Legislar contra la codicia: homenaje a Maricarmen

Esto no se soluciona con ese mantra absurdo de las derechas y los empresarios, que dicen que basta con construir más en un país con casi cuatro millones de viviendas vacías.

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Xuan Cándano
Xuan Cándano
San Esteban de Bocamar (1959). Periodista. Redactor en RTVE-Asturias. Fundador y exdirector de Atlántica XXII. Es autor de "No hay país".


En homenaje a Maricarmen, ya mito a su pesar, a la que no permitieron vivir ni morir en su casa

El llamado socialismo real era un espanto y no solo por el Gulag, pero contenía al capitalismo, al que no se le puede dejar solo. Desde que se ha quedado sin rival y sin competidor, es el fantasma que recorre no ya Europa, sino el mundo, como se decía del comunismo en el Manifiesto Comunista. La Historia tiene estas paradojas.

Desde que está solo y campa a sus anchas el capitalismo está desbocado. Tal había sido su victoria que asistíamos al fin de la Historia, decía Francis Fukuyama. Nicolas Sarkozy, que proponía su reforma cuando se empezó a vislumbrar el peligro de la fiera desatada, era un iluso. No llegó la reforma sino la contrarreforma: más abusos, menos derechos, más desigualdad, menos democracia. El sistema menos malo nunca inventado es un estorbo para los tecno-oligarcas, con los que ha llegado el éxtasis del capitalismo.

Hasta no hace mucho democracia y capitalismo parecían indisociables, y eso representaba el éxito político del sistema del llamado libre mercado. No podía haber democracia sin capitalismo, porque el socialismo real reprimía las libertades. Eso cambió con China, que abrazó al capitalismo sin renunciar a lo peor del comunismo, la ausencia de derechos humanos.

Desde el triunfo de lo que Yanis Varufakis llama tecnofeudalismo en la economía, con su correlato político en los neofascismos que lidera Donald Trump, democracia y capitalismo llevan camino de llegar a ser incompatibles. Eso entienden Elon Musk y los oligarcas tecnofeudales, para los que la democracia es un estorbo en sus negocios y en la estrategia de absoluto dominio a la que aspiran.

Hay que reconocerle al capitalismo sus éxitos, indiscutibles. Uno es el crecimiento económico que benefició a grandes capas de la población, también a las más desfavorecidas, aunque fuese a costa del enriquecimiento de las más favorecidas y del desastre medioambiental. Algo en lo que la lucha de la clase obrera organizada fue imprescindible en el mundo desarrollado.

Otro de sus éxitos es haber conquistado el corazón de amplias capas sociales entre los trabajadores y las clases medias. Capitalismo popular llamaba a su modelo Margaret Thatcher, que torció el brazo de los mineros, la vanguardia del movimiento obrero. Un fenómeno ligado a la aparición de una clase media aspiracional desclasada, que viene de abajo y mira hacia arriba.

El mayor triunfo del capitalismo probablemente sea haber convencido a la gente de que es un sistema natural e inevitable, que solo puede desaparecer por su propia autodestrucción

Pero el mayor triunfo del capitalismo probablemente sea haber convencido a la gente de que es un sistema natural e inevitable, que solo puede desaparecer por su propia autodestrucción, o sea por su lógica desquiciada del crecimiento sin límites, algo que predecía Karl Marx. Un fenómeno que resume perfectamente una frase que se ha repetido mucho en los últimos años: es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.

La rebelión popular a la que asistimos con la llegada del otoño en España es una buena ocasión para comprobar hasta donde puede llegar esa resignación colectiva. O si los excesos del sistema llamado de libre mercado- que es en realidad una economía global caracterizada por el intervencionismo y los monopolios- han provocado un hastío, especialmente entre los jóvenes, que anuncia su cuestionamiento.

