José Manuel Castañón, escritor, falangista y exiliado voluntario

KRK recupera "Bezana roja" y "Bezana azul", un díptico literario sin parangón en la literatura social asturiana del siglo XX.

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Ramón García Piñeiro
Ramón García Piñeiro
Es historiador y profesor de enseñanza media en el IES Galileo Galilei Navia.

La publicación conjunta de Bezana roja y Bezana azul (KRK ediciones, 2026) nos permite rescatar del sumidero del olvido al lenense José Manuel Castañón de la Peña, el narrador asturiano más “fieramente humano” de la generación del veinte del siglo pasado. En este díptico literario, cuya primera parte se publicó en 1957 y su secuela languideció en “una gaveta del escritorio familiar de España” hasta la presente edición, se cartografía con dos enfoques antagónicos el orto y ocaso de una imaginaria villa costera asturiana desde el esperanzador idealismo reformador de la primera mitad de los años treinta del siglo pasado hasta la abyecta degradación ética y social de la década siguiente, sin eludir las consecuencias derivadas del utopismo revolucionario y de la violencia política catalizados por la Guerra Civil.

Cubierta de Bezana roja y Bezana azul, de José Manuel Castañón de la Peña, con edición e introducción de Ramón García Piñeiro.
Edición conjunta de Bezana roja y Bezana azul, KRK, 2026

Anatomía de una palinodia

La villa imaginada, Bezana, es un epítome de Asturias, tal vez de España entera, y su autor condensa en su singular biografía los vaivenes y contradicciones de nuestro convulso siglo XX. Aunque su padre se identificó con el republicanismo reformador y cultivó la amistad de lo más granado de la intelectualidad de izquierdas, José Manuel Castañón fue galvanizado desde temprana edad por la seductora vistosidad coreográfica y la retórica poetizada del falangismo, movimiento que le sedujo por su virilidad, espiritualidad, vocación unitaria y modernidad. En septiembre de 1936, con 16 años recién cumplidos, huyó del domicilio paterno y se adhirió a las milicias de Falange, con las que combatió durante los tres años de Guerra Civil. En esta etapa adquirió la graduación de teniente y le concedieron varias condecoraciones por méritos de guerra, entre otras la Cruz Laureada de San Fernando Colectiva, pero perdió el control de su mano derecha, inutilizada por la metralla recibida de un obús soviético cuando defendía Oviedo de las ofensivas republicanas en el frente de San Lázaro.

José Manuel Castañón, de uniforme, en el parque de San Francisco de Oviedo en 1941.
José Manuel Castañón en el parque de San Francisco de Oviedo, 1941

Tanto en Asturias en 1938, una vez ocupada la región por los sublevados, como en Valencia en 1939, no bien se consumó la derrota republicana, se dedicó a la persecución de los vencidos que subsistían escondidos o dispersos por los montes, unos inermes y otros armados, experiencia que, entre 1940 y el verano de 1941, lo catapultó a las Jefaturas de Milicias de FET y de la JONS de Oviedo y Ceuta, desde las que coordinó a los voluntarios que se dedicaban a localizar y rematar a los vencidos que permanecían en rebeldía. En el desempeño de este cometido, compartió la jaculatoria del “Rusia es culpable”, pregonada por Ramón Serrano Suñer el 24 de junio de 1941, dos días después de que se iniciara la Operación Barbarroja y la Wehrmacht hollara territorio soviético. Por ello, el 2 de julio de 1941, tomó la decisión de alistarse en la División Española de Voluntarios, popularmente conocida como División Azul, experiencia vertida en Diario de una aventura, obra pionera publicada en 1991, cuando la URSS estalló en pedazos.

