Llaranes fue diseñado en torno a una fábrica, y esa decisión sigue siendo visible setenta años después. Se reconoce en la forma de las calles, en los jardines entre los bloques, en las diferencias entre unas viviendas y otras, en los colegios, en los campos de deporte y en una Plaza Mayor concebida cuando ENSIDESA no quería limitarse a dar empleo a miles de trabajadores, sino también alojarlos, educar a sus hijos y organizar buena parte de la vida que comenzaba al terminar el turno.
Lo que ya no es igual es el paisaje que rodea todo aquello. Las baterías de cok dejaron de funcionar a finales de 2019 y las cinco grandes chimeneas fueron demolidas en 2023. Durante décadas, la siderurgia formó parte del horizonte cotidiano del barrio hasta el punto de que las casas, los colegios o los campos de deporte parecían tener siempre la fábrica como telón de fondo. Hoy una parte de ese decorado industrial ha desaparecido, mientras permanece buena parte de la ciudad construida para quienes trabajaban allí.



También empieza a ser distinta la vida que ocupa sus calles. Quien haya observado Llaranes durante la última década puede reconocer más niños y adolescentes en determinados espacios, mayor actividad en parques y terrazas y pisos que parecen permanecer menos tiempo a la venta. Son impresiones de quien vive en el barrio desde 2012, no la prueba de una explosión demográfica, pero coinciden con algunas señales de relevo después de años marcados por la pérdida de población y el envejecimiento.
Entre aquellos dos paisajes transcurren 70 años y varias vidas de un mismo lugar. Antes de ENSIDESA hubo un Llaranes rural. Después llegó un poblado donde la categoría profesional se convirtió en metros cuadrados de vivienda y una empresa asumió funciones que hoy repartiríamos entre un ayuntamiento, un colegio, un club deportivo, la gestión de la vivienda y una red de servicios sociales. Más tarde llegaron la privatización de las casas, la retirada de aquel sistema y el envejecimiento de quienes lo habían estrenado. Ahora empieza a dibujarse otra etapa.
Antes de las chimeneas hubo hórreos
Llaranes no nació con ENSIDESA. Antes del poblado siderúrgico existía un pequeño núcleo rural con siglos de historia, el que hoy suele distinguirse como Llaranes Viejo. José Ángel del Río Gondell, fallecido en 2020 y una de las figuras más vinculadas a la recuperación de la memoria del barrio, cifra en su libro Llaranes. Tres épocas aquel lugar de 1950 en apenas 338 habitantes repartidos en 73 casas. Había todavía 25 hórreos o paneras y un comercio mínimo formado por un molino, una tienda-bar y dos carbonerías. Una parte de sus vecinos seguía vinculada al campo y otra encontraba ya trabajo en la cercana villa de Avilés.

Solo seis años después, Llaranes superaba los 5.000 habitantes. Esa cifra basta para medir la velocidad del cambio. La llegada de ENSIDESA desbordó el antiguo núcleo y transformó también la ciudad que tenía al lado. Avilés tenía algo más de 21.000 habitantes en el censo de 1950 y rozaría los 49.000 apenas diez años después. En 1960, además, solo alrededor de un tercio de los empadronados había nacido en el propio municipio.
El aluvión había comenzado incluso antes de que la fábrica produjera acero. Miles de hombres participaron en el dragado de la ría, la cimentación y el levantamiento de las instalaciones. Muchos se alojaron inicialmente en pensiones y barracones y, en algunos casos, en las llamadas “camas calientes”, que podían cambiar de ocupante cuando un trabajador salía hacia el tajo y otro regresaba. Algunos bloques vinculados al primer sistema residencial de ENSIDESA funcionaron inicialmente como dormitorios y comedores colectivos para trabajadores de las contratas y solo después fueron convertidos en viviendas familiares.
Para levantar el nuevo Llaranes se expropiaron inicialmente 35 parcelas que sumaban 166.312 metros cuadrados, según recoge Del Río Gondell. Las viviendas comenzaron a ocuparse antes de que el conjunto pudiera considerarse terminado, al mismo ritmo con que seguían llegando trabajadores y familias. La inauguración oficial se celebró el 18 de julio de 1956, una fecha nada neutra en pleno franquismo. El régimen conmemoraba aquel día el llamado “Alzamiento Nacional”, inicio del golpe contra la República, y lo mantenía además como Fiesta de Exaltación del Trabajo. Una orden del Ministerio de Trabajo aprobada apenas tres meses antes establecía que debía mantenerse “con todo su vigor, significación y solemnidad”. La elección encajaba, por tanto, en la liturgia política de la dictadura. Setenta años después, aquella fecha sirve como referencia para medir la edad oficial del poblado, aunque Llaranes estuviera ya parcialmente habitado antes y continuara creciendo después.

