Que no se note que no tienes dinero

Aquiles no podía sospechar entonces que un sujeto así llegase a la presidencia de EEUU.

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Xuan Cándano
Xuan Cándano
San Esteban de Bocamar (1959). Periodista. Redactor en RTVE-Asturias. Fundador y exdirector de Atlántica XXII. Es autor de "No hay país".

La más certera descripción de Donald Trump que conozco la leí en unas declaraciones a La Nueva España el pasado mes de septiembre de Aquiles García Tuero, el promotor musical asturiano, un tipo divertido y feliz, como delata su perenne sonrisa, que trabajó muchos años en los Estados Unidos, donde triunfó en el mundo del espectáculo.

Trump había comprado el hotel en el que vivía en Nueva York a principios de los 80 y eran vecinos de oficina, por lo que tuvieron relación y unas cuantas conversaciones, aunque Aquiles lo resume de manera más cruda: “Lo tuve que aguantar dos años y medio”. Sus palabras retratan a un tipo mucho más poderoso que el asturiano, pero también infinitamente menos interesante, que aconsejaba a aquel joven emigrante y emprendedor español seguir sus pasos:

– Lo que tiene que hacer es ir a todos lados bien vestido, haciéndose otra media docena de trajes; nadie tiene que notar que usted no tiene dinero.

“Lo tenía para pagarle el alquiler”, recuerda Aquiles, que añade: “Donald Trump es un sujeto despreciable, un déspota, un chulo que desprecia la inteligencia y al que no ha ganado dinero. Es un sinvergüenza”.

Aquiles no podía sospechar entonces que un sujeto así llegase a la presidencia de EEUU y mucho menos que se convertiría en el hombre más poderoso de La Tierra precisamente por eso, por ser déspota, despreciable, chulo, sinvergüenza y clasista. Podría añadir también mentiroso compulsivo, despiadado, ignorante y totalmente desacomplejado por todo ello, características que también suman en favor de sus ambiciones políticas en este mundo moderno donde triunfa el malismo.

Es una gran falsedad, tan grande como las que propaga Trump, que en EEUU cualquiera pueda llegar a ser presidente, algo de lo que presumen sus élites y propaga el mito. Allí solo llegan a la Casa Blanca los ricos o los megaricos, como Trump y sus directos colaboradores, o quien consiga un gran capital para financiar sus compañas electorales millonarias.

De aquel país inmenso lo que resulta admirable es que haya sido pionero de la democracia moderna, una revolución anterior a la francesa. Y desde Europa es justo e imprescindible reconocer su contribución decisiva a la victoria contra el nazismo y el fascismo en la II Guerra Mundial. Pero resulta muy poco atractivo el modo de vida americano, por emplear su lenguaje imperial, que identifica a América con un país que desprecia al resto de los del continente, hasta llegar a apropiarse de su nombre.

Esto ya no se disimula con Trump, pero es muy viejo. Henry Kissinger dijo en una conferencia en Oviedo, en 1.993 en el teatro Campoamor, donde fue presentado por Plácido Arango, de quien se declaró gran amigo, que jamás viajaba a México, pero en cambio lo hacía con frecuencia a París en su avión privado. Para que nos quedara claro a quienes lo escuchábamos que la grandeur francesa era justo la antítesis de la pobreza al otro lado del río Grande.

El modo de vida americano es la esencia del capitalismo y consiste en ascender socialmente como objetivo irrenunciable, consumir desaforadamente, derrochar combustibles fósiles y hacerse rico lo antes posible y a cualquier precio. Si eso no es posible el fracaso se convierte en una losa vital y al menos que no se note que no tienes dinero. A los palestinos, los más parias y desgraciados, la pobreza se les nota mucho y por eso ni existen, mejor expulsarlos definitivamente de su tierra para convertirla en urbanizaciones de lujo con ricos que hagan ostentación de su riqueza. Los ucranianos también sobran en el tablero mundial en el que dos autócratas negocian para repartirse sus beneficios. Son pobres demócratas ante la apisonadora imperial del dictador y sanguinario Putin, así que mejor se rinden al invasor y entregan los tesoros que esconden sus tierras.

Qué pobre es la gente que solo piensa en el dinero, pero cuanto abunda en los Estados Unidos. Y en Europa también y desde hace ya muchos años, cuando el modo de vida americano se importó a través del cine, la televisión y el mundo del espectáculo, la gran lanzadera de Trump hacia la política y la conquista del planeta.

Qué pobre es la gente que solo piensa en el dinero, pero cuanto abunda en los Estados Unidos.

El desconcierto que provoca el retroceso que vive el mundo, en manos de un loco que anda suelto y de numerosos compinches en varios continentes, con el regreso a los tiempos oscuros y la barbarie anteriores a la Ilustración, las luces y el racionalismo, hace aflorar preguntas, respuestas y explicaciones. Nunca hay una sola causa que explique fenómenos tan complejos, pero llama la atención que se olvide un factor importante: el fin del movimiento obrero, motor de los grandes avances políticos, sociales y laborales del siglo XX.

La desaparición del movimiento obrero, y con él de la izquierda obrerista que conocimos, también supuso la de sus valores: la solidaridad, el apoyo mutuo, la fe en el progreso a través de la formación y el conocimiento, el afán por el trabajo bien hecho y por la justicia…. ¿Cuándo se jodió el Perú?, se preguntaba Mario Vargas Llosa a través del personaje de una de sus novelas, “Conversación en la catedral”. ¿Y cuándo empezó esta deriva en la civilización, tan deprimente como amenazadora? Pues no parece descabellado pensar que el mundo se empezó a ir al garete cuando los valores naturales que dignificaban al ser humano se esfumaron y fueron sustituidos por contravalores que nos identifican con las bestias: el individualismo, la insolidaridad, el egoísmo, la codicia…. Cuando a las personas honradas, más deseosas de acumular sabiduría y dignidad que dinero y posesiones, se les empezó a llamar despectivamente buenistas e ingenuos, mientras se convertía en referentes a quienes están faltos de escrúpulos y sobrados de ambiciones materiales. Cuando el malismo empezó a estar de moda y ser tendencia.

Trump es un pobre hombre con mucho poder y dinero empeñado en acabar con el orden establecido en el mundo tras la II Guerra Mundial, cuando la humanidad se prometió no volver a repetir aquella tragedia, lo que dio paso a una época de bienestar material y espiritual, con avances para las clases populares y en los derechos humanos. Tiene descolocados hasta a sus seguidores, se ve bien en España, donde la derecha no sabe no contesta, y la extrema derecha se arrodilla ante el imperio americano enfrentado a los intereses españoles y a la lengua castellana, lo que demuestra que el nacionalismo español solo existe frente a los periféricos y a su propio pueblo. También está descolocada la izquierda radical, donde quienes no levantaron su voz contra la invasión de Ucrania, por el rechazo a la OTAN y a Estados Unidos, ahora asisten a la alianza entre Putin y Trump.

Trump siempre se entendió perfectamente con Putin. El ruso desprecia a la democracia y acumula poder y dinero como él. Eso hace posible entre ambos una conexión personal y política de incalculables y nefastas consecuencias para los demás, para los que no lo tienen. Sobre todo para los que el dinero no alcanza ni para comprarse media docena de trajes y disimular la pobreza.

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