Caperucita en Manhattan
Basada en la novela de Carmen Martín Gaite
Versión y dirección: Lucía Miranda
Intérpretes: Mamen García, Marcel Mihok, Miriam Montilla, Carmen Navarro y Mar Calvo
Centro Niemeyer, viernes 25 de abril, Avilés
Son contadas las ocasiones donde la literatura y la escena confluyen con tanto éxito. La novela de Carmen Martín Gaite llevó a los lectores al teatro y el trabajo de Lucía Miranda y las actrices los convierte en espectadores con el ojo crítico encendido para ver hasta dónde el placer y mensaje de lo leído coincide con lo visto. Nada hay más satisfactorio para el teatro que este entusiasmo y atracción interesada. La propuesta de Lucía con la escenografía de Alessio Meloni –lavadoras de lavandería– sortea inteligentemente la iconografía tópica de la arquitectura neoyorkina y hace que la épica literaria argumental, la palabra, no pierda fuste y esplendor, mientras la acción y teatralidad reafirman su identidad complementaria. ¿Se puede disfrutar del espectáculo sin haber leído la novela? Es posible. Pero no de la misma manera y con la misma intensidad. Quien no permanezca atento a los muchos personajes que aparecen puede no aclararse del todo con la historia. Mayoritariamente el público adulto del Niemeyer participó de esa cohesión de contrastes, aunque me cuentan que en la función matinal para institutos, presumiblemente con menos espectadores conocedores del libro, el éxito fue también rotundo. Y es que el buen ritmo y humor de las actrices, su mucho arte, garantizan ya de por sí una seducción sin paliativos.

La Caperucita de Martín Gaite combate la simbología del peligro y el miedo del cuentecillo de Perrault, la vulnerabilidad de la inocencia del niño, tan aleccionadora. Pero su apología libertaria es más romántica que de viaje iniciático o enigma de rito de paso, más contestataria y rebelde a lo Mafalda con algo de Pippi Calzaslargas, que Alicia en el país de las maravillas. El apurado crítico-existencial que le hace Miss Lunatic al mercado, el establishment y las convenciones, convierte la retórica hueca de la Estatua de la Libertad en un bello símbolo comprometido con los humildes, la creatividad y vida aventurera. Y bien está que siempre que miremos a la efigie veamos a la mendiga.
Mar Calvo se mueve por el escenario como una lagartija inquieta e inconformista encarnando a Sara Allen-Caperucita, vibrante y con chispa, tierna y movida por coreografías muy marcadas. Mamen García lo borda como la deliciosa y enigmática Miss Lunatic, que conduce a Sara por el camino vital. Es una clochard maravillosa reivindicando la vida sin prisas, sin miedos, la curiosidad, la dignidad y la compasión, mientras le pega un lingotazo a la botella de bourbon. Carmen Navarro compone un montón de personajes con una versatilidad asombrosa, desde la vecina pin-up con rulos y cigarrillo, un fontanero (el padre o vecino, no recuerdo) o un resignado policía de hombros caídos. Aunque donde se luce de veras es como excepcional regidora de una película donde se convierte en extras a los espectadores. Un tour de force envolvente y desquiciante que nos encandila por su verbo frenético, tartamudeante e inseguro. Miriam Montilla da vida a las dos progenitoras contrapuestas, a la madre enferma de miedo e inseguridad, controladora y adicta a los ansiolíticos, y a la opuesta abuela de voz aguardentosa, sarcástica y con un maravilloso pasado artístico. Y por último, Marcel Mihok con el contrabajo hace de Míster Woolf.
La caracterización y el vestuario es puro cómic y estampación pin-up. Un planteamiento pop con lavandería apropiado para una fantasía de cuentecillo en la selva metropolitana neoyorquina. Un canto a la libertad y a la rebeldía que rezuma la complicidad y sintonía de la directora y las actrices y que traspasó a un público entusiasmado que abarrotó el auditorio. Al éxito editorial de Carmen Martín Gaite le corresponde este merecido éxito escénico.



























