Las llamaron marisabidillas, frívolas y peligrosas. Lo primero, porque se atrevían a pensar y a hablar de asuntos reservados a los hombres. Lo segundo, porque organizaban reuniones, conferencias y fiestas. Y lo tercero, cuando quedó claro que sus aspiraciones iban mucho más allá de disponer de un salón donde encontrarse. En 1926, hace ahora cien años, un grupo de mujeres fundó el Lyceum Club Femenino de Madrid, una institución que acabaría convirtiéndose en uno de los espacios más singulares de la vida cultural, intelectual y social española hasta su desaparición con la Guerra Civil.
Un siglo después, el Fórum de Política Feminista recupera aquella experiencia con la exposición 100 años de legado. Lyceum Club Femenino, inaugurada este viernes en la Escuela de Comercio de Gijón, donde podrá visitarse hasta el 6 de noviembre. La apertura de la muestra estuvo acompañada este viernes por una conferencia de la investigadora Rocío González Naranjo, que presentó también su libro “Marisabidillas, frívolas y peligrosas. El Lyceum Club Femenino de Madrid (1926-1936)”, publicado por la editorial gijonesa Hoja de Lata.
Rocío González Naranjo lleva años reconstruyendo la historia de aquella asociación y recuperando las biografías de sus protagonistas. Detrás de nombres conocidos como Clara Campoamor, Victoria Kent, María de Maeztu o Zenobia Camprubí, aparecen cientos de mujeres cuyas trayectorias quedaron sepultadas por la guerra, la dictadura y décadas de olvido. Su investigación descubre también una red de solidaridad que impulsó iniciativas como una guardería gratuita y laica para hijos de familias obreras, y una institución capaz de reunir a mujeres de ideologías muy distintas alrededor de proyectos comunes. Una historia de emancipación, pero también de contradicciones y conflictos, que la investigadora considera necesario recuperar para comprender tanto el pasado como el presente.

Hay algo muy llamativo en el título de tu libro, Marisabidillas, frívolas y peligrosas. ¿En qué momento aquellas mujeres dejaron de provocar burlas y empezaron a provocar miedo?
Estas mujeres provocaron muchísimas burlas desde los inicios hasta el final, pero empezaron a dar miedo cuando se vio que no iban a quedarse dentro del club, que iban a salir fuera a luchar por sus derechos y a crear iniciativas para los más desfavorecidos. Entonces se dieron cuenta de que no iban a limitarse a jugar al bridge o a hacer calceta. Ahí fue cuando empezaron a dar miedo, porque comenzaron a tambalear los códigos sociales impuestos. El momento decisivo llegó en marzo de 1927, cuando anunciaron que iban a crear una guardería gratuita y laica. Hay que tener en cuenta que la Iglesia tenía prácticamente el monopolio de la educación. A partir de entonces empezaron a atacarlas verdaderamente por peligrosas, además de frívolas, marisabidillas y muchas otras cosas.
Para entender lo que supuso el Lyceum, ¿qué podía hacer una mujer dentro de aquel club que fuera muy difícil o directamente imposible hacer fuera de él?
Principalmente, estar unidas, estar juntas en un local propio, en una habitación propia, como decía Virginia Woolf. Eso ya era un acto político impresionante. Antes podían coincidir en algunos actos sociales o culturales, pero generalmente iban acompañadas de sus maridos o de sus padres. No estaban solas, con excepciones como las mujeres vinculadas a la Institución Libre de Enseñanza o a la Residencia de Señoritas, que ya habían aprendido lo que era ser consideradas personas y no menores de edad. Lo fundamental era poder reunirse, debatir y aprender unas de otras, porque algunas habían podido estudiar, mientras que otras habían sido educadas exclusivamente para casarse, para lo que se llamaban las artes de adorno. Había perfiles muy diferentes que se fueron enriqueciendo mutuamente. Querían ayudarse, no solo personalmente, sino también en el terreno profesional. Muchas querían escribir, crear, desarrollar una actividad artística, y aquel mundo estaba muy cerrado para las mujeres. El Lyceum les permitió llevar la voz cantante en actos culturales muy importantes, relacionados incluso con grandes escritores y artistas de la Generación del 27, y también emprender iniciativas para quienes no tenían sus mismas oportunidades.
“Cuando se estudia a estas mujeres, existe a veces una tendencia a idealizar el pasado, como si todo hubiera sido perfecto y maravilloso. Pero eran personas de carne y hueso que procedían de mundos muy diferentes.”
