Hoy quiero contar una historia que tiene mucho de personal, pero no porque sea la mía, sino por la seguridad de que, parecidas a ésta, hay otras muchas similares en el solar patrio. Y bien estaría que cada uno se anime a contar la suya, y que no se queden en el océano de las botellas con mensaje que no encuentran lector.
Quienes tenemos memoria, o familiares mayores, tenemos historias que contar sobre la que pasó como consecuencia del gobierno de unos militares que traicionaron al gobierno de su país… por enésima vez. Explico esto: militares dieron golpes contra la democracia en este país no sólo en el ’36. El general Pavía desalojando, guardia-civil mediante, el Congreso; el más conocido y reciente intento de Tejero, y así podemos llegar al “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”.
Que mi abuelo haya luchado a favor del gobierno legal de la República del ‘31, y muerto en la batalla del Mazucu, donde murieron tantos otros, y del que no tenemos ninguna idea del sitio en el que reposa, es algo común y que pasó en muchas familias. Duele, pero somos sólo otro caso más.
Dolor tuvo que ser el de su madre cuando condenaron a muerte a su otro hijo, que no había tenido ninguna participación en la guerra, por la envidia de algún fiel a los traidores que había pretendido a la mujer que lo escogió a él. Era un hombre tranquilo, felizmente casado, padre de una niña, y poco amigo de los conflictos. Quizá también de derechas como su madre, pero objeto de una envidia que lo llevó al paredón.
El dolor fue precedido de una información muy fiable, ya que compartía hogar, cariño y seguramente pasión, con un Melquiadista, defensor de Oviedo, sobrino de Clarín y hermano del médico, con calle en Oviedo, que fue ministro y resultó asesinado poco antes del ‘36, y que, según parece, era el único en el que nuestro insigne escritor confiaba.
Gracias a esta relación supo el día del paseíllo. Y por eso fue, quizá, el único fusilado con sepultura propia. Su madre tuvo los arrestos de subir a San Esteban, sacarlo de la fosa, y darle tierra. Muchas veces subí con mi madre a visitarlo a esa sepultura, a falta de poder visitar la de su padre. El día del fusilamiento era invierno, y ponían garduñas para que los lobos no accedieran a los cadáveres. Ninguno de esos voceras cuyo partido usa un nombre del que deriva esa misma palabra tendrían valor para atreverse a algo así. Tampoco los seis, u ocho, que se enfrentaron a dos en San Motea.

¿La relación con la ley de nietos? Vamos con ello. Su mujer, con una hija y sin marido, no necesitó ser represaliada. Con el futuro que tenía a la vista, emigró a la Argentina. Allí acabó de criar a la prima de mi madre, de la que conseguimos tener alguna noticia no hace mucho, y allí tuvo la vida que aquí le negaban, con hijos y nietos. A estos nietos me estoy refiriendo, y a su derecho a votar en la democracia del país del que la historia anterior los expulsó. ¿O alguien duda de que fue expulsión?
Y ahora la cúpula del Poder Judicial toma su decisión: salvo que acrediten su condición de descendientes de españoles que sufrieron exilio por la Guerra Civil y la dictadura franquista, no tienen derecho al voto en España. Y el argumento que apuntan, sin ninguna vergüenza, es que su voto pueda ir a apoyar a los partidos que proponen esta modificación. Olvidan, intencionadamente, la voluntariedad del voto democrático, y quienes lo hacen son los mismos que nunca vieron inconveniente en que monjas y cuidadores de residencias de mayores lleven a votar a los ancianos con el voto preparado por los mismos cuidadores.
Y yo me pregunto: ¿quiénes son estos señores togados, herederos de la Justicia predemocrática, para negar este derecho? Esta pequeña porción del pueblo español que yo soy lo tengo muy claro, y me explico: lo tienen por delante de todos los que disfrutaron de las prebendas que repartió aquel régimen ilegal e impostor, y por supuesto, de sus herederos. Y voy más allá: más que todos los magistrados que componen ese rancio sector que sigue demostrando, cada día, que son los dignos herederos de aquel régimen, y que llevan aún grabado en la frente aquello de “Todo atado y bien atado”.
Este Poder Judicial, que se constituye por sus propios miembros y que resulta así absolutamente pre-democrático, nos está llevando a una parálisis y un marasmo intolerables al prejuzgar, enjuiciar, y paralizar las leyes que aprueba el parlamento. ¿Cómo hacer para que la democracia llegue a este estamento? Difícil cuestión, y su resolución parece harto compleja. Pero si no ponemos empeño democrático en remediar esta situación nunca tendremos una democracia real, y lo que es peor, será este Poder Judicial el que nos imponga las leyes y las decisiones que corresponden al Parlamento, bien limitándolas con su juicio interesado, bien anulándolas, o si no, capándolas.



























