Cuando el genocida encontró al perro

El fuego sobre Gaza ha destrozado también las relaciones entre humanos y animales que forman parte del hogar.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Odiseo vuelve a casa, los veinte años de ausencia hacen que nadie lo reconozca salvo su perro Argos, que no se ha olvidado de su voz, de su olor, de su silueta, y alza las orejas y se mueve lo justo para que Odiseo, incapaz de contener las lágrimas, se dé cuenta de que lo ha reconocido. Argos muere entonces, pensemos que feliz de haber vuelto a ver una última vez a su amo.

Algunas veces, pensando en Gaza y en Cisjordania, se me hace muy difícil imaginar cuál puede ser la vida de los animales allí. Sobre todo me vienen a la mente las aves, pero hoy, ahora, buscando algo de información sobre la suerte, en medio del genocidio, de los animales de compañía, me he encontrado con un artículo escrito por dos profesores israelíes, On Barak, de la universidad de Tel Aviv, e Irus Braverman, de la de Buffalo, que se propusieron observar Gaza a través de lo que les sucede a los animales no humanos, en concreto, a los perros. Al genocidio y al escolasticidio (destrucción de toda la infraestructura educativa), he sumado una nueva palabra, el “domicidio”: destrucción de las viviendas y el entorno vital del que forman parte los animales de compañía.

El profesor Barak y la profesora Braverman analizan cómo el genocidio ha destrozado los hogares palestinos en el sentido más amplio de la palabra, no sólo por el hecho de que los israelíes han aniquilado el 92% de las casas en Gaza. El hogar, explican, es lo que nos hace humanos, es lo que conforma nuestra identidad en contacto con los demás y con otras especies animales; los hogares nacieron en un proceso colaborativo que incluyó a humanos y no humanos, por lejano que ese origen nos parezca ahora. Pero el fuego sobre Gaza, los bombardeos constantes, los vapores tóxicos, han cambiado el paisaje visual y los olores de la ciudad y, bajo el ruido de las sirenas y el estallido de las bombas, los perros se alimentan de restos humanos de la misma manera que hemos visto a los seres humanos en Gaza alimentarse de comida para perros y todo tipo de forraje. Los genocidas han dañado el núcleo de los hogares también de esta manera, destrozando las relaciones entre humanos y no humanos. Así dicen Barak y Braverman: “Los perros ofrecen una perspectiva única para comprender el significado de ‘domicidio’ más allá de su definición jurídica: más allá de la destrucción masiva de infraestructuras, el ‘domicidio’ de Israel en Gaza es un ataque a los cimientos mismos de lo que significa ser un ser humano palestino”.

“Por más que busque en los antiguos griegos imágenes parecidas a lo que estamos viendo en Gaza, nada es comparable a la brutalidad sionista, que no respeta ni a los vivos ni a los muertos.”

La falta de respeto y de humanidad del ejército de Israel hacia los vivos y hacia los muertos permite estas imágenes de perros alimentándose de restos de cadáveres humanos. También en Homero, no en la Odisea, pero sí en la Ilíada, se menciona esa posibilidad aterradora, que era una enorme amenaza en tiempos de guerra, de que el cuerpo sin vida del vencido fuera abandonado, pasto de las aves y de los perros. Aquiles le habla en esos términos a Héctor cuando está a punto de matarlo. Héctor le suplica, quiere abrazarse a sus rodillas, le pide que, cuando acabe con su vida, entregue el cuerpo a sus padres. Aquiles, poseído por una violenta cólera, le dice que no, es más, afirma que él mismo lo devoraría de muy buena gana, que no devolverá su cadáver y que lo abandonará a los perros. Sin embargo, al final sí entrega el cadáver de Héctor a su padre Príamo.

Por más que busque en los antiguos griegos imágenes parecidas a lo que estamos viendo en Gaza, nada es comparable a la brutalidad sionista, que no respeta ni a los vivos ni a los muertos, porque en Gaza también los vivos son pasto de los perros, esos perros adiestrados que Israel compra en Europa, especialmente en Países Bajos, y con los que amenaza y ataca salvajemente incluso a niños y con los que tortura a los prisioneros. Le ahorro al lector los detalles, pero están documentados ataques brutales a ancianos y a mujeres embarazadas y se hizo famoso sobre todo el caso de Muhammed Bhar, un crío palestino con síndrome de Down y autismo al que atacó un perro de las Fuerzas de Defensa de Israel en su casa de Shejaiya, en la ciudad de Gaza, en julio de 2024. Los criminales sionistas lo dejaron morir desangrado y solo. Todas estas atrocidades estamos consintiendo.

Argos no se olvidó nunca de Odiseo; yo, cada vez que me voy de mi casa, temo que los colirrojos a los que les dejo pequeños trozos de nuez en el alféizar de la ventana de la cocina se olviden de mí, algo muy estúpido, ya lo sé, porque mal se van a olvidar de alguien en quien no piensan. Sí, me miran, sobre todo las hembras, que son más amigables, y, cuando lo hacen, yo ladeo la cabeza y a veces les ofrezco el cuello en son de paz, aunque sé que eso sirve para los perros (o eso creo), no para los colirrojos. Pero no importa que no sepa cómo hay que tratarlos porque no están a mi cargo, van y vienen cuando quieren, libres como el viento, y, al final, piensen lo que piensen, que algo pensarán, aunque no sea en mí, los colirrojos regresan a mi ventana siempre que vuelvo. No son Argos, pero no se olvidan.

Ya se quedará para otras vacaciones leer el ensayo de Konrad Lorenz, Cuando el hombre encontró al perro, que he recordado ahora al pensar en los hogares de Gaza y en el mío, en Odiseo y en Argos, en los perros de Gaza y en lo que los genocidas hacen con los perros, pero al menos le he dado un vistazo al capítulo “Paz en el hogar”, donde Lorenz habla de una inhibición de ciertos animales, entre ellos el perro, que los lleva a no a atacar a otros animales más débiles en el interior del hogar. Habla por ejemplo de las aves de presa, que no se dedican a la caza cerca de sus nidos, lo que permite a aves más pequeñas y mansas criar cerca de ellas sin peligro. Confiado y optimista, Konrad escribe así: “Yo creo que se trata siempre de esa ley ancestral de paz en el hogar que lleva a nuestros perros a adoptar una actitud decididamente pacífica ante los distintos animales que viven en casa”. ¿Volverá la paz a los hogares de Gaza? De momento, cuántas leyes se saltan los animales humanos, tanto los maltratadores como los genocidas.

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