La historia llegó a NORTES con ingredientes difíciles de ignorar. En el Mieres de los años ochenta había vivido una persona transexual que trabajaba como picador en la mina y a la que todo el mundo conocía como La Paca. Una combinación sorprendente, incluso para una cuenca minera acostumbrada a personajes singulares y a una historia social que rara vez cabe en los relatos oficiales. Solo había un problema. A medida que avanzaban las primeras comprobaciones, aquella biografía empezó a desmoronarse, porque nadie parecía recordar al supuesto picador. Lo que apareció en su lugar fue una historia bastante diferente, una fotografía antigua y un nombre que seguía despertando recuerdos entre los mierenses.
Aristarco Pérez Fernández, conocido popularmente como La Paca o Paquín, había trabajado desde muy joven en la hostelería, actuaba como transformista bajo el nombre artístico de Lady Champagne y terminó vendiendo cupones de la ONCE. Fue uno de los personajes más reconocibles de la noche mierense durante los setenta y ochenta, pero reconstruir hoy su vida resulta mucho más difícil de lo esperado. Apenas quedan datos sobre sus circunstancias personales, desconocemos las fechas exactas de su nacimiento y fallecimiento y no hemos conseguido encontrar una sola fotografía de sus actuaciones. En cambio, su recuerdo permanece vivo entre antiguos hosteleros, vecinos y personas que crecieron durante aquellos años. Al seguir esas pistas, la investigación ha terminado descubriendo también un Mieres que tuvo su propia movida, sus artistas de transformismo y sus propios referentes LGTBI, una historia cultural que apenas aparece en los relatos habituales sobre las cuencas mineras.
Una de las primeras pistas estaba en Mieres, años 80 y 90, la página de Facebook que administra el fotógrafo José Ramón Viejo y en la que los vecinos comparten fotografías y recuerdos de la historia reciente de la villa. Entre sus publicaciones aparece el retrato de una persona joven, con el cabello abundante, pendientes y una mirada directa al objetivo. Los comentarios que acompañan las imágenes de La Paca son mayoritariamente afectuosos. Quienes dicen haberla conocido la recuerdan como alguien simpático, divertido y muy querido, aunque las redes sociales no permitan reconstruir por sí solas una biografía ni conocer todas las circunstancias de aquella popularidad.
Viejo, que la conocía de vista pero reconoce que nunca llegó a tratarla personalmente, recuerda su notoriedad y facilita los primeros contactos con personas que compartieron aquella época. También introduce una advertencia que obliga a mirar con cierta cautela los recuerdos más amables. Según explica, La Paca era solicitada para animar fiestas y celebraciones, pero considera que algunas personas se aprovecharon de su disposición para hacer espectáculo. Queda planteada así una cuestión que reaparecerá en otras conversaciones, la diferencia entre ser una persona popular y disfrutar de una aceptación social que no siempre estaba garantizada.

Un guaje detrás de la barra
Uno de los contactos facilitados por José Ramón Viejo conduce a Adriano, un veterano de la hostelería mierense que conoció a La Paca cuando todavía era un guaje. Lo recuerda ayudando en el Tino’s, uno de los establecimientos de aquella zona de ocio, y posteriormente en Il Gattopardo, donde él también trabajaba. No consigue precisar su edad, aunque asegura que era muy joven y que realizaba pequeños trabajos de aprendiz, retirando vasos y echando una mano en lo que hiciera falta. Eran los años setenta, cuando muchos muchachos comenzaban a familiarizarse con el oficio detrás de una barra, sin las condiciones laborales que hoy se considerarían imprescindibles.
Adriano recuerda especialmente su carácter trabajador y su facilidad para relacionarse con los demás, así como una expresión femenina que llamaba la atención desde muy temprano. Con el paso de los años continuó encontrándosela en los establecimientos de Mieres, cuando aquel muchacho empezaba a convertirse en uno de los personajes reconocibles de su vida nocturna. Aristarco había encontrado otro escenario, el de los espectáculos de transformismo, para los que utilizaba el nombre artístico de Lady Champagne.
Las actuaciones se desarrollaban en locales como Faust y Yubana, donde, según recuerda Adriano, el público acudía a verlo por sus imitaciones musicales y también por su capacidad para hacer participar a los espectadores. Cantaba canciones asociadas a grandes folclóricas como Rocío Jurado e Isabel Pantoja, y combinaba los números musicales con bromas y comentarios dirigidos a quienes estaban delante. “Era un transformista muy simpático”, recuerda el antiguo camarero, que insiste en que La Paca conseguía atraer a gente expresamente interesada en sus espectáculos.
