El programa de radio y podcast Carne Cruda se presentó este sábado por primera vez en Asturias para una emisión especial desde el Pozu Santa Bárbara, un antiguo pozo minero reconvertido en centro cultural en el valle de Turón. La visita no fue casual: el equipo liderado por Javier Gallego fue invitado por la Caja de Resistencia, una iniciativa de la concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Mieres para impulsar la solidaridad, defender la libertad de expresión y apoyar a los trabajadores de la cultura frente a la censura y la persecución política.
Javier Gallego no habla, dispara. Su voz en la radio es una mezcla entre mitin y verso afilado, entre la urgencia del periodismo y la poesía de la indignación. Posee un tono enérgico y dinámico, capaz de transmitir tanto la urgencia de una denuncia como la sutileza de una reflexión poética. Su versatilidad le permite conectar profundamente con su audiencia, alternando entre la crítica mordaz y la empatía, características que han consolidado su reputación en el ámbito radiofónico. No es solo un locutor: su estilo directo y su narrativa crítica han convertido su programa en un referente del periodismo alternativo.



Ese tono directo y combativo ha sido la seña de identidad de Carne Cruda, que ha encontrado en la independencia su mayor fortaleza. El programa nació en la radio pública, pero en 2012 fue cancelado. La cadena argumentó motivos económicos, aunque su tono combativo y su compromiso con la denuncia social llevaron a algunos a interpretar la decisión como una cuestión política. Tras un paso fugaz por la Cadena SER, el programa resurgió como un medio totalmente independiente, dentro de la plataforma de eldiario.es, sostenido por sus oyentes y con una comunidad fiel que lo ha llevado a lo más alto. Su trayectoria le había llevado a conseguir el Premio Ondas al Mejor Programa de Radio en 2012, consolidándose ya entonces como un espacio imprescindible para quienes buscan información crítica y sin censura.
En esta edición especial en Mieres, Carne Cruda abrió el debate sobre la censura en el arte y la cultura, con la participación de María Cotiello, Rocío Antela, Abel Azcona, Lola Eiffel, Dixebra, y la música de Pablo Und Destruktion como broche de oro.
La emisión en Mieres llega en un momento clave, en el que la censura en la cultura es un tema central en el debate público. Javier Gallego lo tiene claro: “Cuando uniformizas el pensamiento, en realidad lo estás eliminando”, advierte Gallego. Y añade: “Estamos entrando en un terreno peligroso, con claros intentos de censura y persecución del pensamiento crítico”.
Historia de la censura en Carne Cruda
Carne Cruda fue cancelado en Radio 3 en 2012, tras la victoria del PP, y en su momento la cadena argumentó motivos económicos. Incluso Tomás Fernando Flores, actual director de Radio 3 desde entonces, llegó a decir que era un programa sensacionalista. En un comunicado, usted afirmó que le habían advertido que esto podía ocurrir, pero que desestimó esa posibilidad. ¿Por qué creyó que el programa no sería cancelado?
Porque creí en la palabra del director de Radio 3. Me lo negó hasta en tres ocasiones, como San Pedro, y confié en su palabra. Pensé que al estar en Radio 3, una emisora que no es meramente informativa y que no era la prioridad del gobierno de turno para ejercer su control, podríamos pasar desapercibidos. Creí que estaríamos fuera del radar y que eso nos protegería. Pero me equivoqué. Los oyentes ya advertían que esto podía pasar. Algunos invitados también lo decían porque consideraban que lo que se abordaba en Carne Cruda era demasiado fuerte para lo que suele escucharse en los medios en España. Aquí hay una gran autocensura y ciertos discursos están silenciados o invisibilizados. Nos decían: “Esto que decís aquí no es admisible para quienes realmente controlan los medios de comunicación”. Y tenían razón.
Parece que siempre hay este tipo de cambios y cancelaciones según quién gobierna. ¿Cree que es inevitable que RTVE refleje la batalla política?