Cuando hablamos del Lyceum aparecen siempre nombres como Clara Campoamor, Victoria Kent, María de Maeztu o Zenobia Camprubí. Pero tú has investigado a cientos de socias. ¿Qué mujeres desconocidas te han sorprendido especialmente?
Hay muchísimas. De hecho, durante las presentaciones del libro animo a las nuevas generaciones de investigadoras a continuar este trabajo, porque ni yo ni todas las que estamos investigando ahora el centenario del Lyceum y de la Generación del 27 podemos abarcarlo todo. Hay historias increíbles. El problema es que en muchas de las listas de asociadas que se conservan las mujeres aparecen identificadas únicamente como “señora de”, con el apellido del marido. Lo primero que había que hacer era averiguar quién estaba detrás de aquel nombre. Algunas eran relativamente conocidas, pero otras tenían una personalidad propia impresionante, con historias de militancia política y feminista o de creación artística y literaria que han sido completamente borradas. Una de las mujeres que más me ha fascinado es la almeriense Regina Vaquerizo Santillana, que aparece como señora de Cenamor. Todavía estoy investigando su historia. Su marido, Hermógenes Cenamor Val, fue un republicano que durante la guerra ayudó a esconder a muchas personas perseguidas y organizó una importante red de ayuda. Buena parte de la familia acabó en la cárcel o sufrió represalias, pero ella también formaba parte de aquella red y asumía enormes riesgos para esconder a esas personas. Otro ejemplo es Julia Armisén Tomás, que aparece en el censo con el apellido de su marido y que tuvo un papel muy importante en los círculos teosóficos españoles. Cuando empezamos a investigar una por una encontramos historias impresionantes. Afortunadamente conocemos a Campoamor, Kent o Maeztu, pero a su lado hubo muchas otras mujeres que permanecen completamente olvidadas.
Monárquicas, republicanas, comunistas y aristócratas
Allí convivían mujeres de ideologías muy distintas, monárquicas, republicanas, conservadoras, progresistas… ¿Cómo conseguían trabajar juntas? ¿Llegó a haber conflictos importantes entre ellas?
Por supuesto que hubo conflictos. Cuando se estudia a estas mujeres, existe a veces una tendencia a idealizar el pasado, como si todo hubiera sido perfecto y maravilloso. Pero eran personas de carne y hueso que procedían de mundos muy diferentes. En aquel club encontramos mujeres que después serían figuras importantes de la Sección Femenina de Falange, mujeres comunistas y aristócratas. Era una mezcla extraordinaria. Después de tantos años trabajando sobre ellas, intento comprender cómo consiguieron hacer tantísimas cosas por el bien común. Había grupos y rivalidades. Algunas acogieron con entusiasmo la llegada de la República, mientras que otras eran monárquicas. Rosario Lacy de Palacio, que había formado parte de las juntas directivas, hablaba muy mal de las republicanas en sus memorias, aunque había trabajado con ellas. También hubo conflictos cuando murió la reina madre y algunas socias quisieron suspender el carnaval que tenían previsto organizar. La junta directiva, entonces bastante republicana, decidió que no se suspendía. Pero, más allá de esas diferencias, lo que me admira es todo lo que lograron. He censado más de 600 actividades, y no hablamos solamente de conferencias o exposiciones, sino también de iniciativas sociales que probablemente habrían continuado si no hubiera llegado la guerra. Fueron capaces de dejar a un lado sus diferencias políticas y religiosas para trabajar por los niños, las madres obreras, las personas ciegas o las estudiantes y profesionales que necesitaban ayuda. Creo que esa capacidad para colaborar por el bien común es un ejemplo que deberíamos seguir hoy.

Una de las iniciativas que desarrollaron fue un servicio gratuito de cuidado infantil. Estamos hablando de hace cien años y ya aparece el problema de los cuidados. ¿Hasta qué punto comprendieron que la emancipación de las mujeres pasaba también por cambiar las condiciones de la vida cotidiana?