Su nombre artístico coincide con el título de una canción que Bibi Andersen, hoy Bibiana Fernández, popularizó en 1980, Call Me Lady Champagne. La relación resulta sugerente y el investigador Anto Rodríguez, que ha estudiado la historia del transformismo español, considera plausible que existiera alguna influencia, aunque tampoco conoce con certeza el origen de aquel nombre. La coincidencia pertenece, por ahora, a ese territorio de los recuerdos donde lo que ocurrió puede confundirse con lo que pudo haber ocurrido y con lo que, después de tantos años, cada cual considera verosímil.
José Ramón Viejo menciona también actuaciones en establecimientos como Baby’s y Baby’s-2, dentro de una oferta nocturna que atraía público de diferentes puntos de Asturias. La Paca formaba parte de aquel ambiente, pero para comprender cómo llegó a adquirir tanta notoriedad hay que ampliar el foco y recuperar la historia de las calles donde discurría buena parte de la vida social de Mieres.
La calle del Viciu
La actual calle La Vega, en el centro de Mieres, sigue siendo conocida por muchos vecinos como la calle del Viciu, un nombre que conserva el recuerdo de las décadas en las que concentró algunos de los establecimientos nocturnos más frecuentados de la villa. Discotecas, cafeterías, bares y locales de espectáculos se sucedían en una zona que prolongaba su actividad hasta la madrugada. Baby’s, Il Gattopardo, Faust, Yubana o Tino’s figuran entre los nombres que recuerdan quienes vivieron aquella época, aunque no todos los establecimientos estuvieran situados exactamente en la misma calle.

El historiador mierense Ernesto Burgos, autor de la sección “Historias heterodoxas” en La Nueva España, considera que la vida nocturna de Mieres alcanzó entonces una importancia que trascendía ampliamente las fronteras de la cuenca. Recuerda una actividad cultural intensa, locales que introducían propuestas estéticas novedosas y una clientela que llegaba desde otros concejos atraída por una oferta difícil de encontrar en algunas ciudades de mayor tamaño. En apenas unos centenares de metros podían concentrarse varias discotecas y numerosos bares, con una actividad que en ocasiones se prolongaba hasta el amanecer. Parte de aquella renovación estuvo vinculada al trabajo del decorador Chus Quirós, responsable de establecimientos que se convirtieron en referencias de la hostelería mierense.
Burgos habla de una movida propia, desarrollada durante los setenta y ochenta y cuya importancia, a su juicio, ha quedado eclipsada por la atención posterior que recibieron otras escenas culturales asturianas. Recuerda un ambiente en el que la estética de los jóvenes, los peinados y la decoración de algunos locales podían recordar a la movida madrileña, mientras las discotecas recibían visitantes llegados de Oviedo, Gijón y otros concejos. La Paca fue, según el historiador, uno de los personajes característicos de esa efervescencia, una presencia que encajaba en una villa donde las tradiciones industriales y sindicales compartían espacio con formas de ocio y expresión que resultaban poco habituales en la sociedad española de entonces.
La relativa apertura de aquel mundo nocturno no suponía, sin embargo, que hubieran desaparecido los prejuicios. Ernesto Burgos recoge entre las informaciones que le facilitaron para esta investigación un testimonio atribuido a una hermana de La Paca, según el cual habría sufrido agresiones físicas por su manera de presentarse públicamente. No hemos podido hablar directamente con ella ni comprobar las circunstancias de aquellos episodios. En cualquier caso, la popularidad de los espectáculos de transformismo no debe confundirse con una aceptación generalizada de las personas que desafiaban las convenciones sexuales y de género de aquella sociedad.


La movida mierense tuvo además un reverso que Burgos recuerda con especial dureza. La expansión de la heroína atravesó distintas clases sociales y golpeó a una generación de jóvenes que había participado en aquella efervescencia. El historiador habla de amigos fallecidos, familias deshechas y una tragedia que afectó también a personas procedentes de hogares acomodados, no únicamente a quienes vivían en situaciones de exclusión. Su testimonio dibuja así una época de intensa actividad cultural que terminó marcada también por numerosas pérdidas, sin que esa historia colectiva permita establecer por sí sola las circunstancias particulares de la vida o la muerte de La Paca.
Los referentes que nadie llamaba referentes
Entre los personajes que Ernesto Burgos considera fundamentales para comprender aquel Mieres aparece Manuel Salvador, conocido popularmente como Lito, el de la Casina Musical. Vendía cintas de música en el mercado dominical, había trabajado como portero de discotecas y participó activamente en movilizaciones obreras de la comarca. Era un hombre corpulento, de carácter expansivo, cuya homosexualidad era conocida entre los vecinos y cuya presencia pública formaba parte del paisaje cotidiano de la villa.