No debería. Es responsabilidad de los ciudadanos exigir que los medios públicos no sean órganos de propaganda de los partidos políticos. Pero, desgraciadamente, ocurre. RTVE ha sido repartida entre PP y PSOE durante décadas y las televisiones autonómicas suelen estar aún más sometidas a este control. No tenemos mecanismos sólidos para garantizar la independencia de los medios públicos y evitar la injerencia política. Paradójicamente, los medios públicos deberían ser lo contrario de lo que son: los que fiscalicen al poder. Pero sin garantías de autonomía, esto no sucede. Y cuando los medios públicos se convierten en herramientas de propaganda, pierden credibilidad, pierden audiencia y terminan desapareciendo. Y eso siempre favorece a los grandes grupos privados de comunicación. En la época de Zapatero se impulsó una reforma que otorgó cierta independencia a RTVE, poniendo la dirección en manos de profesionales. Esa independencia duró hasta que el PP volvió al gobierno y cambió las reglas del juego y vino la purga: eliminaron Carne Cruda y otros programas de éxito, como Asuntos Propios de Toni Garrido, 59 segundos de Ana Pastor o el espacio de Juan Ramón Lucas en RNE. Nos hemos acostumbrado a este juego de control político sobre los medios públicos. Hay que reconocer que no tenemos cultura democrática suficiente para exigir que esto no ocurra. Las sociedades democráticas necesitan medios públicos independientes y esa es una lucha que nos concierne a todos.
Después de su salida de la radio pública, Carne Cruda tuvo un breve paso por la Cadena SER. Se dijo que la salida fue de mutuo acuerdo. ¿Pero cuál fue el motivo real de la marcha?
El mutuo acuerdo fue que no estábamos de acuerdo. La línea editorial del programa ya no encajaba con la de la Cadena SER. Cuando nos contrataron, fue precisamente para darle voz a un programa censurado. Pero tras una temporada y media como pódcast, porque nunca llegamos a emitir en antena, pese a los buenísimos datos de audiencia que teníamos, la dirección concluyó que Carne Cruda no encajaba con la línea editorial de la SER. Lo que sí agradecí a la SER es que fueron claros en sus razones. En Radio 3, el director intentó encubrir su censura con excusas ridículas. Pero ni fue por dinero ni porque el programa fuera sensacionalista. Lo que tenía Carne Cruda era una audiencia sensacional y eso se demostró con la reacción masiva que hubo tras la cancelación. Aun así, esa salida de la SER nos llevó a lo que considero la etapa más interesante de Carne Cruda: nuestra independencia absoluta. Lo que siempre habíamos defendido en el programa se convirtió en realidad.

Antes de llegar a estos desenlaces en RTVE y en la Cadena SER, ¿hubo presiones reales para modificar o eliminar el enfoque del programa?
Las hubo y es evidente que no aceptamos las presiones. Si lo hubiera hecho, si hubiera aceptado recortar el programa, suavizar el tono o censurar ciertos temas, probablemente seguiríamos en antena. En Radio Nacional pasamos de 0 a 100 en un segundo. Fue un programa con libertad absoluta, defendido por la dirección de Radio 3, Lara López en su momento, y por el jefe de programas de la emisora, Benigno Moreno. Ambos apostaron por Carne Cruda y lo protegieron con uñas y dientes frente a presiones políticas. Porque presiones hubo. Dimos pisotones que no sentaron bien, especialmente al PSOE, que estaba en el gobierno. Pero en aquel momento, la dirección de Radio Nacional hizo lo que debe hacer un medio: proteger al periodista si está haciendo bien su trabajo. En la Cadena SER, sin embargo, sí hubo presiones muy fuertes por parte de anunciantes, a los que habíamos molestado con algunas sátiras y críticas, y también de instituciones importantes del país. Fuimos muy duros con el bipartidismo, con la monarquía…
“La monarquía tiene mucho más poder del que muchos creen”
¿También tuvieron problemas con la Casa Real?