Una ciudad jardín que reproducía la fábrica
Juan Manuel de Cárdenas y Francisco Goicoechea no proyectaron una simple acumulación de viviendas baratas. El conjunto recogía principios de la Ciudad Jardín, la corriente urbanística nacida a finales del siglo XIX que buscaba combinar vivienda, servicios y zonas verdes en núcleos relativamente autónomos. Las construcciones bajas, los bloques abiertos, los jardines interiores y los espacios comunes diferenciaban Llaranes de buena parte de los barrios obreros levantados con urgencia durante aquellos mismos años. El historiador Jorge Bogaerts, autor de El mundo social de ENSIDESA. Estado y paternalismo industrial (1950-1973), sitúa el proyecto dentro de esa tradición y lo relaciona también con las experiencias europeas de vivienda obrera vinculadas al desarrollo del Movimiento Moderno.
En Llaranes convivieron además lenguajes arquitectónicos distintos. Algunos de sus edificios representativos conservaron una imagen más tradicional, mientras los colegios, el economato, la bolera o determinadas marquesinas se acercaron a una arquitectura más funcional y moderna. Ese conjunto de viviendas, equipamientos y espacios públicos es hoy también una parte relevante del patrimonio industrial de Avilés.

Pero aquella apariencia de armonía reproducía una jerarquía muy precisa. La categoría profesional se convertía en arquitectura. Los ingenieros podían disponer de viviendas próximas a los 300 metros cuadrados, mientras la casa media del poblado rondaba los 62. Entre ambos extremos se distribuían las viviendas reservadas a peritos, capataces, delineantes y otras categorías. El escalafón de la factoría no desaparecía cuando terminaba el turno, sino que continuaba en el lugar donde cada familia vivía.
La empresa que hacía de ayuntamiento
La autonomía del poblado había sido buscada desde el principio. En la memoria del proyecto, Cárdenas planteaba que servicios como la iglesia o las escuelas pudieran quedar resueltos con independencia de Avilés. La Plaza Mayor concentró buena parte de la actividad comercial y de los servicios, con Correos y Telégrafos, central telefónica, farmacia, establecimientos y una sucursal bancaria. Durante los primeros años también funcionó allí provisionalmente el economato, antes de que ENSIDESA construyera un edificio específico para ese servicio, inaugurado en 1962 en otro punto del poblado y que todavía hoy mantiene un uso comercial.