Aunque no hemos podido establecer que Lito y La Paca mantuvieran una relación cercana, sus nombres aparecen juntos en una fuente que terminará siendo fundamental para esta investigación. Se trata de Color Julay, un pódcast creado por Anto Rodríguez, dramaturgo e investigador nacido en Mieres en 1986, que dedicó uno de sus episodios a recuperar personajes y artistas que habían marcado su infancia. La Paca y Lito ocupan un lugar destacado en aquel relato, no porque pertenecieran necesariamente a un movimiento organizado, sino porque su visibilidad ofreció referencias personales a quienes crecieron en una sociedad donde determinadas identidades todavía resultaban difíciles de expresar.

Rodríguez recuerda que sus padres se detenían a hablar con Lito cuando lo encontraban en el mercado, donde tenía su puesto de casetes. Aquel hombre enorme, que había trabajado con su padre, poseía una expresividad afeminada que fascinaba al niño, aunque con los años comenzó a experimentar también cierto temor ante aquellos encuentros. Le preocupaba que sus padres pudieran descubrir, por una mirada o un comentario, que compartía algo con aquel personaje tan conocido de Mieres. Todavía recuerda con humor la inquietud que le producía acercarse al puesto para mirar las cintas de Isabel Pantoja, por miedo a que Lito hiciera alguna observación que lo delatara.
La relación con La Paca era diferente, pero igualmente importante en su memoria. Anto la conoció durante su infancia porque frecuentaba Videomanía Piscis, el videoclub de sus tíos, donde trabajaba su madre. Ambas mantenían una relación cercana y se detenían a conversar mientras el niño escuchaba fascinado. Recuerda una figura con pantalones de campana, coleta alta y apretada, grandes gafas ahumadas y una apariencia que combinaba elementos socialmente atribuidos a hombres y mujeres. La Paca podía vestir de una manera considerada femenina y llevar barba, una mezcla que le llamaba profundamente la atención, aunque entonces no supiera explicar por qué. También conserva el recuerdo del cariño con el que lo trataba.
Muchos años después, aquel niño se convertiría en creador escénico e investigador de la historia del transformismo español. Cuando conseguimos hablar con Anto Rodríguez, desde Madrid, su interpretación permite comprender qué significaron esas personas para quienes crecieron encontrándolas en las calles de Mieres. No eran necesariamente consideradas referentes en su época, ni tenían por qué identificarse como activistas, pero su presencia ofrecía formas diferentes de vivir y expresarse. Con los años, explica, comprendió que aquellos encuentros habían influido en la manera en que él mismo comenzó a reconocerse y a imaginar sus posibilidades.
“La Paca era la Paca”, recuerda Rodríguez, que insiste en que aquellas personas eran reconocibles por su propia presencia, mucho antes de que alguien intentara situarlas dentro de una categoría histórica o política. Esa reflexión introduce además una dificultad que ha acompañado toda la investigación, la imposibilidad de determinar con seguridad cómo se identificaba Aristarco Pérez Fernández. Algunos testimonios lo recuerdan como un hombre homosexual que actuaba vestido de mujer, mientras otros destacan su expresión femenina también en la vida cotidiana.
El investigador advierte de que las palabras utilizadas para hablar de sexualidad e identidad de género no tenían entonces necesariamente el mismo significado que hoy. El término “travesti”, por ejemplo, podía utilizarse en contextos y con sentidos distintos de los actuales. Anto reconoce que desconoce cómo se definía La Paca y considera problemático adjudicarle retrospectivamente una identidad que no hemos podido documentar. Su presencia forma parte de la memoria queer y de la historia del transformismo, aunque continúe abierta la cuestión de cómo se entendía a sí misma.
Lo que nadie guardó de Lady Champagne
La trayectoria profesional de Anto Rodríguez, autor del ensayo ¡Eres tan travesti! Breve historia del transformismo en España, ha estado dedicada en parte a recuperar un mundo artístico que no se limitaba a las grandes ciudades. Buena parte de la historia de estos espectáculos se ha reconstruido a partir de lo ocurrido en Madrid y Barcelona, pero el investigador recuerda que existían circuitos de transformismo, artistas itinerantes y compañías que recorrían ciudades pequeñas y pueblos incluso antes de la Transición. Durante los setenta, aquella actividad adquirió mayor visibilidad pública gracias a las giras, el cine y los medios de comunicación, aunque muchos espectáculos continuaron desarrollándose en pequeños bares, salas de fiestas y escenarios alejados de los grandes centros culturales.
En ese contexto sitúa a Lady Champagne, cuya actividad conocemos principalmente por los recuerdos de quienes la vieron actuar o compartieron su entorno. Rodríguez insiste en que las biografías de artistas LGTBI del pasado suelen recordarse por sus dificultades personales, su singularidad o su relación con la discriminación, mientras queda relegado precisamente aquello que hacían sobre el escenario. En el caso de La Paca, sabemos que interpretaba canciones de grandes folclóricas y que tenía una manera especialmente cómica de interactuar con el público, pero apenas conocemos cómo preparaba sus números, qué vestuario utilizaba habitualmente o cuál era la extensión real de su repertorio.
