Espinosa de los Monteros: el hijo pródigo vuelve a casa

José María Aznar y el ex dirigente de Vox compartirán escenario este jueves en el Teatro Campoamor de Oviedo.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en historia. Colabora con medios como La Marea, Público o Jot Down y es coordinador de El Cuaderno. Es autor de 'Yo podría haber sido Fidel Castro' (2024).

La izquierda tiende a la división y ello motiva chistes, memes, referencias a La vida de Brian y a la partición del átomo, etcétera. Pero hay, también, muchas derechas, e incluso muchas ultraderechas. En España, Vox ha sido un partido en cuyo interior han cohabitado y se han enfrentado al menos dos. El partido nació en 2014 como escisión del PP, formada por militantes frustrados con lo que consideraban la flojera del partido matriz bajo Mariano Rajoy; su claudicación cultural ante la izquierda. Y una de sus dos mitades sería después aquella que lo que deseaba era simplemente una versión endurecida del PP; un partido ultraconservador, pero que siguiera cayendo dentro del perímetro de lo liberal, lo europeísta y lo atlantista. Pero había otra mitad: una cuyos integrantes bien podían haber pasado también por el PP, pero que del nuevo partido querían menos un PP alternativo que la resurrección guadianesca de la vieja Fuerza Nueva; una formación más netamente fascista. Por este afluente, al partido arribaron muchos antiguos militantes de organizaciones falangistas e incluso neonazis, de los cuales el rostro principal terminó siendo Jorge Buxadé, quien fuera militante, en los noventa, tanto de Falange Española de las JONS como de Falange Auténtica. El liderazgo universalmente respetado de Santiago Abascal enmascaró durante años una sorda pugna interior por el control de la formación que terminó resolviéndose a favor de los buxadistas, y en contra de los liberales cuyo mascarón de proa había sido Iván Espinosa de los Monteros, que habían empezando ganando el partido.

Espinosa de los Monteros es hijo de Carlos Espinosa de los Montero y Bernaldo de Quirós, IV marqués de Valtierra, un hombre en cuyo currículum destacan por igual lo empresarial y lo funcionarial. Presidente del Círculo de Empresarios entre 1991 y 1999, ha ocupado cargos en empresas como DaimlerChrysler AG o Inditex, pero también ha sido vicepresidente del Instituto Nacional de Industria (INI) con UCD, de 1979 a 1983; presidente de Iberia con Felipe González, de 1982 a 1985, y alto comisionado del Gobierno para la Marca España con Rajoy, de 2012 a 2018. Él no es el Espinosa de los Monteros más antiguo con nombre azul en Wikipedia: ya el tatarabuelo de Iván, el primer marqués de Valtierra, había sido diplomático; y uno de los hijos de este, Eugenio —tío bisabuelo de Iván— fue embajador en la Alemania nazi y estuvo presente en la célebre reunión de Franco y Hitler en Hendaya, en 1940. Este pedigrí de Estado y la capacidad de ser enlace de Vox con el IBEX-35 colocaba a Iván Espinosa en buena posición para hacerse con las riendas efectivas de Vox, por debajo del caudillaje más decorativo que efectivo de Abascal: un hombre respetado en la formación por su pasado de víctima directa de la violencia de ETA, con buena capacidad oratoria y elementos satisfactorios para ambos bandos, pero sin demasiadas luces ni dotes de mando por lo demás. El poder efectivo siempre lo han tenido otros y durante algún tiempo lo detentaron Espinosa y su mujer, Rocío Monasterio, pero el sector falangista movilizó sus piezas, fue adquiriendo poder y acabó precipitando su caída. 

La capacidad de ser enlace de Vox con el IBEX-35 colocaba a Iván Espinosa en buena posición para hacerse con las riendas efectivas de Vox

Espinosa abandonó su cargo de diputado y portavoz parlamentario en 2023, poco después de las elecciones generales de ese año, aduciendo su desgaste emocional por las dificultades de salud por las que habían atravesado algunos familiares, pero a todo el mundo le pareció claro el motivo real: la apropiación del partido por parte del sector buxadista, que había logrado «bunkerizar» la confección de las listas electorales, sobre la cual los espinosistas apenas tuvieron influencia, y apartar de ellas a miembros destacados de ese sector como Mireia Borrás o el economista neoliberal Rubén Manso, que había sido el gurú económico del partido. Manso denunciaba después a «una facción muy a la derecha que se han hecho con el poder» y que promovía un enfoque «nacionalcatólico intervencionista». Según se publicó entonces, en lo inmediato, Espinosa dimitió tras enterarse de que se le pretendía apartar del cargo de portavoz en favor de Ignacio Hoces: un politólogo integrista cuya tesis versó sobre Cándido Nocedal, el líder ultracatólico del siglo XIX.

