La Bienal Climática lleva el próximo miércoles 9 de septiembre a la Factoría Cultural de Avilés El género de la democracia, una película en la que más de 80 jóvenes de distintos lugares de España conversan sobre género, identidad, relaciones, sexualidad, violencia y expectativas de futuro. La proyección, patrocinada por el Comisionado “50 años de España en Libertad”, está prevista entre las 18:00 y las 20:00 horas, contará con la presencia de su directora, Cecilia Barriga, y estará seguida de un coloquio.
Barriga llegó a El género de la democracia con un encargo aparentemente sencillo. Debía registrar con su cámara una serie de encuentros y debates diseñados por un equipo de investigadoras. Sin embargo, pronto entendió que allí estaba ocurriendo algo que merecía ir más allá del mero registro. “La propia realidad de lo que pasó se merecía algo más que eso”, explica la cineasta. El material terminó convirtiéndose en una película que encontró buena parte de su forma definitiva durante el montaje.
El reto estaba también en convertir unas conversaciones desarrolladas fundamentalmente en espacios cerrados en una experiencia cinematográfica. Barriga decidió mirar no solo a quienes tomaban la palabra, sino también a quienes permanecían en silencio. Los rostros, las reacciones, los cuerpos y las formas de escuchar adquirieron así tanta importancia como los discursos. Su intención era transformar en algo emocional una situación que sobre el papel podía resultar cinematográficamente árida.
El género de la democracia devuelve además a Barriga a un territorio que ha recorrido en diferentes momentos de su trayectoria. En Tres instantes, un grito filmó las movilizaciones de 2011 en Madrid, Nueva York y Santiago de Chile. Más de una década después, vuelve a situar su cámara ante una generación joven y encuentra un escenario diferente. Frente al optimismo y la confianza en la posibilidad de cambiar las cosas que recuerda de aquellas revueltas, percibe ahora mayor escepticismo y una democracia mucho más resquebrajada. Para la cineasta, “la película no pretende explicar sociológicamente a los jóvenes”. Aspira a mirarlos y escucharlos, pero también “a permitir que generaciones anteriores intenten comprenderlos desde otro lugar.”

De la palabra a los cuerpos
El género de la democracia reúne a más de 80 jóvenes de distintos lugares de España hablando sobre género, identidad, relaciones, sexualidad, violencia o futuro. ¿Qué buscaba usted como cineasta cuando se incorporó a esos encuentros y puso la cámara delante de ellos?
Era un desafío importante porque, en principio, la propuesta era cinematográficamente un poco árida. Este tipo de encuentros para debatir y reflexionar suelen consistir básicamente en gente hablando, reunida en un aula e intercambiando discursos. Para una película siempre resultan más agradecidos el movimiento, los desplazamientos, el exterior… Sabiendo que iba a trabajar fundamentalmente en espacios cerrados, decidí dar mucha importancia al sujeto individual: mirar los rostros, las caras, las reacciones, las escuchas. En estos encuentros siempre hay personas que hablan mucho y otras que escuchan más, y yo quería equilibrar esas dos cosas y dar importancia también a quienes quizá no tienen el poder o el don de la palabra, pero cuya forma de escuchar y mirar tiene muchísimo valor en una película. Esa fue mi primera aproximación: intentar convertir algo aparentemente árido en algo emocional. Para mí la emoción es fundamental en el cine, incluso en un documental extremadamente materialista y práctico. A partir de ahí fui observando también las peculiaridades de los grupos y la evolución que se producía durante los días en que estuvieron juntos. Creo que la película consigue mostrar ese arco, y en ese sentido el trabajo cinematográfico más importante estuvo probablemente en el montaje.
Las investigadoras fueron quienes diseñaron los encuentros y las pautas de los debates. Desde su lugar detrás de la cámara, ¿qué apareció en esas conversaciones que no esperaba encontrar?
Creo que el propio método permitió que los jóvenes se apropiaran de alguna manera de su lenguaje y le dieran una vuelta. Podrían haber sido discusiones mucho más frías, pero se les invitó también al juego y a romper con la lógica exclusiva de la palabra. Junto a la reflexión intelectual aparecieron otros lenguajes. Se les propuso, por ejemplo, construir collages con elementos visuales, utilizar imágenes y textos para reflexionar sobre los grandes temas y exponer después las conclusiones de cada grupo con otras herramientas. Eso dio mucha riqueza al proceso. Al final representaban, hacían pequeñas performances, bailaban, aparecían gestualidades… Creo que ese fue un hallazgo importante por parte de quienes organizaron el encuentro.
