alumnos que suelen aburrirse en el aula terminó su tarea y se fue a ayudar a otro grupo.
Plantaron alrededor de 220 robles, avellanos, fresnos, arces, castaños, acebos y espinos albares. Son poco más que una promesa. El verano ha sido largo, el riego no siempre estuvo garantizado y Alberdi teme encontrarse una mortalidad elevada cuando regrese al terreno. El gesto de introducir un plantón en la tierra apenas inaugura una espera que puede durar décadas.

Mientras aquellos niños empezaban a levantar un bosque en la ladera de Oviedo, la arquitecta y urbanista Oihane Ruiz Menéndez recorría montes, serrerías y plantaciones de Euskadi para averiguar quién decide los árboles que cubrirán el paisaje del futuro. El resultado es Berdea, un documental de 68 minutos producido por Labografías —cooperativa de iniciativa social— que se estrenará en Cines Embajadores Foncalada, en Oviedo, el próximo 10 de septiembre, a las 19.30 horas.
La película parte del declive del pino radiata y del avance del eucalipto, pero acaba formulando una pregunta más amplia. No se trata únicamente de qué especie se planta, sino del modelo forestal que determina qué se produce, para quién y durante cuánto tiempo.
Cuando los árboles no forman un bosque
Berdea sigue el ciclo completo de la madera. Ruiz Menéndez y la paisajista Ane Barrutia pasan del monte a la industria y conversan con propietarios forestales, taladores, historiadores, especialistas, cooperativas y aserraderos de diferentes tamaños. El recorrido comienza en una serrería hidráulica y alcanza una gran planta de transformación. Entre ambos extremos aparece un sector obligado a preguntarse qué hará después del pino radiata.
Ese árbol sostuvo durante casi un siglo buena parte del modelo forestal vasco. La expansión de la banda marrón, una enfermedad fúngica favorecida por distintas condiciones ambientales, dañó numerosas plantaciones y quebró las expectativas de propietarios que debían esperar varias décadas antes de cortar. Algunos dejaron de plantar mientras aguardaban una alternativa. Otros eligieron el eucalipto, capaz de ofrecer un turno más corto y un comprador conocido.
Una de las conclusiones más claras de la investigación de Berdea es que el eucalipto no puede entenderse sin la inseguridad que rodea a quienes poseen las parcelas.
“Ante la incertidumbre de no saber qué va a pasar con el radiata, algunos propietarios han dicho: ‘Planto eucalipto, que en quince años lo corto’”, resume Ruiz Menéndez. La decisión no nace necesariamente de una adhesión a la especie. Puede ser una forma de ganar tiempo y obtener algún rendimiento mientras la ciencia, la industria y las administraciones resuelven hacia dónde orientar el sector.
El biólogo Alfredo Fernández-Ojanguren, profesor titular de Zoología de la Universidad de Oviedo, introduce una distinción anterior a cualquier discusión sobre rentabilidad. “Un eucaliptal es un bosque en Australia”, afirma. Allí forma parte de un ecosistema compuesto por herbívoros, descomponedores, depredadores y otras especies relacionadas entre sí. En la cornisa cantábrica, explica, es un cultivo industrial.
La palabra cultivo no encierra para él una condena. La sociedad necesita madera y pasta de papel, y una parte del territorio debe producir materias primas. Lo que rechaza es que se llame bosque a cualquier superficie cubierta de árboles y que se confundan dos funciones diferentes. “Una cosa es explotar y otra conservar. Son cosas distintas y, en muchos casos, opuestas”.
La diferencia importa porque el verde puede ocultar una pérdida. Una plantación monoespecífica no mantiene la diversidad de relaciones que alberga un robledal o un bosque mixto. El problema tampoco se limita a lo que sucede dentro de sus lindes. El avance de los eucaliptales ha sustituido antiguas masas arboladas, pero también prados y suelos que antes producían alimentos. Cambia la especie y cambia, con ella, el uso del territorio.
