Cuando empieza a llover es cuando la acampada empieza a llenarse. Poco después de las seis de la tarde, mientras empeora el tiempo en Oviedo, llegan personas que salen del trabajo, aparecen cartones para preparar pancartas y se forman pequeños grupos entre las tiendas. Una hora antes, la Escandalera estaba mucho más tranquila. Algunas personas conversaban, unos chicos jugaban al ajedrez y el campamento, sorprendentemente limpio, parecía vivir una pausa antes del cambio de turno.
Dentro de una de las tiendas, identificada como Centro de Estudios La Madreña, en recuerdo al antiguo centro social ocupado de la capital asturiana, hay una mesa y varias sillas. Durante buena parte de la tarde funciona como una pequeña sala de entrevistas. Por allí van pasando, uno a uno, algunos de los participantes en la protesta para contar historias que empezaron mucho antes de que se levantara este campamento.

La vida detrás de las tiendas se parece poco a una imagen homogénea de “los acampados”. Hay quien pasa allí algunas noches y quien nunca duerme en la plaza, personas con empleo, estudiantes, opositores, gente que vive todavía con sus padres y personas que siguen compartiendo piso pasada la treintena. Unos nacieron en Asturias y otros llegaron desde mucho más lejos. En las conversaciones aparecen Madrid, Buenos Aires, Toledo o Navarra, pero todas terminan desembocando, por caminos distintos, en esta plaza del centro de Oviedo.
Diez años de alquiler y todavía una habitación
Silvia tiene 32 años y es maestra de Educación Infantil, aunque actualmente trabaja en una oficina mientras intenta incorporarse a las listas de interinidad y prepara oposiciones. Lleva alrededor de diez años viviendo de alquiler, desde que se marchó de casa para estudiar en la universidad. Ha vivido en Toledo, Navarra, Madrid y Asturias, casi siempre compartiendo vivienda.
Ahora comparte piso con otras dos personas y paga 250 euros por la habitación más pequeña. Cuando lo cuenta se considera, no sin cierta ironía, una de las “afortunadas”. Apenas le han subido el alquiler durante estos años y sabe que encontrar hoy una habitación por ese precio no resulta sencillo. La paradoja es que esa misma suerte se ha convertido en una especie de ancla. Lleva tres años buscando una alternativa que le permita ganar intimidad y acercarse a la vida que esperaba tener a estas alturas. Comprar tampoco aparece cerca. No dispone de los ahorros necesarios para afrontar la entrada de una vivienda.
Compartir piso no es para ella un problema en sí mismo. Lo hizo durante su etapa universitaria y entiende que pueda ser una elección. Lo que cambia es que deje de serlo. “Tú puedes tener unos proyectos, unos objetivos de vida que ya no encajan en seguir compartiendo piso con gente que no conoces a cierta edad”, explica.
. “Tú puedes tener unos proyectos, unos objetivos de vida que ya no encajan en seguir compartiendo piso con gente que no conoces a cierta edad”
Su experiencia se produce además en un mercado que sigue encareciéndose. El precio anunciado del alquiler en Oviedo alcanzó en septiembre los 11,7 euros por metro cuadrado, un 10,4 % más que un año antes. En el conjunto de Asturias se situó en 10,9 euros por metro cuadrado, con una subida interanual del 9,3 %, según Idealista.
Para Silvia esas cifras adoptan una forma bastante menos abstracta. Recuerda haber encontrado cuando llegó pequeños pisos para una persona por alrededor de 380 o 400 euros y asegura que ahora ve viviendas similares anunciadas por 600, 700 u 800 euros. Son ejemplos extraídos de sus propias búsquedas, no estadísticas del mercado, pero explican por qué una habitación de 250 euros puede sentirse hoy casi como un privilegio.
Cuando termina de trabajar, Silvia se acerca a la Escandalera. Ayuda a montar tiendas y toldos, ordena el almacén, colabora con las cenas o achica agua cuando llueve. Allí se concentra buena parte de la organización cotidiana del campamento. Hay estanterías compradas y montadas por los propios participantes, material de camping comunitario y un registro de las tiendas que quedan libres. Se apunta cuántas personas caben en ellas e incluso si puede dormir dentro alguien acompañado de su perro.