Adriano recuerda sus actuaciones como espectáculos llenos de humor y complicidad con los espectadores, mientras que la madre de Anto Rodríguez llegó a conocer una parte de aquel trabajo artístico que hoy resulta difícil recuperar. Durante una visita a la vivienda de La Paca vio álbumes con fotografías de sus actuaciones, boas de plumas y vestuario brillante, incluido un conjunto que creaba sobre el escenario la ilusión de un cuerpo desnudo. También recuerda las cintas VHS que La Paca conservaba con grabaciones de sus espectáculos. Su hijo, demasiado pequeño entonces para asistir a las actuaciones, conoce la existencia de aquellos materiales por los recuerdos familiares, pero desconoce qué ocurrió con ellos. Durante esta investigación hemos encontrado dos fotografías de Aristarco Pérez Fernández, una de juventud y otra posterior en la que aparece en la calle, con gafas oscuras y un talonario de cupones de la ONCE. Ambas permiten reconocer a la persona recordada por tantos mierenses, pero ninguna muestra a Lady Champagne actuando.

La ausencia de ese material ilustra una de las preocupaciones que atraviesan el trabajo del investigador. Las artistas de localidades pequeñas podían alcanzar una considerable notoriedad entre el público de su entorno sin que sus actuaciones quedaran documentadas en archivos, hemerotecas o instituciones culturales. Al desaparecer sus protagonistas, los recuerdos sobrevivían entre amistades y familiares, pero su actividad escénica corría el riesgo de perderse. “¿Quién registra eso?”, se pregunta Rodríguez, al recordar que muchas de aquellas personas actuaron durante años sin que nadie considerara necesario conservar una muestra de su trabajo.
La memoria que vuelve a los escenarios
El recuerdo de La Paca ha encontrado, sin embargo, otras formas de permanencia. Anto Rodríguez explica que aquellas experiencias de su infancia contribuyeron a despertar su interés por la historia del transformismo, una línea de investigación que continúa desarrollando en sus trabajos artísticos. Del 20 de enero al 28 de febrero de 2027 tiene previsto presentar Club Cariño en el Centro Dramático Nacional, un espectáculo sobre las prácticas artísticas de transformistas y otras figuras de la escena española. La obra no cuenta directamente la biografía de La Paca, aunque su recuerdo forma parte de las experiencias que impulsaron el proyecto.
Su presencia es más explícita en otro espectáculo estrenado recientemente en Surge Madrid, donde Rodríguez recupera a dos figuras de la memoria queer asturiana, Rambal, de Gijón, y La Paca, de Mieres. A esta última le dedica una canción dentro de una reflexión sobre la familia elegida, una idea que el dramaturgo extiende también a quienes han muerto, pero siguen formando parte de las experiencias que construyeron su identidad y su manera de entender el mundo.
La búsqueda periodística ha permitido identificar algunos de los primeros trabajos de Aristarco Pérez Fernández, los escenarios donde actuó, el nombre artístico que utilizaba y las personas que conservaron su recuerdo. Ha servido también para recuperar una parte de la vida cultural de Mieres, aquella villa donde convivieron la militancia obrera, la experimentación artística, la libertad y unos prejuicios que no desaparecían necesariamente al cerrar las puertas de las discotecas. La reconstrucción sigue siendo incompleta, pero sus resultados permiten reconocer una trayectoria artística y una huella personal que hasta ahora apenas aparecían en la documentación pública.
Cuando se le pregunta a Anto Rodríguez qué perdemos al desaparecer estas memorias, responde que perdemos también “la capacidad de imaginar, la posibilidad”, porque aquellas personas construyeron comunidades, desarrollaron propuestas artísticas y mostraron formas diferentes de vivir en circunstancias que no siempre les resultaban favorables. El niño que escuchaba fascinado las conversaciones entre su madre y La Paca, y que años después evitaba acercarse al puesto de Lito por miedo a reconocerse en él, dedica hoy parte de su trabajo a recuperar las historias de quienes le mostraron aquellas posibilidades.
De Lady Champagne no hemos conseguido encontrar una sola fotografía sobre el escenario, aunque sabemos, por los recuerdos de quienes las vieron, que existieron imágenes y grabaciones de sus actuaciones. Quizá todavía permanezcan en alguna casa de Mieres, entre los recuerdos de una familia o las pertenencias de alguien que compartió aquellos años. Por ahora, las dos fotografías recuperadas permiten poner rostro a La Paca, pero sigue sin aparecer ningún testimonio gráfico de aquello que hacía cuando se convertía en Lady Champagne.