La monarquía tiene mucho más poder del que muchos creen. Nosotros sabemos perfectamente el poder que tiene la Casa Real porque está muy relacionada con los consejos de administración de las grandes empresas, incluidas las de comunicación. No les gusta la crítica. Nuestra etapa en la SER coincidió con el declive de la figura de Juan Carlos I y la posterior abdicación. En aquel momento, Carne Cruda estaba en la SER y nosotros éramos muy críticos con la monarquía, hacíamos muchas parodias del personaje. Y eso molestaba. La Casa Real tiene tentáculos, creo que los utilizaban más con el anterior monarca que con este, aunque no descarto que sigan haciéndolo cuando ciertas informaciones dañan la imagen de la institución. En Radio Nacional, hasta la censura, tuvimos una defensa interna que nos protegió de estas presiones. En la Cadena SER, la dirección de Hora 25, donde teníamos una sección, sí nos protegió. Pero los cargos directivos más arriba, no tanto. Al final, esas presiones también influyeron en el desacuerdo que llevo a nuestra salida.
Medios independientes y autofinanciación
En un panorama mediático dominado por grandes conglomerados y por la publicidad institucional, ¿hasta qué punto los medios independientes como Carne Cruda pueden competir en términos de impacto e influencia?
Es muy difícil. Evidentemente, nosotros no podemos competir en términos cuantitativos: no tenemos el presupuesto que manejan los grandes grupos mediáticos. Donde sí competimos es en lo cualitativo. Ofrecemos una información que mucha gente sigue buscando, y por eso somos sostenibles. Desgraciadamente, no somos mayoritarios, pero sí somos una minoría ruidosa, una minoría muy movilizada. La audiencia que sigue a los medios independientes está muy comprometida con la democracia y con la información. De hecho, es esta audiencia la que sostiene los medios independientes a través de la financiación. Nosotros tenemos un acuerdo con nuestros oyentes: son ellos quienes hacen posible que el programa siga adelante, sin depender de grandes medios, grandes marcas o anunciantes. Por supuesto, tampoco de partidos políticos ni empresas. Así que, aunque no tenemos el alcance masivo de los grandes medios, nuestra relevancia no se mide solo en cifras, sino en el impacto que generamos en nuestra comunidad.
No es el caso de Carne Cruda, pero el periodismo independiente que apuesta por la autofinanciación para preservar su libertad editorial también puede enfrentar desafíos económicos que derivan en precariedad. ¿Este modelo es sostenible a largo plazo?
Es cierto que el fantasma de la precariedad siempre acecha a los medios independientes. Al apartarse de los grandes anunciantes o al reducir su perfil de anunciantes a marcas muy comprometidas política y socialmente, la incertidumbre y la inestabilidad son riesgos constantes. Por eso, muchos medios independientes han optado por fórmulas mixtas. No basar el modelo de negocio exclusivamente en la financiación de oyentes o lectores, sino diversificar ingresos: buscar acuerdos con marcas afines al proyecto, organizar eventos o festivales alineados con la línea editorial, hacer actos públicos que ofrezcan algo a la audiencia y que al mismo tiempo contribuyan a la financiación. Ese es el camino que nosotros seguimos para esquivar la precariedad. Carne Cruda es un proyecto sostenible, que da de comer a diez personas con sueldos dignos. Hemos cuidado nuestro crecimiento para que esa sostenibilidad se mantenga en el tiempo y para que las condiciones de trabajo sean buenas. Es un trabajo duro, un camino a veces complicado, pero creemos que es esencial. La precariedad es una forma de censura o de limitación de las capacidades de un medio. Si vives en precario, no puedes hacer la mejor información posible porque las condiciones materiales también determinan las condiciones simbólicas. Y, de hecho, la precariedad es una de las herramientas más eficaces para controlar a los periodistas en los medios no independientes, en aquellos donde el gran capital está encima. Si un periodista tiene miedo de perder su trabajo, esa es probablemente una de las formas más sutiles y efectivas de censura que existen.