“Los propios jóvenes dicen que no tienen educación para la democracia. Yo viví aquí el comienzo de la Transición española y recuerdo que me llamó mucho la atención que entonces existiera un intento de educar respecto a la democracia mediante conversaciones, acciones y pequeñas herramientas.”
De 2011 a una democracia en crisis
En Tres instantes, un grito retrató a los jóvenes que ocuparon las calles de Madrid, Nueva York y Santiago de Chile en 2011. Más de una década después vuelve a encontrarse delante de otra generación joven. ¿Qué diferencias percibe entre aquellos jóvenes y estos?
Me parece una pregunta muy interesante porque, por una parte, existe la casualidad, pero también existe mi propia disposición a mirar esos procesos. Creo que hay diferencias importantes. En el 15M y, en general, en las revueltas estudiantiles y juveniles de 2011 —no solo en Madrid, también en Occupy Wall Street, en Chile o en los países árabes— había una herramienta más optimista. Existía un optimismo frente a la democracia, las instituciones y el mundo que todavía permitía desear el cambio dentro de esa estructura. Había más creencia en la democracia. Ahora creo que la democracia se encuentra en una profunda crisis, y no es una crisis de los jóvenes, sino una crisis sistémica que ellos perciben y encarnan en sus propias vidas. Aparece una decepción, incluso el peligro de sentir que la democracia no existe o puede dejar de existir. Esa parte existencial, un poco nihilista o gris, está ahora y no estaba en 2011. Pensemos que aquellas movilizaciones llegaron incluso a traducirse en cambios en las formas de gobernar y en nuevas posibilidades políticas, tanto en España como en Nueva York o Chile. Ahora la democracia está mucho más resquebrajada y existe una suerte de escepticismo.
¿Le preocupa la relación que mantiene esta generación con la democracia?
Sí, porque ese escepticismo y esa falta de creencia tienen riesgos importantes. Puedes sentirte sin herramientas y, además, esas herramientas son difíciles de articular en un mundo digital. Creo que hay dos elementos que han afectado mucho a esta generación. Uno de ellos es la pandemia. Estamos hablando de jóvenes que la vivieron en una edad muy importante. Antes de ella, en 2019, habíamos visto un liderazgo juvenil muy fuerte, tanto en Chile con el estallido social como alrededor del movimiento climático encabezado por Greta Thunberg. Había una generación adolescente que empezaba a politizarse de una manera muy sólida y la pandemia provocó un parón radical. Durante varios años esos adolescentes estuvieron encerrados y se truncaron muchas posibilidades de organización. Al mismo tiempo, descubrieron todavía más la comunicación digital, y el mundo digital tiene dos caras completamente opuestas: permite comunicarse, pero también genera dificultades para organizarse, soledad y una realidad en muchos aspectos ficticia.
La película parte de algo aparentemente sencillo: poner a jóvenes diferentes a hablar y escucharse. Se plantea incluso la democracia como una conversación entre extraños. ¿Hasta qué punto hemos perdido la capacidad de escuchar a quien piensa de manera diferente?
La hemos perdido muchísimo. Creo que estamos casi al borde de no saber cómo recuperarla. En la propia película hay una pequeña escena performativa surgida de uno de los talleres que expresa precisamente la falta de escucha, la imposibilidad del diálogo y de la escucha mutua. ¿Qué hay más democrático que escuchar? Creo que existe un nivel de riesgo altísimo y que, además, no se está educando sobre la democracia. Los propios jóvenes dicen que no tienen educación para la democracia. Yo viví aquí el comienzo de la Transición española y recuerdo que me llamó mucho la atención que entonces existiera un intento de educar respecto a la democracia mediante conversaciones, acciones y pequeñas herramientas. Ahora este asunto se está yendo de las manos porque la propia institucionalidad democrática está patas arriba. Los referentes están en crisis. Naciones Unidas, los Estados, los gobiernos, los partidos, las instituciones han dejado de ser esas referencias. Ante esa ausencia, la gente joven tiene que preguntarse dónde están sus propias herramientas.