Incluso los vendedores ambulantes estaban sometidos a permisos gestionados por la propia estructura de Asuntos Sociales de ENSIDESA. La intervención llegaba además al interior de las casas. Los contratos regulaban quién podía ocuparlas y limitaban el subarriendo o la admisión de huéspedes, mientras el derecho a la vivienda permaneció durante años ligado al empleo.
A cambio, determinadas familias tenían acceso a suministros de carbón, electricidad, agua e incluso teléfono. El carbón podía alcanzar los 750 kilos mensuales en hogares numerosos o en algunas viviendas dotadas de calefacción durante los meses fríos. La misma empresa podía proporcionar así trabajo, casa, escuela, ocio y combustible. Aquello mejoraba materialmente la vida de miles de personas en una ciudad incapaz de absorber por sí sola semejante crecimiento, pero construía al mismo tiempo una relación de dependencia que iba mucho más allá de la nómina.
Un pueblo hecho de gente de muchos sitios
Durante décadas quedó una imagen simplificada de aquella inmigración. En Avilés se extendió el tópico de que los recién llegados procedían sobre todo de Andalucía y Extremadura, y muchos fueron señalados despectivamente como “coreanos”. El apodo surgió en aquellos años de gran transformación, coincidiendo con la guerra de Corea y con las imágenes de pobreza y devastación que llegaban a través de la prensa y los informativos. Con el tiempo cayó en desuso, aunque todavía permanece en la memoria de las generaciones mayores.
Los datos recopilados por Bogaerts dibujan una realidad mucho más diversa. De los 22.846 trabajadores de ENSIDESA que estudió, más de la mitad habían nacido en Asturias. Entre quienes procedían de fuera tuvieron especial peso León, Zamora, Galicia y Salamanca, mientras Andalucía representaba alrededor del 5,3% y Extremadura el 2,2% de aquella plantilla. Otra cosa fueron las primeras obras, donde sí participaron miles de trabajadores de contratas llegados desde distintos puntos de España, muchos de los cuales marcharon después.
Maribel Morán nació en Saldaña, Palencia, y llegó a Llaranes cuando tenía unos ocho años. Estudió en el barrio y continúa viviendo junto al colegio en el que pasó buena parte de su infancia. Su trayectoria se parece a la de muchas familias que llegaron desde lugares distintos y terminaron haciendo suyo un poblado que tampoco reproducía una única comunidad de origen.
El Llaranes estable terminó reuniendo así asturianos de otros concejos, gallegos, castellanos, extremeños, andaluces y familias de procedencias muy distintas. Del Río Gondell encuentra en esa mezcla una de las claves de la identidad posterior del barrio. Al no imponerse una comunidad de origen dominante, los vecinos acabaron construyendo otra nueva, primero en un poblado bastante separado del viejo Avilés y después ya integrado en la ciudad sin perder del todo una personalidad propia.
Fútbol, rock and roll y cine los domingos
Esa identidad se fabricó también cuando terminaba el trabajo. Una de las cosas que mejor explican el Llaranes de sus décadas centrales es la cantidad de cultura, deporte y ocio que llegó a concentrarse allí. En 1956, cuando el poblado todavía se estaba completando, había ya fútbol, bolos, ciclismo, atletismo y remo. Se habilitó además una cancha de baloncesto con iluminación nocturna, poco habitual entonces, y al año siguiente se añadieron piragüismo, balonmano, ajedrez, tiro al plato y pesca. En 1957, el equipo de baloncesto vinculado al Grupo de Empresa consiguió el Campeonato de España de segunda categoría.
Aquella actividad tampoco quedó reservada a los hombres. Llaranes se convirtió durante los años sesenta en uno de los focos pioneros del balonmano femenino. Angélica Ferreras, Maribel Morán y Milagros Villanueva jugaron en los equipos del Colegio María Milagrosa de Llaranes y del Grupo de Empresa ENSIDESA y las tres llegaron a formar parte del primer partido internacional de la selección española absoluta femenina, disputado frente a Francia en Bilbao el 10 de noviembre de 1967. Villanueva fue además la primera portera internacional de España.
A Maribel Morán aquel deporte la devuelve todavía a las madrugadas de juventud. Recuerda que, mientras estudiaba, llegaba a entrenar a las 7:00 de la mañana, “con lluvia y todo”, sobre una cancha que entonces era de asfalto. “Fuimos unas cuantas”, resume ahora al encontrársela junto a la bolera del barrio. Junto a esa misma bolera aprovecha para reclamar mejoras en una instalación que considera deteriorada.

Con el tiempo, el Grupo de Empresa sostuvo atletismo, remo, fútbol, ciclismo, voleibol o montaña, pero también coro, biblioteca, fotografía, cine, teatro, danza, rondalla, exposiciones, conferencias, excursiones, festivales y campamentos. En plena expansión del rock and roll juvenil aparecieron varios conjuntos en Llaranes. El grupo asociado oficialmente a la empresa fueron Los Sider’s, un nombre que dejaba bastante claro de dónde procedían.
Los Salesianos tuvieron un papel importante entre niños y adolescentes. Además del deporte organizaban sesiones dominicales de cine a precios reducidos, abiertas también a quienes no estudiaban en el centro. De aquella combinación de colegio, calles y campos de fútbol salieron Alfredo Megido, Jesús Castro y su hermano Enrique Castro “Quini”.
Quini nunca olvidó aquellos años. En una entrevista concedida a este periodista poco antes de su muerte resumió así su relación con el barrio: “A Llaranes se lo debo todo. Yo no habría llegado al Barcelona si antes no hubiera jugado al fútbol en Llaranes“. Los actuales campos de La Toba, que llevan los nombres de Quini y Jesús Castro, mantienen esa memoria en un entorno donde el deporte sigue ocupando un espacio importante.
El primer equipo de fútbol alcanzó también una dimensión considerable. Nació ligado al nombre de Llaranes, pasó después a denominarse Ensidesa y llegó a militar en Segunda División, durante algún tiempo por encima incluso del Real Avilés. Hasta el fútbol trasladaba así la compleja relación entre la ciudad tradicional y aquel nuevo universo industrial.
El día que Asturias fue a ver a Locomotoro
Aquel entramado cultural produjo escenas que hoy resultan difíciles de imaginar. Una de ellas ocurrió el 13 de abril de 1971, cuando TVE eligió Llaranes para grabar el que se anunciaba como último programa de Los Chiripitifláuticos. Locomotoro, Valentina, el Capitán Tan y el Tío Aquiles llegaron acompañados por el popular presentador Kiko Ledgard.