También se organizan la comida y la limpieza. Llegan bandejas calientes, táperes, termos de café, fruta o empanadas. Silvia recuerda a una mujer que apareció con una cacerola de lentejas para la cena. Algunos establecimientos cercanos permiten utilizar sus servicios o facilitan otras necesidades cotidianas y, cuando llueve, se montan grupos para achicar agua.
La vivienda también estaba en Buenos Aires
Rocío llegó desde Buenos Aires en 2023. Primero vivió en Avilés y después se trasladó a Oviedo, donde reside con su pareja, Agus. Ambos militan en AMA Asturies, una de las organizaciones que impulsó la acampada. Trabaja en contabilidad y reconoce que ellos tuvieron más facilidades que otros migrantes. Tenían familiares en Asturias que pudieron ayudarles al llegar, encontraron empleo con relativa rapidez y sus ingresos les permitieron acceder a una vivienda sin atravesar algunas de las situaciones que después han conocido en otras personas.
Pero la vivienda ya había formado parte de sus problemas antes de cruzar el Atlántico. En Buenos Aires ambos tenían trabajos que Rocío describe como relativamente buenos y, aun así, durante el último año terminaron regresando a vivir con sus respectivas familias. Poco después decidieron marcharse a España.

Ahora pagan un alquiler que pueden asumir, pero esa estabilidad no termina de sentirse definitiva. Rocío sigue mirando portales inmobiliarios y observa cómo viviendas semejantes a la suya aparecen anunciadas por bastante más dinero. Le preocupa qué ocurrirá cuando termine el contrato, si podrán continuar allí o si llegará un momento en que resulte más rentable para el propietario buscar nuevos inquilinos. Ella lo resume como “miedo e incertidumbre”.
No duerme habitualmente en la plaza. Durante la semana trabaja y después se acerca a las asambleas. El primer fin de semana ayudó con la comida y, como vive cerca, ella y Agus llevaron chocolate caliente y ofrecieron el baño de su propia casa a quien necesitase ducharse o utilizarlo. La acampada termina así extendiéndose unos metros más allá de las tiendas y entrando, de una manera menos visible, en viviendas y comercios próximos.
Agus, de 33 años, trabaja para una empresa del sector de la construcción. Allí está en contacto cotidiano con numerosos trabajadores latinoamericanos que han tenido muchas más dificultades que él para regularizar su situación, reunir a sus familias y encontrar una vivienda. Es una realidad que conoce de cerca y que contrasta con las facilidades relativas que él y Rocío tuvieron al aterrizar en Asturias.
Agus sí durmió las primeras noches en la Escandalera. Estuvo allí el viernes y el sábado, incluida una noche especialmente complicada por la lluvia. Después tuvo que regresar a su rutina laboral. Se levanta alrededor de las seis de la mañana y no puede quedarse todos los días. Cuando volvió el lunes encontró un lugar mucho más organizado que el que había dejado durante el fin de semana.
De Lavapiés hasta fuera de la M-30
La historia de Álvaro Leiva se puede contar casi dibujando una línea sobre el mapa de Madrid. Tiene 29 años, estudió Filosofía y después interpretación y durante los últimos años se ha dedicado principalmente al teatro, combinándolo también con empleos en hostelería. Nació en Madrid, aunque creció en Asturias y se considera asturiano. Cuando decidió dedicarse a la interpretación regresó a una ciudad en la que se concentran buena parte de las oportunidades profesionales de su sector.
En aproximadamente cinco años cambió cuatro veces de piso y recuerda una constante. Cada mudanza llegaba después de una subida del alquiler. El desplazamiento fue también geográfico. Empezó viviendo en Lavapiés y fue alejándose poco a poco del centro hasta terminar fuera de la M-30. La subida de los precios no solo modificó cuánto pagaba. Fue empujándolo físicamente hacia fuera de la ciudad a la que había acudido para trabajar.