La salida rápida en un paisaje incierto
Una de las conclusiones más claras de la investigación de Berdea es que el eucalipto no puede entenderse sin la inseguridad que rodea a quienes poseen las parcelas. “El principal obstáculo es la incertidumbre. La gente no sabe muy bien qué hacer; no quiere hacer el primo”, explica su directora.
La película evita dividir el conflicto entre habitantes rurales virtuosos y propietarios irresponsables. Tampoco acepta que el cambio pueda imponerse desde despachos alejados del territorio. Quien plante durante décadas necesita saber si existirá un mercado, cuánto costará mantener la finca y qué ocurrirá si una enfermedad, una regulación o un cambio industrial destruye la rentabilidad prevista.

En ese punto coinciden Ruiz Menéndez y Fernández-Ojanguren. El biólogo asturiano rechaza que se señale a quien heredó un terreno utilizado por sus abuelos, vive lejos de él y recibe una oferta para plantar sin ocuparse directamente de los trabajos. Si las alternativas son cobrar algo o abandonar la parcela sin recibir nada, la elección resulta comprensible. “La responsabilidad de ordenar esto no es del señor que tiene un prado. Es de la Administración”.
Para Fernández-Ojanguren, Asturias carece precisamente de esa ordenación capaz de decidir qué partes del territorio deben dedicarse a producir madera, cuáles a alimentos y cuáles a conservar ecosistemas. No todo puede quedar excluido del aprovechamiento, admite, pero tampoco puede someterse todo a la misma lógica extractiva.
El debate se ha trasladado a las normas. Galicia prohibió en 2021 las nuevas plantaciones de eucalipto y ha prorrogado la medida hasta el 31 de diciembre de 2030, aunque permite determinados traslados de superficie cuando una plantación existente se transforma en coníferas o frondosas caducifolias. Bizkaia estableció su moratoria en 2022 y la norma foral aprobada en abril de 2026 la mantiene hasta que entren en vigor sus planes de ordenación de recursos forestales. Mientras tanto, solo pueden replantarse terrenos ocupados anteriormente por masas de eucalipto y sin superar aquella superficie.
Asturias y Cantabria no han adoptado una prohibición equivalente. El borrador del Plan de Ordenación de los Recursos Forestales del Principado de Asturias 2027-2041 constata el crecimiento de Eucalyptus nitens, más resistente al frío que el globulus, y mantiene ambas especies entre las alóctonas susceptibles de autorización, condicionadas al terreno, el destino y el sistema de aprovechamiento.
Una moratoria detiene o limita la conquista de nuevas parcelas, pero no elimina los eucaliptales existentes ni garantiza que el paisaje se transforme. Ruiz Menéndez la considera “una herramienta muy potente en un momento de crisis”, una pausa cuando un modelo productivo se tambalea y otro cultivo de crecimiento rápido gana terreno. Fernández-Ojanguren introduce la cautela. Mantener estable el cómputo total no sirve si se abandonan suelos agotados y las plantaciones se desplazan a otros que todavía conservan su fertilidad.
Hacen falta investigación, compradores, asistencia técnica y ayudas capaces de reducir el riesgo asumido por los propietarios.
Cortar es solo el principio
Durante el rodaje de Berdea, el equipo conoció a una familia de ingenieros forestales que compró un eucaliptal y comenzó a convertirlo en una plantación experimental de castaño para madera. La experiencia permite observar lo que suele desaparecer del debate. Retirar los árboles adultos no acaba con el eucalipto. Los tocones rebrotan y obligan a regresar una y otra vez para cortar los nuevos tallos hasta agotar la cepa.
Un baserritarra les propuso el método más sencillo. “Tú coge el machete y, cuando salgan los brotes, dale, y dale, y dale; al final el tocón se acaba secando”. No era una receta universal, sino el consejo práctico que recibió esa familia después de escuchar soluciones más aparatosas. Funcionó, pero exigió presencia y trabajo continuado.
La plantación de castaños intenta comprobar si una madera local puede competir en plazos razonables con un cultivo rápido. Las nuevas técnicas de madera laminada ya no exigen siempre troncos enormes para obtener piezas resistentes. La hipótesis de la familia es que árboles de menor diámetro podrían alcanzar un uso comercial antes de lo que imponía la construcción tradicional. Sigue siendo un ensayo, no una solución demostrada que pueda trasladarse automáticamente a todas las parcelas.
