Ángeles Caso quería ser arqueóloga cuando era niña. Finalmente estudió Historia e Historia del Arte y tomó otros caminos, pero nunca dejó de leer sobre prehistoria ni de seguir las investigaciones científicas. Casi cuatro décadas después de abandonar la televisión, la escritora y periodista asturiana regresa con el proyecto por el que, según ha contado, siempre había querido volver.
Caso es la creadora, guionista, presentadora y codirectora, junto a Álex Galán, de Asturies, el pasado que somos, una serie documental producida por De la Piedra, y que en cinco capítulos que recorre la historia más remota de Asturias, desde los neandertales de El Sidrón, hace unos 49.000 años, hasta la conquista romana.
El programa no se detiene tanto en guerras, armas o grandes personajes como en la vida de la gente común. Mujeres, niñas y niños, ancianos y personas enfermas o con discapacidad entran en un relato que busca explicar cómo se organizaban aquellas sociedades, qué tecnologías desarrollaron, cómo se cuidaban y qué queda de ellas en la Asturias actual.
El primer capítulo, La niña de la cueva, centrado en los restos neandertales de El Sidrón, se estrenará en TPA el próximo martes 15 de septiembre, a las 22.30 horas. La previsión es que los otros cuatro episodios se emitan durante los martes siguientes en el mismo horario.
Volver a la televisión para contar la prehistoria
Cuando presentó la serie en Vitoria, contó que, al dejar la televisión hace cuatro décadas, se dijo que regresaría cuando pudiera hacer una serie de arqueología. ¿Qué tiene la arqueología para haberla hecho volver?
Yo quería ser arqueóloga de pequeña. Luego acabé estudiando Historia e Historia del Arte y no me dediqué a la arqueología, pero siempre me ha interesado muchísimo, especialmente la prehistoria. Tuve un gran profesor, Enrique Vallespí, en la Universidad de Oviedo, que nos enseñó muchísimo. Desde entonces he seguido en contacto con esa época, he leído muchos libros de divulgación y también artículos científicos. La arqueología siempre ha estado presente en mi vida y no me habría importado dedicarme a ella.

Se han metido unos 50.000 años de historia en cinco capítulos. ¿Cómo decidieron qué contar y, sobre todo, qué dejar fuera?
Hace falta bastante atrevimiento porque, dicho así, da pavor. Lo que hice fue seleccionar determinados hitos de esa prehistoria que comienza con los neandertales de El Sidrón, hace unos 49.000 años, y llega hasta la conquista romana, ya en el límite de nuestra era. Hablamos de la vida de los neandertales, del Paleolítico superior y la aparición del arte y de la mente simbólica, de la invención de la agricultura y la llegada desde Anatolia de los primeros agricultores, de los megalitos y nuestra conexión con la fachada atlántica, de la vida en los castros y, finalmente, de la conquista romana. Es imposible abarcarlo todo, así que utilizamos esos hitos para hablar de las personas y de las culturas de cada momento.
¿Hubo algo que le doliera especialmente tener que dejar fuera?
Muchas cosas. Primero tienes que hacer esa selección general y, después, dentro de cada episodio, debes prescindir de una cantidad enorme de información. Hemos tenido que ir a lo esencial porque se trata de un programa divulgativo, no de un espacio dirigido exclusivamente a especialistas. A los expertos quizá los episodios les parezcan insuficientes, pero yo quería acercar esos milenios anteriores a la llegada de la escritura a quienes no son especialistas. También quería hablar de las personas comunes que nos precedieron desde un punto de vista que no es habitual en los documentales españoles de este tipo. Me detengo menos en lo formal y más en lo cultural y lo social, en cómo vivían aquellas personas, quiénes eran y qué podía motivarlas.
“Hubo un momento en el que me puse a sollozar abiertamente, aunque esas imágenes no aparecen en la serie.”
Las personas borradas del relato
En la serie se aparta del relato de guerreros, armas y combates para hablar de cuidados, alianzas y vida cotidiana. ¿Cuál era el tópico sobre la prehistoria que más quería desmontar?
Sobre todo, esa prehistoria que nos han contado en la que los protagonistas eran exclusivamente los varones. Hay un momento en el que entro en una cueva con Marga Sánchez Romero, catedrática de Prehistoria de la Universidad de Granada, y le digo que, si nos guiamos por el relato tradicional, allí solo habrían vivido hombres adultos, cazadores y artistas. ¿Dónde estaban todos los demás sectores de la población? Nunca nos hablaron de ellos. La mirada creada por los historiadores y prehistoriadores del siglo XIX fue absolutamente androcéntrica y excluyó a las mujeres, pero también a las niñas y los niños, a los ancianos y a las personas enfermas o con discapacidad.
En la serie utiliza la aguja de coser como ejemplo de esa mirada androcéntrica. ¿Por qué es tan importante ese objeto?
