En 1844, el mismo año que en Londres se fundaba la legendaria Asturian Mining Company para explotar las riquezas carboníferas de la cuenca del Caudal, en la otra punta del mundo, en el Golfo de Arauco, Chile, a orillas del Océano Pacífico, dos terratenientes locales Juan José Arteaga y José Antonio Alemparte, daban el pistoletazo de salida a la explotación industrial de los ricos yacimientos de carbón de esta región, punto de paso y abastecimiento de mineral para los barcos que doblaban el estrecho de Magallanes.
Arrancaba así, en una y otra región del mundo, una historia industrial, minera y siderúrgica, que ha moldeado hasta el siglo XXI, para bien o para mal, la sociedad, la cultura y los paisajes de ambos territorios. De esto se ha hablado estos días en Mieres donde se desarrolló el congreso universitario ‘Paisajes postindustriales y transiciones en las cuencas mineras de Asturias (España) y del Biobío (Chile)’, una iniciativa de la Dirección General de Agenda 2030 coordinada por los historiadores Rubén Vega e Irene Díaz.
Isabel López, Pamela Uriarte, Ignacio Bisbal, Pamela Heyden y Julio Gaete son algunos de los investigadores, ligados a la Universidad de Biobío y a la Fundación Cepas, que han viajado a Asturies para conocer sobre el terreno la reconversión asturiana, así como explicar aquí la experiencia chilena. Puntos geográficos muy distantes, pero con mucho más en común de lo que podría parecer a simple vista.

El congreso ha puesto así de relieve las grandes similitudes entre la historia de las cuencas asturianas y chilenas, dos espacios donde el movimiento obrero dejó una gran impronta social y política que llega hasta hoy.
Desarrollada por capitalistas extranjeros, y con una fuerte tradición socialista, comunista y anarcosindicalista, la minería del Biobío chileno experimentó en la segunda mitad del siglo XX un proceso parecido al de los pozos asturianos. Cada vez menos competitiva, el progresivo declive de la minería privada llevó a la nacionalización de las explotaciones carboníferas, asumidas por el Estado a través de grandes empresas que mantuvieron, gracias a grandes inyecciones de capital público, el trabajo de miles de familias, así como el modo de vida de comunidades enteras en territorios con una altísima especialización. En Asturies esa gran compañía estatal se llamó HUNOSA y el proceso de “rescate” de las minas privadas tuvo lugar bajo la dictadura franquista. En el caso chileno la intervención estatal tuvo lugar al término de 1970, en los primeros meses del gobierno del socialista Salvador Allende.
El 31 de diciembre de 1970 el “compañero Allende” despedía el año en Lota anunciando ante los trabajadores que “¡Desde hoy la Carbonífera Lota-Schwager pasa a ser una empresa del Área Social de la propiedad, vale decir, una empresa del pueblo de Chile!”.
La dictadura del general Augusto Pinochet desplegaría una fuerte represión política y sindical en las zonas mineras de Chile, pero a pesar de su marcado carácter neoliberal, evitaría liquidar el sector carbonifero, consciente del peligro de agitar el avispero tocando el modo de vida de 18.000 trabajadores y sus familias. El temor a revivir las grandes huelgas de los años 20 y 60 pesaba en el imaginario de la burguesía chilena. Julio Gaete, hijo y nieto de mineros, y en la actualidad trabajador de la Fundación CEPAS, señala la paradoja de que lo que no pudo hacer la dictadura lo terminó haciendo la democracia, aunque no sin contestación social.

En 1997 el gobierno del democristiano Eduardo Frei, con apoyo del Partido Socialista, cerraba las minas de carbón públicas, no por razones medioambientales, sino económicas. Para importar carbón colombiano y de otras partes del mundo donde su extracción resulta más barata que en los complejos yacimientos de Lota y Coronel, con kilómetros de galerías excavados bajos las aguas del Oceáno Pacífico.
Tras el cierre llegaron dos planes de reconversión de unos pocos años, prejubilaciones y algunas ayudas para la reindustrialización y la reconversión laboral de quienes se quedaban sin empleo. Lejos del proceso gradual de la minería española, demorado desde los años 80 hasta 2018 gracias a la presión sindical y política de los trabajadores, en el Biobío el corte fue rápido y seco, más al estilo del gran cierre minero de Thatcher en Gran Bretaña. Las ayudas a la transición existieron, pero fueron mucho más limitadas. Hubo centenares de despidos. Ni siquiera todos los mineros lograron prejubillarse, y quienes entraron en la bolsa tampoco lo hicieron con grandes pensiones. Chile es de hecho conocido por ser uno de los países que entregaron al sector privado su sistema público de pensiones. Una herencia de la dictadura que ha seguido en la democracia.
Como en Asturies muchas de las empresas que llegaron con grandes subvenciones públicas echaron el cierre cuando se acabaron las ayudas
Pamela Uriarte califica de “nefasto” el proceso de reconversión del Biobío. Como en Asturies muchas de las empresas que llegaron con grandes subvenciones públicas echaron el cierre cuando se acabaron las ayudas. Tampoco los cursos de reciclaje laboral sirvieron de mucho al faltar un tejido económico capaz de absorber a quienes aprendían nuevos oficios. Hoy el Biobío es una de las zonas con más paro de Chile. Existe una fuerte emigración juvenil, e incluso las antaño fuertes comunidades mineras se han erosionado por el desempleo, las drogas y la inseguridad ciudadana. La desindustrialización también ha impactado en el tejido social y político. El movimiento obrero pierde poder frente a las iglesias evangélicas, cada vez más derechistas. Hoy solo una de los tres grandes ayuntamientos de la zona minera sigue gobernado por la izquierda.

Ignacio Bisbal, profesor del Departamento de Planificación y Desarrollo Urbano (DPDU), Universidad del Bío-Bío, apunta que la región ha perdido músculo industrial, y que las industrias que se han quedado son aquellas que generan menos valor y buenos puestos de empleo, y en cambio más contaminación, como las centrales térmicas o una industria forestal centrada en el monocultivo del eucalipto. “El Biobío se ha convertido en una zona de sacrificio”, resume.
En el capítulo positivo todos destacan que el cierre de las minas trajo consigo un nuevo empoderamiento de las mujeres, que en muchos casos se convirtieron en el nuevo sostén de los hogares. También destacan los avances en la conservación y rehabilitación de los antiguos “piques”, pozos, así como la vitalidad cultural que sigue teniendo la zona. Una proliferación de música, literatura y otras manifestaciones artísticas que contrasta con el declive poblacional que sufre el Biobío.

Por primera vez en Asturies, los invitados chilenos señalan los grandes parecidos entre las cuencas mineras asturianas y su región, incluso a nivel físico y paisajístico, pero también la calidad de los equipamientos, servicios públicos e infraestructuras que se están encontrando en las antiguas comarcas mineras asturianas. También la apuesta por los nuevos usos de antiguas explotaciones como el Pozu Santa Bárbara o el Pozu Barredo, integrado en el campus universitario de Mieres.
En 2027 las cuencas mineras chilenas celebrarán el 30 aniversario del final del carbón. Se preparan grandes actos para una efeméride que pretende servir para abrir un gran debate ciudadano sobre el futuro de un territorio que, como resumen, “todavía no ha abandonado el luto”.



