Hay que tener cuidado cuando hablamos de sus privilegios. Es cierto que muchas pertenecían a clases acomodadas, pero las mujeres, fueran de la clase que fueran, tenían muy pocos privilegios por el hecho de ser mujeres. Algunas contaban con mayores posibilidades económicas y podían desarrollar estas iniciativas, pero eso no significaba que estuvieran liberadas de sus obligaciones domésticas. Carmen Baroja, por ejemplo, cuenta que cuando era presidenta de la sección de Arte recibía al conferenciante y después tenía que salir corriendo a casa para preparar la cena a su marido, porque, si no, se enfadaba. Hay que tener presente esa realidad. Estas mujeres comprendieron que también debían ayudar a las obreras, que no tenían dónde dejar a sus hijos. Los establecimientos que existían ofrecían muchas veces unas condiciones terribles, sin higiene ni atención médica, y además no eran gratuitos. Muchos niños acababan en la calle. Se repetía mucho entonces que no debía haber ningún niño en el arroyo. Había una preocupación importante por enfermedades como la tuberculosis, pero muchas propuestas no se materializaban. La caridad no funcionaba y ellas comprendieron que lo que hacía falta era actuar.
¿Y cómo consiguieron pasar de esa preocupación a poner en marcha una guardería, prácticamente sin recursos?
Así surgió la Casa del Niño, en Cuatro Caminos, prácticamente sin ayudas. Consiguieron que el alcalde les cediera un terreno, encontraron un arquitecto y las propias socias comenzaron a organizar turnos porque inicialmente ni siquiera tenían dinero para contratar enfermeras cualificadas. Para financiar el proyecto organizaban actos y fiestas. Por eso también las llamaban frívolas: aquellas fiestas parecían muy elegantes, muy sofisticadas, pero tenían como objetivo recaudar fondos para sus proyectos sociales. La casa funcionó hasta 1936 y llegó a acoger a más de sesenta niños, que recibían gratuitamente tres comidas diarias, atención médica, juegos y actividades educativas. Había incluso una hora del cuento y una biblioteca organizada con la participación de mujeres vinculadas a la Residencia de Señoritas, como Ernestina de Champourcín, Elena Fortún y otras colaboradoras. Esa biblioteca también permitió acercar los libros a las familias y fomentar el préstamo. Querían abrir más centros, pero la guerra lo impidió. Es una labor extraordinaria que ha quedado prácticamente olvidada. Todavía hoy, durante las presentaciones del libro, me preguntan constantemente si aquellas mujeres no eran unas privilegiadas que lo tenían todo más fácil. Y yo digo: sí, tenían ventajas sociales, pero podían haberse quedado tranquilamente en su club tomando el té e invitando a grandes escritores. No lo hicieron. Comprendieron que era necesario mejorar las condiciones de vida de otras mujeres y de otros colectivos desfavorecidos.
“Fue fácil borrarlas porque la historia ha estado escrita fundamentalmente por hombres y por los vencedores.”
El amargo epílogo de la guerra y el exilio
El Lyceum desapareció con la Guerra Civil y la posterior dictadura. ¿Qué ocurrió con aquellas mujeres? ¿Consiguieron mantener sus relaciones y sus redes de solidaridad en el exilio o bajo el franquismo?
Tenemos algunos rastros. Como había mujeres de todas las ideologías, algunas se beneficiaron del nuevo régimen. Elisa Soriano, por ejemplo, estuvo vinculada al falangismo, y otras llegaron a ocupar puestos importantes o a ejercer como censoras. Pero muchas tuvieron que marcharse al exilio, principalmente a países como México o Argentina. En Argentina hubo un grupo importante de antiguas socias que siguieron reuniéndose en casas particulares, como hacían antes de fundar el Lyceum, aunque nunca consiguieron recuperar aquel mismo espíritu. Es muy interesante el caso de María Martos Arregui, conocida también como María Baeza, cuya correspondencia ha recuperado Iker González-Allende. Escribía desde el exilio a sus antiguas amigas, entre ellas Pilar de Zubiaurre, y mantuvo esas relaciones prácticamente hasta el final de su vida. También Zenobia Camprubí participó en actividades del Lyceum de La Habana, creado en 1929, pero estos espacios no eran exactamente iguales. Según algunos testimonios, tenían un carácter más elitista y no existía aquella misma voluntad de acción colectiva.
¿Y qué ocurrió con las que se quedaron en España? ¿Pudieron conservar algo de aquel espíritu?