Carlos Espinosa de los Montero y Bernaldo de Quirós

Espinosa, bastante desaparecido desde entonces, salta ahora, de nuevo, a la actualidad: publica un ensayo —“España tiene solución: hacia un futuro brillante y próspero”—, da una sonada entrevista El País, se especula sobre su regreso al PP y visita este jueves Oviedo, como uno de los invitados al VI Encuentro Ciudadano de la Fundación Libertad y Desarrollo, bajo el título «¿Están en peligro la democracia y la libertad?». Allá coincide con José María Aznar, un hombre que no ha optado por la discreción expresidencial desde que salió de la Moncloa en 2004, y un referente a quien el sector defenestrado de Vox siempre miró con más simpatía que el triunfante. Vox siempre ha vilipendiado algunos aspectos del aznarato, tales como las negociaciones con ETA, el acercamiento de más de doscientos presos a cárceles del País Vasco o el Pacto del Majestic. Este último, el de investidura firmado en 1996 con la CiU de Pujol, que traspasó un volumen inédito de competencias a la Generalitat catalana, provocó entonces la dimisión del presidente del PP catalán, Alejo Vidal-Quadras, que con el correr de los años se convertiría en el primer candidato de Vox a unas elecciones, las europeas de 2014. Pero para el sector de Espinosa, más preocupado por lo económico que por lo político, Aznar y el aznarato aparecen más bien como los años dorados del neoliberalismo español.

José María Aznar. Foto: Fundación FAES

Aznar suele vanagloriarse de un logro hoy malbaratado: su PP fue un coche escoba capaz de dar cabida a lo que en el resto de Europa suelen ser dos o incluso tres partidos; el liberal, el conservador y el de extrema derecha. Bajo Rajoy apareció Vox, pero también se produjo la eclosión nacional de Ciudadanos, un partido hoy agonizante, pero que llegó a colocarse cerca del sorpasso al PP. Tras su colapso, la inmensa mayoría de los integrantes que querían continuar su carrera política se fueron al partido de la gaviota, pero queda Vox, y Aznar siempre ha declarado su aspiración a que esas ovejas pródigas regresen al redil. En una entrevista de 2018 en el programa de Ana Rosa Quintana, por ejemplo, describía a Abascal como «un chico lleno de cualidades» y lamentaba que «todo lo que estaba unido, estaba mejor unido que separado». Por otro lado, no escamotea críticas al partido: ironiza sobre su pretensión de ocupar cargos autonómicos, es decir, de gobernar «algo que te quieres cargar»; censura el euroescepticismo, el proteccionismo y las simpatías trumpistas, putinistas o lepenistas; en marzo de 2025, incluso declaraba que, en política internacional, se sentía más próximo a Felipe González que a Santiago Abascal, refiriéndose en particular a la guerra de Ucrania. Pero es en cualquier caso, alguien capaz de llamar veladamente a un golpe de Estado contra Pedro Sánchez. Bastan pocas palabras al buen entendedor de una declaración como esta: «El que pueda hablar, que hable; el que pueda hacer, que haga; el que pueda aportar, que aporte; el que se pueda mover, que se mueva. Cada uno con su responsabilidad tiene que ser consciente de la situación de crisis en la que estamos».

La ensalada que sale de reunir todos estos ingredientes es un neoliberal europeísta y atlantista, defensor del régimen del setenta y ocho, enemigo del antisistemismo aunque sea de derechas; pero al tiempo autoritario, defensor de una segunda transición que lime las aristas más progresistas del orden posfranquista y esté dispuesto al putsch si otros intentan desencadenarla por el otro lado. Y en ello hay un encuentro fácil con el espinosismo. Espinosa, el pasado 14 de mayo, manifestaba durante una presentación de su libro en Madrid —acompañado por Cayetana Álvarez de Toledo— que España se halla en un momento «muy delicado» y apuntaba a la necesidad de «hacer un esfuerzo y volver a vertebrar las alianzas» ante el «enemigo común» de «los políticos de izquierdas y separatistas», que «están haciendo mucho daño a nuestra nación». El idioma espinosista se diferencia del aznariano como el gallego del portugués o el serbio del croata. Y parece cuestión de tiempo que el hijo pródigo vuelva a la casa del padre.

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