La cautela forma parte de la tesis de la película. El monte no cambiará solo porque aparezca una especie alternativa en una lista. Hacen falta investigación, compradores, asistencia técnica y ayudas capaces de reducir el riesgo asumido por los propietarios. “Si quieres cambiar un modelo, tienes que seducir también al sector”, sostiene Ruiz Menéndez. Un bosque más resistente a enfermedades, incendios y cambios climáticos beneficia al conjunto de la población, pero el coste de producirlo no puede recaer únicamente sobre quien posee el suelo.

La madera conserva, a su juicio, “un futuro impresionante”. Puede sustituir materiales derivados del petróleo o minerales cuya fabricación consume grandes cantidades de energía. Sin embargo, aprovechar ese potencial exige decidir qué productos se quieren fabricar y desarrollar una industria preparada para utilizar especies diferentes. “Es una cuestión de restar incertidumbre, invertir en investigación y generar certezas”.
El eucalipto responde a una cadena especialmente definida. Crece deprisa, encuentra salida en la producción de celulosa y no necesita esperar a que surjan usos nuevos. “El eucalipto es el árbol de la papelera”, sintetiza la directora. Frente a esa seguridad, el bosque mixto, el castaño o la madera de mayor calidad ofrecen beneficios más diversos, pero también requieren más conocimiento, tiempo y coordinación.
Plantar, ayudar o apartarse
Después de cortar un eucaliptal tampoco existe una única manera de recuperar el terreno. Fernández-Ojanguren distingue entre parcelas muy degradadas, donde la pérdida de suelo y la erosión pueden exigir una intervención activa, y plantaciones abandonadas bajo las que aún sobreviven robles, castaños o abedules. En estas últimas, retirar los eucaliptos puede permitir que la vegetación local se abra paso sin necesidad de diseñar un bosque desde cero.
“Depende del sitio, depende del momento, depende de los objetivos”, insiste. A veces habrá que plantar para sujetar el suelo o porque ya no quedan semillas ni árboles próximos que puedan aportarlas. En otros lugares, la mejor restauración consistirá en dejar de segar, excluir temporalmente el ganado o permitir que pájaros, roedores y ardillas continúen un trabajo que llevan haciendo miles de años.

Su mirada incomoda incluso la imagen amable de una jornada escolar plantando árboles. En el Naranco, sostiene, ya existen plantones de numerosas especies surgidos de forma natural. Los animales entierran bellotas, hayucos y castañas para recuperarlos después; algunos quedan olvidados y germinan. “Hace mucha mejor labor plantando un bosque un arrendajo que un ingeniero forestal”, provoca. Un bosque, añade, no crece en filas perfectas. Se construye mediante competencia, sombra, muerte y azar.
La advertencia no desactiva el proyecto de Luis Alberdi, pero obliga a mirarlo de otra manera. Su valor no se limita al número de árboles introducidos. Está en haber llevado al alumnado hasta un terreno quemado y haberlo enfrentado a la parte menos visible de cualquier restauración. Plantar ocupa una mañana. Mantener, regar, reponer y esperar compromete varios años. Algunos plantones pueden haber muerto durante este primer verano, pero Alberdi se queda con otro resultado. “Me gustó la semilla que plantamos en ellos, no tanto la semilla del monte, que también”.
Los niños de tres años que llegaron al Naranco con sus palas serán adultos cuando aquello empiece a parecerse a un bosque. Alberdi imagina que regresan dentro de veinte o treinta años con sus propios hijos, escuchan los pájaros y buscan la sombra de los robles. Para entonces ya no estarán las palas pequeñas ni quedará memoria de cómo se repartieron aquella mañana. El bosque, si llega, será la prueba de que plantar fue solo el principio y de que hay trabajos cuyo resultado pertenece a quienes vienen detrás.



























