Sergio de la Hoz no imaginaba que algún día un ministro le entregaría un premio por hacer crema de cacao y avellanas en Cabranes. Cuando pusieron en marcha Kikiricoop, hace ahora diez años, las aspiraciones eran bastante más modestas. “Te planteas sacar adelante un proyecto pequeñito de autoempleo, utilizando recursos locales, contratando a gente de la zona y generando economía en el entorno. No piensas que te puedas llevar un premio y que te lo vaya a dar el ministro”, reconoce.
Esta semana, el socio y administrador de la cooperativa asturiana ha recogido en Madrid el Premio Alimentos de España 2026 a la Producción Ecológica, concedido por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Entre los galardonados de esta edición figuran nombres como Protos o Galletas Gullón. Compartir reconocimiento con empresas de ese tamaño produce cierta satisfacción, aunque De la Hoz tiene claro qué es lo verdaderamente importante. “Para un proyecto tan pequeñito como el nuestro cuesta mucho llegar al gran público. Premios como este, que tienen bastante repercusión, nos ayudan a conseguir visibilidad. Ahora hay que aprovecharlo”.
Diez años de trabajo, y no siempre remunerado
Detrás de la Asturcilla, el producto más conocido de Kikiricoop, hay una historia de emprendimiento rural que no siempre ha resultado tan dulce como su principal creación. Durante sus primeros años, la cooperativa funcionó con muy pocos recursos y una inversión sostenida principalmente por el esfuerzo de sus integrantes.
“No tenemos una inversión potente detrás. Todo se basa en el esfuerzo personal, la ilusión y las ganas. Al principio, durante muchos años, trabajas sin cobrar hasta conseguir un poco de rentabilidad”, explica De la Hoz.
Cuando parecía que comenzaban a recoger los frutos llegó la pandemia. 2020 apuntaba a convertirse en el primer año realmente bueno para la cooperativa, tanto por las ventas de Asturcilla como por su actividad de catering. El parón supuso un golpe considerable. “Fue un frenazo fuerte, pero, como tanta gente, nosotros por lo menos sobrevivimos”.

Tampoco bastaba con saber cocinar. De la Hoz, cocinero de profesión, descubrió que elaborar una buena receta era solo una pequeña parte del trabajo. “De ahí a conseguir generar una empresa que funcione y sea rentable hay un universo de cosas que tienes que sacar adelante”. Financiación, administración, distribución, marketing y comercialización se convirtieron en asignaturas que tuvieron que aprender sobre la marcha. “Vas aprendiendo sobre la marcha y tardas muchísimos años en aprenderlas”, admite.
Y cuando por fin se dominan algunas de esas tareas, aparecen otros problemas. Según sus cálculos, en los dos últimos años el precio del cacao se ha triplicado y el de la avellana ha aumentado alrededor de un 50 %. Un encarecimiento especialmente difícil de asumir para una empresa pequeña, cuya apuesta se basa precisamente en la calidad de los ingredientes.
“Eso ha sido un palo tremendo”, reconoce. Recuerda una ocasión en la que acababan de actualizar sus precios conforme al IPC. Pocos días después hicieron un pedido de cacao y descubrieron que su coste había aumentado tanto que absorbía todo el margen previsto con aquella subida. A finales de año ocurrió algo parecido con la avellana. “Nuestro producto se basa mucho en el ingrediente, en la calidad del ingrediente. En nuestro caso, siendo un proyecto pequeñito que no tiene una economía de escala muy potente, se nota un montón. Se te comen los márgenes”.
Cooperativistas en un mercado que no lo es
Kikiricoop nació también de una determinada manera de entender el trabajo. El cooperativismo, la economía social y la voluntad de crear actividad en el medio rural formaban parte del proyecto desde sus orígenes. Diez años después, De la Hoz admite que mantener esos principios ha exigido concesiones.
“Nos ha obligado a hacer concesiones, claramente”, reconoce. La organización horizontal, explica, plantea dificultades cuando hay que tomar decisiones rápidas y responder a las exigencias cotidianas de una empresa. “Una organización jerárquica es más operativa. Si hay un jefe que toma las decisiones, va a tomarlas más rápido que si hay un grupo de socios que las tiene que tomar”.
“Seguimos siendo una cooperativa. Es que hemos montado una segunda cooperativa, o sea que nosotros creemos en ello”
Con los años han tenido que especializar las tareas y establecer mecanismos de funcionamiento más parecidos a los de una empresa convencional. “Te vas volviendo más práctico y también te vas organizando mejor. Desde la idea original de horizontalidad, de repartir tareas y demás, pasas a una organización más parecida a una empresa clásica, donde hay un reparto de tareas y decisiones operativas que cada uno toma de forma autónoma todos los días”.

Pero esa adaptación no significa, insiste, que hayan abandonado el modelo. “Seguimos siendo una cooperativa. Es que hemos montado una segunda cooperativa, o sea que nosotros creemos en ello”. Las decisiones estratégicas continúan tomándose de manera consensuada. “Seguimos teniendo nuestras reuniones, nuestras asambleas y seguimos decidiendo cosas”.
El valor de ser asturiano
La experiencia también les ha permitido comprobar que no todos los consumidores se acercan a Asturcilla por los mismos motivos. Asturias concentra, con mucha diferencia, la mayor parte de sus ventas. De la Hoz considera que influye tanto el trabajo comercial realizado en el territorio como el atractivo de comprar un producto elaborado aquí.
“Yo creo que tiene mucho que ver con el tirón que puede tener el producto local. Y eso para mucha gente es hasta cierto punto independiente del hecho de que sea ecológico”, explica.
Fuera de Asturias, en cambio, cree que pesan más otras características. “En otras zonas, que a lo mejor no tienen tanta querencia por un producto asturiano, quizás se vende más por otras características, por ser un producto de economía social, por ser ecológico… Siempre por la calidad del producto y el sabor, pero también por esas otras cosas”.
El premio de esta semana puede ayudarles a darse a conocer más allá de su mercado habitual. Aunque diez años de experiencia también les han enseñado que los reconocimientos no eliminan las dificultades de sacar adelante una iniciativa pequeña, ni las tensiones entre sus principios fundacionales y las exigencias de la actividad empresarial.
“Es verdad que te vas volviendo más práctico”, admite De la Hoz, sin renunciar a una forma de trabajar en la que siguen creyendo. Porque, por mucho que hayan intentado construir un proyecto diferente, hay una realidad de la que no pueden escapar. “Al final vives en el mismo mundo y pones el producto en el mismo mercado que todos los demás”.





























