En una desafortunada intervención pública (una de tantas), Alberto Núñez Feijóo ha prometido que, si gobierna, pedirá sacrificios. Lógico que haya levantado cierto revuelo, incluso entre sus potenciales votantes, pero no ha sido un acto fallido. A Feijóo no le ha traicionado el inconsciente ni ha revelado su agenda oculta. Como si a estas alturas pudiéramos dudar de que un gobierno PP-Vox recortará por donde más nos duela. No es eso lo que ha dicho. Ha dicho otra cosa.
Feijóo ha nombrado una vocación. Y en las próximas elecciones esa vocación puede ser determinante. Porque es una vocación movilizadora: una vez que sientes la llamada del martirio, no puedes desoírla, salvo que seas un cobarde o un egoísta y tu vocación, por tanto, sea solo aparente. Cobardes y egoístas lo somos todos en mayor o menor medida, pero hay un abismo entre serlo y querer parecerlo. Y ese abismo Feijóo quiere saltarlo. Por eso se ha quitado las gafas.
Un líder débil, cuestionado incluso entre los suyos, como es Feijóo, no está para saltar mucho, puede estrellarse con facilidad. No es brillante, carece de convicciones, da la impresión de dormir bastante más de lo que necesita cualquier adulto inteligente y, la verdad, cuesta tomárselo en serio. Cuesta imaginarlo como presidente de nada. De modo que el primer paso es convencer al electorado de que, por mal candidato que sea, es mejor que lo que ya hay. Pero eso ya lo sabemos, llevamos desde 2023 oyendo que Pedro Sánchez es un tirano, un dictador, un delincuente, un mafioso, nos sabemos la letanía de memoria. Así que no es repitiéndola como el PP puede llegar a movilizar a sus posibles votantes. Hay que exigirles más. Hay que pedirles que sean penitentes.
¿Qué es un penitente? Un penitente es un tipo que hace cosas absurdas. Desprenderse de lo poco que tiene para vivir peor de lo que vivía. Sufrir dolor sin necesidad. Llevar una vida miserable pudiendo ser feliz. En principio nadie está dispuesto a hacer ninguna de esas cosas, pero la cosa cambia si no hay alternativa. Si hay que elegir entre la penitencia o el ostracismo. Los espartanos no molan porque fueran unos sádicos, sino porque asumían que no podían ser otra cosa.
Lo que promete Feijóo no es el Valhalla, ni el paraíso de las diez mil huríes, ni siquiera Marina d’Or. Lo que promete Feijóo es una variante del purgatorio: comeréis piedras, dormiréis al raso, os operarán sin anestesia, si es que os operan, pero formaréis parte de una comunidad de elegidos, de una nación de seres puros. Es importante que el votante medio del PP entienda este mensaje, porque, si no lo entiende, se le puede olvidar ir a votar. Esto es: puede caer en la cuenta de que no es solo castigar a esos villanos de la izquierda comeniños, es aceptar que lo que venga no es que sea mejor o peor, es que es lo único posible. Y a lo mejor eso no es suficiente.
Lo que dice Feijóo es que abandones toda esperanza. Un buen gobierno, como el que él dice representar, es un gobierno mediocre, despiadado, dispuesto a todo con tal de garantizar que los recursos públicos no se empleen en corregir el orden natural de las cosas. Te pide que entiendas que no hay escapatoria, que los inquilinos tienen que aceptar la voluntad soberana de sus caseros, que los enfermos tienen que aceptar que sus sufrimientos no son culpa de sus vecinos y que por tanto no son estos los que tienen que renunciar a una parte de su salario para pagar la colonoscopia o la quimioterapia que no necesitan. Te pide que asumas que eres escoria.
Lo que dice Feijóo es que abandones toda esperanza
Es arriesgado. ¿Por qué? Porque es una invocación con la boca pequeña, y de hecho al PP le ha faltado tiempo para salir a matizar lo de los sacrificios, a prometer que no recortarán pensiones y demás. Para variar, a Feijóo le falta coraje para acabar lo que ha empezado. Tendría que hacer digerible esa vocación de sacrificio. Tendría que hacer deseable la apuesta del penitente. Tendría que ser Vox.
Vox promete lo mismo, pero sin prometerlo. No lo necesita. Sus seguidores más entregados son como los guerreros adolescentes de Mad Max: Fury Road, con su torso blanquecino y escarificado, que se lanzaban al martirio gritando “¡Sed testigos!”. Todo lo que deseaban era el éxtasis del kamikaze, dar la vida por Immortan Joe, su deforme líder. La misma pulsión destructora, antisanchista, del potencial votante del PP, pero con el jugoso añadido de la fiesta y el desgarro: una apoteosis grotesca y desesperada, sin más recompensa que la descarga de adrenalina, una perpetua Kristallnacht.
No hay tantos kamikazes, ni siquiera en el mundo de Immortan Joe. Carecen, además, de cualquier talento que no sea golpear y machacar, y por eso no son modelo de nada, ni pueden liderar nada. Están diseñados para obedecer, como los minions. No conviene infravalorarlos: hay sociedades donde pueden llegar a ser mayoría, o una minoría determinante. No me hagan dar ejemplos.
El PP no pesca en esas aguas. No necesita kamikazes, sino penitentes. Flagelantes. Ciudadanos de una hipotética nación de sufridores a los que no hará falta convencer de que sus esfuerzos serán recompensados. Podrían insistir, y lo harán, en las virtudes del esfuerzo y en los vicios de la izquierda, que corta de raíz cualquier brote de excelencia, pero es una estrategia tan arriesgada como la apelación generalizada a la autoinmolación: solo funciona frente a un público escindido, donde se pueda halagar a las víctimas atacando a los verdugos, pero no es posible halagar a la vez al autónomo, al funcionario, al ganadero y al desempleado, y tampoco es posible ganar sin la adhesión, mayor o menor, de todos ellos. Salvo que señales a un verdugo extraordinario, frente al cual todos sean parte de una nación de víctimas: el antiespañol, el mal español, el inmigrante.
Que es justo la carta que intentarán jugar en campaña. Si la izquierda quiere ganar (porque puede ganar), si la gente con un mínimo instinto de supervivencia quiere frenar el asalto al poder de PP-Vox-Jueces Altamente Motivados, tiene que impedir que sea ese el marco mental donde nos juguemos el cocido. Combatir al flagelante que llevamos dentro y entender que esto no va de ser puros, que no hace falta asumir que no hay escapatoria. En otras palabras, no perder de vista la agenda: derechos sociales, derechos laborales, vivienda digna. Y cabeza alta.



