Manifestación por el derecho a la vivienda. Foto: David Aguilar Sánchez

El 15-M fue una enmienda a la totalidad al sistema, demandando más democracia y menos abusos del capitalismo, que acabó en frustración, sin más logros que el fin del bipartidismo en España. La ola Maricarmen- la anciana recién fallecida tras padecer un desahucio inhumano en Madrid- que ha vuelto a ocupar y llenar de tiendas de campaña las plazas españolas quince años después, se centra en algo más concreto. Pero al tratarse de la vivienda es una rebelión más subversiva y peligrosa para el sistema y las clases dirigentes, porque ataca al corazón del moderno capitalismo.

La ola Maricarmen ha provocado un adelanto electoral, dando alas a las alicaídas izquierdas, las únicas en Europa que contienen a la extrema derecha en auge, y la convocatoria de una huelga general. Y sobre todo ha destapado las miserias del sistema y del brazo político y social que lo arropa en la arena política. Genera incertidumbre lo que ocurrirá tras la muerte de la anciana, que ha provocado conmoción e ira en los jóvenes que la habían convertido en un símbolo de lucha y resistencia.

Frente al escándalo de la vivienda, con la gente corriente expulsada de sus barrios y ciudades, y los jóvenes condenados a malvivir y a ver sus expectativas de vida frustradas, las derechas y los empresarios se oponen a cambio alguno y defienden con ardor las posiciones de los responsables y los grandes beneficiados de este desatino. Que no son solo los fondos y las empresas buitre, también esa parte de la clase media aspiracional española que ha encontrado en el rentismo y en la vivienda una inversión muy rentable que no quiere limitar ni racionalizar.

Echar de su casa a una vieja solitaria que pagaba 500 euros al mes de alquiler y a tantos otros “bichos”, como llaman los fondos a los vecinos que expulsan de su vivienda para hacer millonarios negocios, es una inmoralidad y debería ser un delito. Pero cobrar 1300 euros (o cantidades mucho mayores) por un pequeño piso en una ciudad o 700 (y bastante más) en un pueblo, como está pasando en España, es intolerable. Y así lo entienden los que ocupan las plazas y los que participan en las movilizaciones masivas, que están hartos de estar hartos, como Joan Manuel Serrat en una de sus canciones más conocidas.

Eso no es libre mercado, es la libertad que se toman quienes pueden, porque se lo consienten, para esclavizar a los demás. Si el mercado no funciona, y es obvio con la vivienda, el Estado tiene la obligación de corregir sus disfunciones y sus excesos interviniendo. “La mano invisible” de Adam Smith, la que regula el mercado de forma natural según el escocés, en este sector ni está ni se le espera. Esto no se soluciona con ese mantra absurdo de las derechas y los empresarios, que dicen que basta con construir más en un país con casi cuatro millones de viviendas vacías. La gente desbordando la calle indignada y ellos pidiendo más beneficios para los constructores.

Hay que legislar contra la codicia, que es la causa del mal. Con muchas medidas que ya están en la agenda pública por la lucha del Sindicato de Inquilinas. Entre ellas la limitación por ley de los precios de venta y alquiler. Se trata de defender a la ciudadanía y racionalizar un sector básico, cumpliendo además la Constitución, que faculta el intervencionismo estatal en la vivienda contra la especulación.

Eso no es comunismo, como dicen políticos como José María Aznar, que considera que luchar contra la especulación inmobiliaria es absurdo. Es democracia, la que estorba en el moderno capitalismo. La propiedad privada sigue siendo intocable, en la Constitución y en la sociedad, pero también la dignidad de la gente. Pedro Sánchez puede perder las elecciones aunque proponga ese tipo de medidas en su programa electoral, pero tiene la obligación moral de hacerlo. Además es un asunto de conveniencia política para el progresismo, barrido en casi todo el mundo precisamente por su tibieza o su complicidad ante los abusos del capitalismo.

La ola y el ejemplo de Maricarmen vinieron también para recordarle esto al presidente del gobierno español. El 29 de noviembre comprobaremos si demasiado tarde.

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