José Manuel Castañón conversa con otro militar durante su etapa en la División Azul.
José Manuel Castañón en la División Azul, 12 de septiembre de 1941

Aunque durante la década de los cuarenta fue catapultado por la cucaña de la victoria, arraigó en su psique de forma paulatina un sentimiento creciente de incomodidad y repulsa hacia las prebendas que recibía, principalmente porque Castañón fue de los que ganó la guerra, pero perdió la paz. Volvió a desempeñar la Jefatura Provincial de Milicias de Asturias, fue adscrito al Benemérito Cuerpo de Mutilados de Guerra por la Patria, con la asignación de una paga vitalicia, fue dirigente del SEU durante su etapa universitaria y ejerció un cargo bien remunerado en el Sindicato Vertical, pero ello no fue óbice para que fuera experimentando un lento y subterráneo proceso de desfalangistización porque no soportaba que la idea que lo había movilizado se hubiera convertido en una trituradora de carne humana. La conversión de la victoria en botín de guerra y la sustitución de la reconciliación entre los españoles por la venganza y el odio, así como la subordinación y entredicho social con el que fue estigmatizado el vencido, para el que no hubo ni piedad ni perdón y con cuyo drama se sintió cada día más identificado, coadyuvaron a su irreversible desafección.

José Manuel Castañón, de uniforme, en una calle de Ceuta en 1942.
José Manuel Castañón en Ceuta, 1942

A finales de la década de los cuarenta renunció a sus prebendas y compaginó el ejercicio de la abogacía con la fundación de una gestoría, Herca, domiciliada en la plaza de la Catedral de Oviedo. Desprovisto del blindaje que se proporcionaba a los paniaguados del régimen, entre enero y marzo de 1953 ingresó en prisión por supuestas infracciones de la Ley de Emigración, entre las que se citaron proporcionar cartas de llamada y contratos de trabajo falsos a asturianos que pretendían emigrar a América. Durante su estancia en la cárcel, quien más porfió por alegar su condición de militar para que fuera trasladado desde la Modelo de Oviedo a la de Alcalá de Henares, fue el abogado Manuel Virgós Ortiz, asimismo inmerso en un proceso análogo de distanciamiento del régimen, aunque en este caso desde la órbita del tradicionalismo.

Tras su aleccionador paso por la cárcel, donde gestó su primera obra publicada, Moletú-Volevá, la leyenda de la locura dolarista, se mudó con toda su familia a Madrid con el irrenunciable propósito de hacer tabla rasa de su pasado y abrirse camino como escritor profesional. Aquí entró en contacto con los cenáculos de escritores y artistas de la capital de España, frecuentó las tertulias literarias del café Gijón y fundó la editorial Aramo, con la que publicó una revista de las provincias españolas y, en 1957, Bezana roja, con la que había sido semifinalista del premio Planeta el año anterior. También divulgó la obra de literatos e intelectuales de su misma cuerda, algunos de ellos inmersos en un proceso de disidencia similar, como Santiago Montero Díaz, Valentín Andrés Álvarez, Fernando Villalón, José María de Quinto y Julián Cañedo, pero esta intensa actividad publicista no devolvía el sosiego a su conciencia porque le repateaba la sordidez del régimen y, en particular, la asfixiante censura franquista.

En busca de la libertad mancillada, el 4 de febrero de 1958 atravesó la frontera pirenaica y se instaló provisionalmente en París, desde donde se dirigió a Génova para embarcar rumbo a Venezuela. Desde la capital francesa, dirigió una misiva al ministro del Ejército atribuyéndose la condición de “exiliado político”, por lo que renunciaba voluntariamente a la soldada que venía percibiendo en su condición de “capitán y Caballero Mutilado de Guerra por la Patria”. Manifestó que abandonaba España porque su régimen, engendro de la Guerra Civil, era “moralmente, criminal; políticamente, inepto; socialmente, monstruoso”. Como último ruego expresó su deseo de que su paga se transfiriera a otro mutilado, pero del bando vencido. La carta fue publicada el 6 de febrero de 1958 en el diario parisino Le Monde e íntegramente reproducida en la edición de Toulouse del semanario El Socialista del 13 de febrero, en este caso con la adición de una pequeña biografía y una fotografía del autor, bajo el título “Un capitán del Ejército se expatría”. Para Castañón supuso que, al inicial delito de abandono de residencia, se añadieran los cargos de insulto a un superior, menosprecio a altos organismos e instituciones del Estado y propaganda ilegal.