La organización esperaba unas 9.000 personas, pero acudieron más de 20.000 de distintos puntos de Asturias. Se organizaron autocares, el tráfico sufrió graves problemas y miles de niños buscaron cualquier altura desde la que ver a sus personajes favoritos. Un enorme pino terminó tan dañado después de soportar a numerosos espectadores encaramados a sus ramas que tuvo que ser arrancado pocos días después.
En la grabación participaron también una veintena de grupos musicales y de baile, la mayoría vinculados a Llaranes. Aquella jornada, recuperada años después por quien firma estas líneas en La Voz de Avilés, explica mejor que muchas estadísticas el momento de vitalidad alcanzado por el poblado. Durante unas horas, un barrio nacido junto a una siderurgia consiguió atraer a miles de familias de toda Asturias.
Cuando ENSIDESA empezó a retirarse
Aquel mundo comenzó a deshacerse antes de que desaparecieran las grandes estructuras industriales. Desde comienzos de los años ochenta, el Departamento de Asuntos Sociales fue perdiendo funciones y ENSIDESA empezó a desprenderse de edificios y servicios. La iglesia y los colegios fueron transferidos, las actividades de los grupos de empresa dejaron de recibir el mismo apoyo y el economato dejó de funcionar como tal en 1995, aunque su edificio mantuvo después el uso comercial.
Después llegaron las viviendas. En 1987 existía ya un proyecto de venta y, en 1990, la empresa comunicó formalmente su decisión. Buena parte de los residentes eran ya jubilados o viudas y el mundo para el que habían sido construidos los poblados estaba desapareciendo. En 1991 se habían transferido 945 viviendas de Llaranes y a finales de 1993 estaba realizado el grueso de la operación.
En 1995 se formalizó además la cesión al Ayuntamiento de Avilés de buena parte de las infraestructuras y espacios comunes y, en 1998, los residentes comenzaron a hacerse cargo directamente del suministro eléctrico. El cambio fue mucho más que inmobiliario. Durante décadas había existido una empresa por encima del barrio que mantenía, financiaba o decidía. Cuando se retiró, se fue apagando también parte de aquella maquinaria que había unido fábrica, vivienda, cultura y ocio.