En España, las que no pudieron marcharse, muchas veces por razones económicas, intentaron recrear espacios de encuentro. En Madrid, por ejemplo, existía una tertulia llamada El Cocodrilo, en la que coincidieron algunas de aquellas mujeres. Pero ya no era lo mismo. Habían perdido su voz y su capacidad de intervención pública. Las exiliadas, además, tuvieron que dedicarse a sobrevivir, a encontrar trabajo y a ganarse la vida. Muchas habían sido apartadas de sus profesiones y se encontraban completamente desubicadas. Por eso hablo de un amargo epílogo. Recordaban el Lyceum como el momento en que habían comenzado a tomar las riendas de sus propias vidas. Algunas, como Elena Fortún, encontraron allí el estímulo para escribir; otras tomaron conciencia política a través de los cursos y conferencias de mujeres como Clara Campoamor o Matilde Huici. Habían descubierto que eran ciudadanas con derechos y que podían participar en la vida pública. Todo aquello se perdió. Muchas pasaron el resto de sus vidas intentando recuperar ese espíritu de creación, solidaridad y compañerismo femenino.
Una historia escrita por hombres y vencedores
¿Por qué fue tan fácil borrar de nuestra memoria colectiva a unas mujeres que tuvieron tanta importancia?
Fue fácil borrarlas porque la historia ha estado escrita fundamentalmente por hombres y por los vencedores. Estas mujeres no tenían ningún lugar en la nueva España que pretendía construir Franco. Hubo también hombres que fueron borrados de la historia, pero ellas sufrieron un doble olvido, por ser mujeres y por haber contribuido a transformar los mecanismos de dependencia que pesaban sobre ellas. Habían cambiado las formas de sociabilidad y muchas participaron en los avances legislativos hacia la igualdad, incluso desde el Congreso de los Diputados. No encajaban en el relato que quería imponer el franquismo. Es una forma de lo que el sociólogo Pierre Bourdieu llamó violencia simbólica: decidir qué se transmite y qué se deja fuera. Si no tenemos curiosidad por ir más allá, acabamos aceptando esa visión incompleta de nuestro pasado. La historiografía tradicional se ha centrado mucho en las guerras, los conflictos y las sucesiones de monarcas. En ese relato, las mujeres aparecían cuando eran reinas, gobernantes o personajes considerados excepcionales. En cambio, quienes contribuían a transformar la sociedad desde otros espacios quedaban fuera.
¿Y crees que la historiografía está empezando a corregir esa ausencia de las mujeres?
Sí. Afortunadamente, hay un movimiento historiográfico muy importante que está cambiando las cosas. Hemos recuperado a Clara Campoamor, pero no podemos quedarnos ahí. Victoria Kent, por ejemplo, sigue siendo presentada muchas veces simplemente como la mujer que se opuso al voto femenino, cuando su posición y su trayectoria fueron mucho más complejas. Tenemos que reconstruir una historia más completa, que incluya también lo que Miguel de Unamuno llamaba la intrahistoria, todo aquello que sucede más allá de los grandes acontecimientos y que resulta fundamental para comprender cómo evoluciona una sociedad.
¿Y qué nos dice ese olvido sobre la sociedad española actual?
Creo que tiene mucho que ver con lo que estamos viviendo. Me preocupa el auge de la extrema derecha y que haya jóvenes que anuncien abiertamente que van a votar a Vox, igual que ocurre en Francia, donde vivo, con quienes apoyan a Le Pen. Hay jóvenes que desconocen su propia historia. En España hemos dejado enormes vacíos sobre lo que ocurrió durante la Guerra Civil y la dictadura. Seguimos discutiendo responsabilidades históricas cuando existen documentos y fuentes para estudiarlas. Todavía tenemos miles de personas en fosas comunes y una deuda de dignidad con las víctimas. También con estas mujeres, que hicieron una labor extraordinaria y fueron olvidadas. Es cierto que se han producido avances legislativos, como la Ley de Memoria Democrática, pero los estigmas siguen presentes. En Francia, incluso en pueblos muy pequeños, encuentras monumentos dedicados a quienes lucharon en la Resistencia. Existe una transmisión de esa memoria desde las instituciones. En España, buena parte de ese trabajo ha recaído durante años en asociaciones memorialistas y familiares. Si no enseñamos esa historia y no explicamos lo que ocurrió, difícilmente podremos comprender por qué una parte de la juventud se siente atraída hoy por determinados discursos políticos. La memoria histórica no consiste solamente en recuperar el pasado, sino también en entender el presente.






