Su exilio desconcertó hasta tal punto a los paniaguados del régimen que circularon por Oviedo todo tipo de conjeturas sobre las inconfesables causas que propiciaron su inesperada partida, algunas incongruentes, cuando no disparatadas e, incluso, rayanas en el delirio conspiranoico. Se rumoreó que se había dedicado a la venta de armas para Ifni o que el antiguo divisionario había cambiado de uniforme y estaba ahora nada menos que al servicio del “oro de Moscú”. De estas insidias, divulgadas por quienes no concebían que se renunciara a una posición económica, social, profesional y familiar desahogada por sobrevenidas desavenencias de índole político que, en lo personal, ni le concernían, ni le perjudicaban, se hizo eco su esposa con indisimulada amargura en las cartas que se entrecruzaron en 1958.

Desde esta fecha hasta la restauración de la democracia en España, Castañón y su familia sobrevivieron del “negro pan del exilio”, donde fundó una editorial, a la que denominó Casuz Editores, publicó novelas, colaboró en revistas, insertó artículos en publicaciones venezolanas como El Carabobeño de Valencia, El Nacional y La Nación de San Cristóbal, dictó conferencias, destacó como tertuliano en la Asociación de Escritores Venezolanos, promovió “discos culturales”, recibió homenajes, fue distinguido con condecoraciones como la medalla Simón Bolívar y la Orden de Andrés Bello, declarado hijo adoptivo de Santiago de Chuco, donde nació su idolatrado César Vallejo, y, como destacado miembro de número, se incorporó con pleno derecho a la comunidad de intelectuales y literatos de la América hispana, compuesta por creadores nacidos a ambos lados del océano.

Sus convicciones políticas se reorientaron definitivamente hacia las filas del republicanismo, incluyeron elogios a la Cuba de Fidel Castro, cuyo “socialismo liberador busca el bienestar de los pueblos”, y reproches a la Monarquía “juancarlista”, instaurada sin la preceptiva consulta popular por “el enano de Franco” y “asimilando todo el excremento del pasado inmediato”, aunque se mostró partidario de respetarla mientras se atuviera “al marco constitucional”.

Retrato en blanco y negro de José Manuel Castañón con un puro en la mano.
José Manuel Castañón

Las trayectorias entrecruzadas de Juan Noya y José Manuel Castañón

Desde la otra orilla del Atlántico, se reactivó su deseo de reunir en un mismo volumen tanto la parte divulgada de Bezana, pero no compartida, como la omitida, con la que se sentía más identificado, cuando conoció al pontevedrés Juan Noya Gil, también instalado en Venezuela, al que el 14 de abril de 1976 le publicó en Casuz su biografía, titulada Fuxidos, memorias de un republicano gallego perseguido por el franquismo. El autor, nacido en A Guarda cuando alboreaba el siglo XX, había sido en su pueblo un destacado promotor del movimiento agrario, anticaciquil y antiforal, y del galleguismo político, al que representó en la corporación municipal de su concejo durante la II República, de la que fue teniente de alcalde en vísperas de la rebelión militar. Durante esta etapa, además de haber fundado la Sociedad Obrera de A Guarda, el semanario Nuevo Heraldo y el Ateneo de Divulgación Social, un foro de debate político, sindical y cultural, ejerció de anfitrión para celebridades de la época como Antonio Tuñón de Lara, tío del reputado historiador, quien visitó su localidad en compañía de Alejandro Lerroux, y Bernardino Machado, rector de la Universidad de Coímbra y presidente de Portugal, exiliado en A Guarda tras el golpe de Estado de Oliveira Salazar.

