El Festival Pan y Roses homenajeó en esta edición al movimiento de la insumisión militar con una mesa redonda en la que participaron antiguos militantes de la Coordinadora Asturiana pola Insumisión, así como Rodrigo Díaz, activista de Asturies pola Paz, que definió la lucha de aquellos jóvenes contra el servicio militar como “inspiradora en tiempos de rearme”.
Diego Díaz, director de NORTES, moderó una conversación en la que se dio un repaso histórico a uno de los movimientos de desobediencia civil más exitosos de la historia reciente de España, y que tuvo un especial impacto en Asturias con 19 insumisos presos. El acto forma parte de un proyecto impulsado por NORTES y financiado por el Comisionado del Gobierno de España “50 años en libertad”, para divulgar la memoria del movimiento antimilitarista cuando se cumplen 25 años del final de la mili.
Fer González, que tenía 21 años cuando se declaró insumiso, contó que “no quise perder nueve meses de mi vida porque me lo impusiesen. No queríamos participar en una institución como era el ejército español, que tiene unas atribuciones que no compartimos. Todos los que participamos en ese movimiento teníamos una fuerte conciencia política”.
Muchos de aquellos jóvenes se habían polítizado, como recordó Sandra Dema, en las movilizaciones de estudiantes de 1986/87, cuando todavía estaban en los institutos.
“Era un movimiento pequeño, pero muy activo”, explicó José Manuel Chico “Pin”, otro de los insumisos que fue encarcelado, y que destacó la espectacularidad que se daba a los momentos de las detenciones. “Yo fui de los primeros detenidos. Me juzgan en el año 90, y en el 92, después de San Mateo, aparece la Guardia Civil en mi casa para llevarme a la cárcel. Estuve escondido hasta el 16 de octubre, preparando mi entrega. Dimos una rueda de prensa en Comisiones Obreras y de ahí bajamos a entregarnos”. En el caso de Fer, contó que ellos no quisieron “que hubiese detenciones sin testigos. Teníamos informantes en los juzgados, y supimos cuándo el juez nos puso en busca y captura. Nos encadenamos a la Comandancia Marina, convocamos a la prensa hasta que llegó a la policía, que cortó las cadenas y nos arrastró a la cárcel. Siempre intentábamos que hubiese detenciones espectaculares para que hubiese repercusión mediática”.
¿Cómo fue posible que el movimiento, sin un correlato internacional, prendiera con tanta fuerza en la juventud española? “El servicio militar tenía un gran rechazo social. Había gente que bebía lejía en el cuartel para librar, porque se pasaba muy mal. Había un gran descontento social con la institución, y nosotros abrimos una vía que facilitó acabar con eso” expuso “Pin”, para el que la insumisión logró terminar con la mili, pero fracasó en sus objetivos antifascistas más ambiciosos. Aceleró la tendencia a la profesionalización de un Ejército, que como expuso Sandra Dema, ha necesitado desde entonces gastar mucho dinero en mejorar su imagen.
Dema explicó cuál fue el papel de las mujeres en el movimiento por la insumisión: “Compartíamos los presupuestos políticos del movimiento. No era solo un movimiento contra el servicio militar, sino que había una clara idea antimilitarista. El ejército de las 90 tenía raíces en el franquismo, y las mujeres entendíamos que ese era un movimiento que nos beneficiaba. El tipo de hombre que quería crear el ejército no era el tipo de hombre que queremos desde el feminismo”.
Para la socióloga, profesora de la Universidad de Oviedo/Uviéu, la singularidad de la insumisión asturiana fue que logró “crear un movimiento unitario y coordinado. Si tuviera que decir qué me enseñó el movimiento por la insumisión, diría que me enseñó a organizarme”.



