Cuando se consultan las clasificaciones tradicionales de herramientas del Paleolítico superior, aparecen puntas de flecha, cuchillos, raspadores o raederas. Son armas u objetos que perforan o se pueden clavar. No suele hablarse, en cambio, de la aguja de coser. En las cuevas del Paleolítico superior aparecen agujas exactamente iguales a las que utilizamos ahora, aunque fabricadas con asta de animal. Se inventaron hace unos 40.000 años y tenemos decenas de ejemplares en Asturias. Probablemente fue una de las tecnologías más importantes porque permitió coser unas pieles con otras y protegerse mucho mejor del frío de las glaciaciones. Pudo ser uno de los grandes recursos que permitieron sobrevivir al Homo sapiens. ¿Por qué no aparece normalmente en las clasificaciones de utensilios paleolíticos? Porque los prehistoriadores del siglo XIX y principios del XX la relacionaron con un objeto femenino, doméstico y sin importancia. Todavía hemos heredado esa mirada.
Cuando las pinturas volvieron a moverse
¿Hubo algún objeto, yacimiento o momento del rodaje que la hiciera sentirse especialmente cerca de aquellas personas?
Hubo un momento en el que me puse a sollozar abiertamente, aunque esas imágenes no aparecen en la serie. Fue en el Parque de la Prehistoria de Teverga, junto a Raquel Asiaín, profesora de Historia del Arte y especialista en arte prehistórico. Encendimos una lámpara de tuétano real, como las que aquellas personas utilizaban para iluminarse dentro de las cuevas. Las pinturas del parque son réplicas, pero están muy bien realizadas, y de repente cobraron vida, comenzaron a palpitar y a moverse. Vi las pinturas tal y como las veían aquellas personas hace 25.000 o 30.000 años. Para mí fue un momento de revelación y me puse a llorar. Durante el rodaje ha habido muchos momentos muy emocionantes.
Una aguja, una piedra o los restos de un castro pueden fascinar a un arqueólogo, pero hay que conseguir que también fascinen a alguien sentado en el sofá. ¿Cómo se hace entretenida la arqueología en televisión?
Ese ha sido mi trabajo como persona que pensó y planteó la serie, y también el de todo el extraordinario equipo que me ha acompañado. Intentamos formar parte de la aventura. Yo aparezco como conductora junto a los especialistas, visitamos los yacimientos, bajamos a las cuevas y nos movemos por el monte. También hemos intentado contarlo de una manera literaria mediante los textos y la voz en off, y visualmente, con un ritmo que no resulte aburrido. Espero que lo hayamos conseguido. Creo que la clave está en que hablamos de la gente común, de nuestros antepasados, y no solo de las élites del poder que han protagonizado tradicionalmente los relatos históricos. Confío en que el público encuentre ahí un hilo del que engancharse.
“La vida rural asturiana todavía se parece en muchos aspectos a la que nació con el Neolítico hace unos 6.000 años.”
El pasado que todavía somos
El título hace una afirmación bastante contundente. Después de realizar la serie, ¿qué seguimos siendo de aquellas personas que vivieron aquí hace miles de años?
Lo somos todo. Existen estudios genéticos muy interesantes, algunos de los cuales aparecen en la serie, sobre las aportaciones de poblaciones procedentes de distintos lugares de Europa y Asia. También somos sus herederos culturales. Seguimos utilizando tecnologías que son esencialmente las mismas. Hemos hablado de la aguja de coser, pero también podemos pensar en los bifaces musterienses que usaban los neandertales y que siguen respondiendo al principio del cuchillo actual, en la producción de tejidos o en la fabricación de recipientes de arcilla para cocinar. La vida rural asturiana todavía se parece en muchos aspectos a la que nació con el Neolítico hace unos 6.000 años. También seguimos considerando especiales o sagrados determinados lugares y celebrando, como festividades cristianas, momentos del año que tienen su origen en culturas prehistóricas. Hay muchísimas cosas que nos unen a aquellas personas y espero que la serie consiga mostrarlo.

Después de recorrer esas épocas, ¿en cuál elegiría pasar una semana si pudiera regresar sana y salva?
En el Paleolítico, sin ninguna duda. De hecho, ese capítulo se titula Un amanecer deslumbrante. Juan Luis Arsuaga me acompaña en esa idea y define a aquellas personas como los príncipes de la humanidad. Es un momento de gloria de nuestra especie. No sabemos con absoluta certeza si la mente simbólica surgió entonces o si ya había aparecido antes entre los neandertales, pero durante ese periodo se desarrolla plenamente. Y la mente simbólica es, en buena medida, lo que somos, desde el lenguaje hasta cualquier forma de expresión artística o narrativa. Fue un momento de esplendor. Eran personas con un talento, una inteligencia, un ingenio y una curiosidad insaciables. Me fascinan.
Ha dicho que sería feliz haciendo series de arqueología durante el resto de su vida. Después de llegar hasta Roma, ¿le gustaría que Asturies, el pasado que somos tuviera continuidad?
Sí, todavía quedan muchas cosas por contar. No suelo hacer demasiados planes a largo plazo, así que iremos viendo, pero quedan muchas historias que podrían abordarse desde este punto de vista, más centrado en las personas y en los seres humanos que en los aspectos formales. Claro que me gustaría continuar.






