En el verano de 1938, cuando Juan Noya deambulaba huido a salto de mata de casa en casa, apenas un pequeño paso por delante de sus perseguidores, uno de sus guías le comentó que en una finca agrícola extramuros del cementerio de Sestás, en las inmediaciones del campo de concentración de Camposancos, se había abierto una zanja en la que entre el 2 y el 24 de julio se habían sepultado 49 republicanos, de los que 33 eran asturianos, cuya identidad reconstruyó minuciosamente con el tiempo. Tras regresar de América, cuando se decidió ampliar el cementerio parroquial, adquirió el solar por un precio simbólico, ya que su propietario, Ignacio Alonso Portela, nunca quiso cultivar una parcela abonada con carne humana. Además de enterrar allí a su propia esposa cuando falleció, promovió la recaudación de fondos, a través de la denominada Comisión Ciudadana Pro-Fosa Común, para la erección de un mausoleo conmemorativo, inaugurado el 15 de agosto de 1986. Dos años después, poco antes de fallecer, la Asociación Rosario Acuña de viudas de la Guerra Civil tributó a Juan Noya, en nombre de las familias de los represaliados en Camposancos, un emotivo homenaje en reconocimiento a su altruista iniciativa. Además, para que los asturianos y antifascistas allí inmolados permanezcan siempre vivos en la memoria, CCOO viene organizando todos los años desde entonces un acto conmemorativo de reparación y desagravio, cuyo último hito se colocó el pasado 17 de septiembre.

Placas con nombres y ofrendas florales en el Memorial de Sestás, A Guarda.
Memorial de Sestás, A Guarda (Pontevedra)

La atenta lectura de Fuxidos, cual magdalena proustiana, tendió en José Manuel Castañón un puente de la memoria con su inédita y casi olvidada Bezana azul, tristemente varada en el cajón de un escritorio desde hacía casi un cuarto de siglo. En Bezana roja, para que fuera publicada, había asumido el relato canónico y maniqueo de nuestro pasado reciente urdido por el régimen de Franco, lo que juzgó como una prostitución de sus más íntimas convicciones, pero en la redacción de su secuela, una vez liberado de la guadaña del censor, optó por reconfigurar la trama y remodelar a los personajes para que concordaran con sus verdaderos sentimientos. Como explícitamente reconoció, en la autobiografía de Juan Noya se identificaba a los personajes que había metabolizado “en la tolva de Bezana azul” a partir de los testimonios que le habían aportado muchos supervivientes asturianos de Camposancos.

Los fantasmas del campo de concentración de Camposancos, matadero de asturianos

Entre los presos del campo de concentración construyó avatares, más o menos embozados, del artista plástico Faustino Goicoechea Aguirre, del periodista Juan Manuel Vega Pico y del ensayista Luis Álvarez Piñer, a los que conoció personalmente y con los que trabó amistad durante su estancia en Madrid entre 1953 y 1958. Apenas enmascara al pintor, escultor e ilustrador ovetense, identificado como Faustino Aguirre, del que destaca que había ridiculizado en la prensa republicana a los artífices del levantamiento militar, especialmente a Franco, caracterizado como un siniestro adefesio con pezuñas. En septiembre de 1937, cuando las fuerzas sublevadas bombardeaban las inmediaciones del santuario de Covadonga, conquistado el 1 de octubre, destaca su intervención, como delegado provincial de Bellas Artes del gobierno republicano, en el traslado de la imagen de la “Santina” al puerto de Pauillac, en primer término, y, posteriormente, a la embajada española en París, desde donde sería devuelta a Asturias tras la finalización de la guerra, cometido en el que colaboró el pedagogo anarquista Eleuterio Quintanilla.