La censura en España
El término “cultura de la cancelación” se ha utilizado para describir reacciones ante ciertos discursos o figuras públicas, especialmente en redes sociales. Es un concepto que se menciona con frecuencia en sectores de la derecha y la ultraderecha. Para algunos, es una forma de censura, para otros, un ejercicio legítimo de crítica. ¿Cree que este fenómeno realmente existe?
Creo que su impacto es bastante más relativo de lo que la derecha y la ultraderecha dicen. De hecho, suelen utilizar el concepto como una herramienta para desvirtuar las críticas que reciben o para desacreditar el legítimo ejercicio del disenso. Muchos de los personajes que se dicen “cancelados” siguen teniendo columnas en medios de gran alcance, aparecen habitualmente en televisión o radio, o sufren una censura mínima durante unas semanas antes de reaparecer sin mayores consecuencias. Es decir, se exagera mucho la fuerza que tiene este fenómeno. Dicho esto, creo que es un tema sobre el que merece la pena reflexionar. En algunos casos, la cancelación puede adquirir un tono excesivamente punitivo y no dejar espacio a la reinserción o el aprendizaje. Como en cualquier otro mecanismo sancionador, debe haber una vía para que la persona cancelada pueda rehabilitarse o cambiar. Es un fenómeno que la izquierda debería debatir más a fondo. Me estoy leyendo un libro que se llama Cancelar no es transformar, que plantea precisamente esta cuestión: la cancelación a menudo se centra en individuos, pero no genera cambios estructurales profundos. Es un debate interesante, porque responde a la frustración de una parte de la sociedad que no encuentra otros mecanismos de reparación ante ciertas agresiones o violencias. Sin embargo, creo que muchas veces sobrevaloramos su impacto real y no nos preguntamos lo suficiente si realmente está ayudando a transformar la sociedad de la manera en que quisiéramos.

Por otro lado, los medios independientes dependen en gran medida del apoyo de su comunidad de oyentes, en su caso de una comunidad de oyentes. ¿Crees que esta relación puede generar expectativas o presiones por parte de los propios oyentes que, de algún modo, influyan en la libertad del periodista o en la línea editorial del medio?
Es una pregunta muy interesante, porque ahí está el quid de la cuestión en los medios que se financian con su audiencia. Siempre respondo lo mismo: el peligro existe. Está la tentación de amoldarse a lo que crees que tus oyentes o lectores esperan de ti. Pero hay una diferencia fundamental: los oyentes no financian el medio para oír lo que quieren oír, sino porque quieren escuchar lo que los periodistas tengan que decir. Es una diferencia importante. No se trata de que el periodista diga lo que el público espera, sino de que el público confíe en el criterio, la honestidad y la profesionalidad de quienes hacemos periodismo. Por supuesto, esa tensión existe y, de hecho, algunos oyentes nos escriben en ese sentido: “Me has decepcionado mucho, no esperaba que dijeras esto”, “Estoy completamente en desacuerdo, voy a darme de baja de la suscripción”. Es una especie de amenaza que algunos utilizan en medios independientes. Yo siempre les respondo: “Tú no me pagas para dirigir lo que yo digo, sino para garantizar mi independencia para decirlo”. Es inevitable que a veces no estemos de acuerdo. Y precisamente lo interesante es que dentro de círculos afines podamos debatir y tener opiniones distintas. Magda Bandera, la directora de La Marea, dice algo con lo que estoy totalmente de acuerdo: tenemos que ser capaces de desafiar a nuestra audiencia, de cuestionarla y de dejar que nos cuestionen a nosotros también. Creo que ese diálogo es lo que realmente enriquece a estos medios.