Un barrio que se quedó viejo
El retroceso de la empresa coincidió con el envejecimiento de la generación que había estrenado el poblado. En 1963, ENSIDESA calculaba que en el entorno había más de 2.200 niños de entre cinco y catorce años. Décadas después, aquel Llaranes de colegios llenos, excursiones, cine los domingos y actividad constante había cambiado por completo.
Maribel Morán conserva también el recuerdo de aquel cambio. “Había mucha vida asociativa”, explica sobre el poblado de su juventud. Después, añade, “se vino abajo”, aunque no aventura una fecha exacta para un proceso que se prolongó durante años. Con la retirada de ENSIDESA se debilitó buena parte de la vida asociativa, cultural y deportiva que había articulado el barrio durante décadas. El antiguo economato dejó de ser una institución de empresa, las viviendas pasaron a manos privadas y los trabajadores de aquella primera generación fueron jubilándose. El sistema que había unido fábrica, vivienda, ocio y comunidad se deshizo.
Cuando quien firma este reportaje llegó a vivir al barrio en 2012, la impresión era la de un lugar detenido. Había poca gente joven en muchas calles y los carteles de “se vende” podían permanecer meses, incluso años, colgados de una ventana. Es una observación personal, pero encaja con una evolución demográfica real. Entre 2011 y 2021, Llaranes perdió más de una quinta parte de sus habitantes y en 2021 tenía 3.644 vecinos, una edad media de 49,7 años y un 26,48% de población mayor de 64 años.
En cualquier caso, hay que dejar claro que el Llaranes actual desborda el perímetro del antiguo poblado de ENSIDESA. Al núcleo de Llaranes Viejo y al poblado siderúrgico de los años cincuenta se fueron cosiendo otras zonas, entre ellas La Toba y La Espina, con orígenes distintos pero integradas hoy en el mismo continuo urbano. Esa ampliación ayuda a entender por qué una parte importante de la vida cotidiana actual se concentra también fuera del núcleo patrimonial original.
Otra generación vuelve a ocupar las calles
La imagen empieza ahora a cambiar. Los carteles de venta que podían permanecer durante largos periodos han desaparecido en buena medida de las fachadas y, en la experiencia cotidiana del barrio, cuando aparece una vivienda en el mercado resulta mucho más habitual verla cambiar de manos con rapidez. No es una estadística de compraventas, pero sí uno de esos pequeños indicadores que se hacen visibles para quien observa las mismas calles durante años.
Una parte de ese movimiento se concentra precisamente en el entorno de La Toba y La Espina. Allí, junto al río Arlós, el parque, las pistas deportivas y la senda peatonal y ciclista reúnen especialmente durante el verano a niños, adolescentes y familias, mientras caminantes y ciclistas mantienen durante todo el año un tránsito constante.

La hostelería refuerza esa sensación de actividad. En ese entorno, los bares que acompañan el movimiento del parque, la senda y las instalaciones deportivas, mientras la Plaza Mayor, en el corazón del antiguo poblado, conserva su propia vida de bares y terrazas. Los fines de semana de buen tiempo, encontrar una mesa libre a la hora del vermú puede resultar complicado. Son escenas cotidianas, pero dibujan un Llaranes perceptiblemente más vivo que el que podía observarse hace algo más de una década.
Incluso el aparcamiento, todavía sencillo en comparación con otras zonas de Avilés, presenta más ocupación en determinados momentos. Entre los vecinos mayores que permanecen en las mismas casas aparecen carritos infantiles, grupos de adolescentes y padres esperando junto a las pistas. El saldo demográfico no cuenta por sí solo toda la historia de un barrio donde, al mismo tiempo que desaparecen miembros de una generación muy envejecida, comienzan a instalarse otros hogares.
Un horizonte sin las mismas chimeneas
La otra gran transformación ocurrió fuera de las casas. Las baterías de cok cesaron definitivamente su actividad a finales de 2019 y comenzó después un proceso de desmantelamiento que eliminó algunas de las estructuras industriales más visibles del paisaje avilesino. En 2023 fueron derribadas sus cinco grandes chimeneas.
La industria sigue presente alrededor de Llaranes, igual que los problemas ambientales ligados a ese entorno. Lo que sí ha cambiado es un paisaje que durante décadas permitía entender casi de un vistazo por qué se habían construido allí aquellas viviendas, colegios, instalaciones deportivas y servicios. La factoría permanecía al fondo de muchas de las imágenes del poblado y explicaba, sin necesidad de demasiadas palabras, la relación entre ambos mundos.

Las casas siguen en pie, aunque quienes empiezan a habitarlas ya no necesitan trabajar en una siderurgia para conseguir las llaves. En los campos de La Toba, los nombres de Quini y Jesús Castro conservan otra parte de aquella memoria, mientras el río Arlós, la senda, los parques y las terrazas pertenecen ya a un barrio que lleva décadas viviendo de otra manera.
Setenta años después de la inauguración oficial del poblado y más de tres décadas después de que ENSIDESA empezara a retirarse de la vida cotidiana, Llaranes ya ha tenido tiempo de aprender a vivir sin aquella tutela. La pregunta ahora es otra. Qué conservar de aquel mundo, qué dejar atrás y cómo habitar un barrio que vuelve a cambiar de gente, de paisaje y de ritmo sin borrar las huellas de la empresa que un día levantó el poblado.



