Inscripción «Vivet memoria sua in perpetuum» en un muro del colegio de Camposancos.
Pintada en los muros del colegio de Camposancos, A Guarda (Pontevedra)

Múltiples coincidencias biográficas invitan a suponer que, tras la esquinada y tornadiza personalidad del renegado Anastasio Padilla, otro preso de Camposancos, se oculta la figura del cangués Juan Antonio Cabezas Canteli, asociación que no deja de ser una mera conjetura. Ambos habían sido periodistas comprometidos con la causa republicana y combatientes de la pluma que “animaban a luchar contra el franquismo”, que no tuvieron repulgos en renegar de su pasado para, cuando menos, preservar su vida. El personaje de ficción fue catalogado de “pobre miserable” por fingir devoción y actuar de acólito en la misa, lo que no evitó su clasificación como “peligroso” y su traslado a San Marcos de León. Por su parte, Cabezas inició una relación de amistad con el padre Covaleda (del que es un trasunto el padre Hevia de la novela), escribió una biografía lírica de Cristo y una obra de teatro, La máscara del alma, publicada en los años cuarenta. Condenado a muerte el 19 de octubre de 1938, pero conmutada la pena por la inferior en grado, fue trasladado el 14 de febrero de 1939 al monasterio de Celanova (Orense). Desde aquí envió una lírica reflexión sobre su condición de preso a la Dirección General de Prisiones, que propició su traslado a Vitoria, donde colaboró en el semanario Redención, que llegó a dirigir, y en Musa Redimida, publicaciones instrumentalizadas por las autoridades franquistas para “blanquear” su sistema penitenciario.

El comunista Felipe Matarranz calificó a Redención como “el periódico más sádico que he leído nunca” y los anarcosindicalistas Ramón Álvarez Palomo y Antonio Bermejo execraron su “servilismo” por “consagrarse a la causa franquista desde la prensa pagada por el régimen”, pero la socialista Concepción Pérez Fontano sostuvo que, leyendo entre líneas, en los artículos de Cabezas titilaban destellos de republicanismo. Cuesta establecer tamaña genealogía en quien el 13 de enero de 1940 dejó escrito que “la voz de Franco nos devuelve a los españoles todo el sentimiento, a la vez doloroso y fecundo, de nuestra propia conciencia, porque otra vez están bajo su mandato, unidos y dispuestos a integrarse en la unidad superior de un gran destino, los valores genuinos de la raza”. Otra vez, apostilló en el mismo texto, “el fervor del monje y la austeridad castrense del soldado vuelven a salvar, con la más pura esencia de lo español, al Cristianismo occidental”. Y otra vez, remachó, “tras la palabra meditada y sincera del estadista, está la seriedad española y está la sangre de todos los soldados españoles que, por el mismo sentir, dieron la vida en olor de heroísmo”.

Reproducción en blanco y negro de la portada del semanario Redención.
Portada del semanario Redención

Más allá de constatar que en circunstancias extremas los humanos pueden anteponer el darwiniano principio de la supervivencia a los sentimientos de lealtad ideológica, empatía y solidaridad, las trayectorias entrecruzadas en este relato suscitan reflexiones que trastocan los marcos conceptuales y teóricos que manejamos para establecer taxonomías con las conductas de las personas. Hasta confluir en Venezuela, donde se fundieron en un abrazo fraterno, el camino del exilio político fue recorrido por el “camisa vieja” asturiano que había ganado la guerra, convertido a la postre en un vencedor vencido, mientras que el rumbo del republicano gallego derrotado y perseguido discurrió más bien, aunque con matices, por el itinerario de la emigración económica, lo que nos induce a destacar tanto la plasticidad de los campos semánticos de exilio y emigración como la permeabilidad de sus fronteras. Así mismo, la lectura correlativa de Bezana roja y Bezana azul nos permite calibrar el impacto de la censura franquista en el proceso creativo, hecho que carece de parangón en el panorama literario español.

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