“Está la tentación de amoldarse a lo que crees que tus oyentes o lectores esperan de ti”
Caja de Resistencia
La iniciativa Caja de Resistencia en Mieres aborda las prohibiciones y cancelaciones en la cultura promovidas por la derecha y la ultraderecha. A lo largo de la historia, la cultura ha sido un espacio donde se han desafiado normas, pero también donde se han impuesto límites. ¿Hasta qué punto las restricciones al arte y la expresión cultural, del tipo que sean, influyen en la forma en que una sociedad construye su identidad y debate sus propias ideas?
Todo el acervo cultural e informativo es lo que construye simbólicamente una sociedad. Lo que una sociedad piensa está determinado por lo que recibe. Si se limitan las posibilidades, si se cercenan la información y la cultura, será una sociedad amputada. La censura reduce la capacidad de pensar, de cuestionar, de rebelarse ante la adversidad o la opresión. Por eso funciona la censura, porque ni siquiera te da la posibilidad de imaginar que existe otra manera de pensar. Cualquier sociedad que ha vivido una larga dictadura, como es el caso de España, sigue sufriendo las consecuencias de esa amputación cultural. El franquismo dejó una mentalidad censora y regresiva que todavía persiste en ciertos sectores. En España hay quienes consideran que ciertas cosas no se pueden decir, que ciertas expresiones artísticas o periodísticas deberían ser vetadas, que determinados creadores no deberían dirigirse al público. Por eso sigue existiendo la censura, porque aún hay gobiernos autonómicos, nacionales y municipales que creen que tienen la potestad de decidir qué se puede decir y qué debe escuchar la sociedad. Y eso es gravísimo.

¿Diría que esta censura responde a una estrategia programada dentro de lo que se denomina “batalla cultural” entre derecha e izquierda?
No creo que haya un Club Bilderberg de la censura, pero sí que hay una estrategia. Hay un plan, por supuesto. Si lo miramos en términos globales, uno de los hombres más poderosos del mundo, el presidente de Estados Unidos, tiene en su entorno a otro de los hombres más ricos y poderosos, Elon Musk, que compró una red social precisamente para controlarla, para censurar ciertos discursos y favorecer otros. Si lo llevamos al plano local, cada intento de censura que vemos, como impedir que se represente una obra de teatro, que no se celebre un concierto o que un artista no pueda actuar en determinada zona, forma parte de una estrategia de control cultural. Todo esto busca invisibilizar y silenciar discursos disidentes para privilegiar el discurso hegemónico. Y como decía antes, si no te exponen a ciertas ideas, difícilmente podrás acceder a ellas, por muy inquieta que sea tu mente. Si tu mente no tiene alas, difícilmente podrá volar porque ni siquiera podrás imaginar que puedes volar.
En este contexto de creciente polarización política y con el auge de la ultraderecha, que además parece empujar a las derechas a posiciones más extremas, ¿cómo cree que evolucionará el debate sobre la libertad de expresión en el futuro más inmediato?
Es muy preocupante. Muchos de los que se autodenominan libertarios, apropiándose de un término que pertenece al anarquismo y a los movimientos que han defendido históricamente la libertad, en realidad son liberticidas. No buscan ampliar la libertad de pensamiento y de expresión, sino todo lo contrario: restringirla y perseguirla. Estamos entrando en un terreno peligroso, con claros intentos de censura y persecución del pensamiento crítico. Ya están tratando de acallar y marginar las voces más subversivas, de hacer que el pensamiento libre se convierta en algo minoritario o marginal. En esta lucha por el relato, las ultraderechas, que son autoritarias y en muchos casos abiertamente totalitarias, buscan uniformizar el pensamiento, imponer una visión homogénea de la sociedad. Por eso creo que estamos en un momento decisivo en el que hay que defender más que nunca la libertad de expresión. Iniciativas como la Caja de Resistencia en Mieres son fundamentales precisamente por eso: para reivindicar la libertad de pensamiento y protegerla frente a la presión autoritaria que estamos viendo crecer. La libertad de expresión es la base de la democracia y defenderla es defender el sistema que queremos preservar.



