¿Y dónde cree que las encuentran?
Desde mi punto de vista aparece mucho la corporalidad, aparecen los cuerpos. En ese sentido creo que la película acierta al titularse El género de la democracia. La conciencia de los cuerpos permite dialogar, escucharse y entenderse de otra manera. Quizá resulte más difícil que los jóvenes se pongan de acuerdo ante determinadas ideologías, sobre si algo es de derechas o de izquierdas, pero sí pueden llegar a entender que cuestiones como el sexo, el cuerpo o una definición del género que no sea exclusivamente masculina o femenina han cambiado. Por mucho que a otras generaciones pueda costarnos comprenderlo, ahí existen diferencias que ellos sí son capaces de entender.

Una vida atravesada por la democracia
Su propia biografía está atravesada por dos experiencias políticas muy diferentes. Salió del Chile de la dictadura y llegó a la España de 1977, en plena Transición. ¿Qué significa para usted hacer ahora una película que vuelve a preguntarse qué es la democracia cincuenta años después?
Tiene mucho sentido. La empatía que siento hacia los jóvenes tiene mucho que ver con mi propia juventud. Cuando necesité huir de una dictadura, creía en la democracia como una posibilidad. Además, había sido educada durante mi adolescencia en uno de los momentos democráticos más emblemáticos de Chile, la Unidad Popular, la vía chilena al socialismo, que planteó una posibilidad democrática que no se había producido de aquella manera en otros lugares. Esa es parte de mi identificación con los jóvenes. El proceso chileno estuvo muy activado por gente joven y fuimos educados desde la juventud en la posibilidad de que, a través de la vida democrática, podía producirse un cambio. Eso me genera empatía con ellos. Pero también están mis cincuenta años posteriores de vida, que me sitúan en el lugar de ese pasado y hacen que ahora vea con angustia y con temor la pérdida de la utopía democrática.
Ha trabajado durante décadas con documental, vídeo, performance y formas híbridas, muchas veces muy cerca de acontecimientos que estaban sucediendo en ese mismo momento. ¿Qué puede mostrar una cámara sobre una transformación social que no puede mostrar una encuesta, un estudio sociológico o una noticia?
Fundamentalmente todo el lenguaje no verbal: los rostros, la ropa, la movilidad, la escenografía de los cuerpos en colectividad. Una cámara habla muchísimo. No necesitas necesariamente una gran teoría política para entender que en una protesta la juventud se desmelena, se enfrenta o aparece incluso la violencia. Las imágenes te ofrecen un asidero importante para comprenderlo y, sobre todo, para sentirlo. Cuando estudiaba en la universidad y veía imágenes de los movimientos del 68 en Francia me fascinaban. Allí estaba todo y nadie necesitaba explicarte qué era o qué dejaba de ser: estaba la escenografía. Yo siempre he hablado de la performatividad de las multitudes, que es algo que me fascina, para bien y para mal. Cuando una multitud se expresa como multitud existe una gran performance, existen imágenes.
Después de haber pasado tanto tiempo escuchando a estos jóvenes, ¿hay alguna conversación, imagen o frase que se haya quedado especialmente con usted y resuma de algún modo lo que se lleva de El género de la democracia?
Sí, aunque no voy a contar en qué momento ocurre porque ocupa un lugar importante en el relato. Hay un joven de unos veinte años que participa en los debates y que, dentro de una de las actividades del grupo, se atreve a hacer algo que nunca había hecho. Su reflexión final viene a ser: experimentemos, hagamos cosas que pensamos que nunca podremos hacer; hagámoslas y después hablemos, independientemente de la edad que tengamos. Eso me identifica mucho. Cuando tuve que explicarles a los jóvenes cómo iba a filmarlos, les decía que pensaran que estábamos haciendo el retrato de una edad. Quizá dentro de cuarenta años puedan ver cómo eran a los veinte o veinticinco años y entender cosas que ahora mismo no pueden entender. Pero también siento que esta película es importante para la gente de mi edad e incluso mayor, porque permite intentar comprender a los jóvenes desde otro lugar. Es maravilloso poder seguir creyendo que existen posibilidades y que la gente joven tiene que encontrar su propio camino y sus propias formas de evolucionar como generación.





