Su vida actual sigue dividida entre territorios. En Asturias reside en casa de sus padres y pasa parte de la semana en Madrid, donde continúa trabajando y se apoya ahora en una red de amistades. El último piso lo abandonó después de romperse una pierna durante un ensayo. La silla de ruedas que necesitó durante los primeros meses ni siquiera cabía por el pasillo que conducía a la cocina y al baño. Sin una trayectoria profesional y residencial completamente estable, explica, organizar la vida acaba convirtiéndose en una especie de “puzzle mental”.
Hay una frase suya que condensa bien cómo han cambiado las expectativas de vivienda en parte de su generación. Cuando habla con sus amigos sobre dónde vivir, asegura que muchas veces ya ni siquiera hablan de conseguir un piso. “En mis círculos hablamos de habitaciones”.

Su propia experiencia con la vivienda es también una de las razones por las que Álvaro colabora como voluntario con el Sindicato de Inquilinas. Desde allí se encuentra ahora con situaciones muy distintas a la suya. Recuerda a un hombre de alrededor de 60 años, llegado desde El Berrón, que le contó que percibía una pensión de unos 600 euros y que se encontraba ante la posibilidad de un desahucio. Álvaro le preguntó si alguna organización lo estaba acompañando. Para él, una de las funciones del sindicalismo es precisamente que alguien no tenga que afrontar solo una situación así.
Ese episodio rompe también una lectura exclusivamente generacional del problema. En la plaza predominan muchos rostros jóvenes, pero los conflictos que llegan hasta allí no empiezan ni terminan en la emancipación. Álvaro insiste en que los sindicatos de vivienda intentan acompañar a cualquier persona afectada y que la vivienda se ha convertido en un problema intergeneracional.
El problema antes de entrar en el mercado
Saúl tiene 22 años, estudia Ingeniería Informática en la Universidad de Oviedo y vive con sus padres en Grau. El curso pasado tuvo una beca de colaboración en la universidad y ahora se dedica únicamente a estudiar. Reconoce que, dentro de todo, tiene suerte. Puede desplazarse hasta el campus sin necesidad de alquilar una habitación ni marcharse de Asturias para continuar sus estudios.

Su historia ocupa un lugar distinto a las anteriores. Saúl todavía no ha vivido diez años de alquiler, no ha encadenado mudanzas ni espera la renovación de un contrato. Está antes de todo eso. Mientras personas diez años mayores explican cómo siguen compartiendo vivienda, regresan temporalmente a casa de sus padres o necesitan sostenerse entre distintas ciudades, él contempla un mercado al que todavía no ha tenido que entrar.
Milita en la Organización Estudiantil Socialista (OES) y llegó a la acampada desde el primer día con otros integrantes de la organización. Va a la universidad y, cuando termina las clases o encuentra un hueco, se acerca a ayudar. Lo que más le ha sorprendido, asegura, no son quienes llegaron ya organizados, sino las personas que aparecen por su cuenta para contar un problema, llevar algo o preguntar cómo pueden colaborar. Para algunas, dice, la acampada está funcionando como un “balón de oxígeno”.
Lo que cabe dentro de una casa
Las situaciones que confluyen en la Escandalera no son equivalentes. Esa diversidad muestra que el problema de la vivienda no empieza únicamente cuando alguien pierde una casa. También condiciona cuándo puede marcharse de la de sus padres, dónde puede trabajar, con quién vive y cuánto futuro se atreve a imaginar en un mismo lugar.
Para Agus, reducir todo eso a una posesión significa perder una parte fundamental de lo que es una casa. Allí transcurren los nacimientos, las pérdidas, las relaciones familiares y las pequeñas rutinas sobre las que termina construyéndose una vida. “No es algo simplemente comercial”, explica. Si está vacía puede ser apenas “cuatro paredes con un techo”, pero cuando empieza a haber vida dentro adquiere, en sus palabras, “el valor real”.



























