Un gobierno de izquierdas en Oviedo tiene algo de cometa Halley, un fenómeno anómalo y extraordinario que pasa cada bastante tiempo. En la reciente historia democrática de España la capital asturiana solo ha estado gobernada por las izquierdas entre 1983 y 1991, y 2015 y 2019. Este 24 de mayo se cumple una década de la última vez que el cometa Halley se dejó ver por Oviedo, propiciando un vuelco electoral que puso fin a 24 años de gobiernos conservadores.
Que los números daban para una victoria de las izquierdas en la capital asturiana se empezó a vislumbrar por los observadores más atentos en las elecciones europeas de 2014, unos comicios marcados por la crisis, los recortes, la resaca del 15M y el post 15M, y la espectacular irrupción de Podemos. Aquella noche, al analizar los resultados de las europeas en el concejo, una periodista local exclamó una frase premonitoria: “El PSOE podría gobernar en Oviedo con IU y La Madreña”, en referencia al centro social ocupado en el que por entonces participaban muchos de los fundadores de la formación morada.

Tan solo una año más tarde la premonición se cumplía, y si bien Somos Oviedo/Uviéu resultaba la fuerza más votada en el bloque de izquierdas, sería finalmente el socialista Wenceslao López el que se alzaría con la alcaldía tras un pleno de infarto en el que Ana Taboada renunció en el último momento a su candidatura, vetada por la FSA-PSOE de Javier Fernández, para dar sus votos al PSOE y enviar a la oposición a Agustín Iglesias Caunedo.
Aquella noche, al analizar los resultados en el concejo, una periodista local exclamó una frase premonitoria: “El PSOE podría gobernar en Oviedo con IU y La Madreña”
Un gobierno intenso e intensito
Durante sus cuatro años de vida el gobierno de izquierdas desplegó una impresionante batería de medidas que fueron desde los planes de empleo y la remunicipalización de varios servicios privatizados a la renovación de la oferta cultural y festiva de la ciudad, la pintura de grandes murales, la creación del parque del Fulminato, la eliminación del callejero franquista, las primeras experiencias de participación ciudadana o la puesta en marcha de una política de becas, conciliación y desayunos escolares sin precedentes en el municipalismo ovetense.
La izquierda también puso fin a despilfarros como el hípico de El Asturcón, una sangría para las cuentas municipales, bajó el IBI a los vecinos y lo subió a las grandes propietarios, y levantó las alfombras de 24 años de escándalos gabinistas como el Caso Villamagdalena. También logró los fondos europeos para la construcción del Bulevar de Santuyano, un proyecto surgido del movimiento ciudadano, y que el gobierno de Canteli ha tenido que continuar, aunque sea a su manera, después de haber prometido en la campaña de 2019 un fantasioso soterramiento de la autopista que rápidamente fue olvidado.




El gobierno acertó probablemente en lo programático, suspendió en un capítulo tan apreciado por el ciudadano como las obras, la política local más visible y tangible, erró el tiro en algunas batallas culturales que quizá no tocaba dar, sobre todo con tanta vehemencia, y fracasó sobre todo en su comunicación exterior y la gestión de sus diferencias internas.
El clima nacional, marcado por la pugna entre PSOE y Podemos, así como por el temor de IU a desaparecer eclipsada, no ayudó a las buenas relaciones de un grupo humano en el que eso que llaman química fue siempre una sustancia escasa.
Preocupadas más por reforzar su identidad que por salvar un gobierno que siempre fue débil y acosado, las tres fuerzas progresistas terminaron desdibujando su acción en una bola de ruido que la prensa local, alineada con los viejos poderes de la ciudad, supo presentar con éxito como el “tripartito de los líos”.
Preocupadas más por reforzar su identidad que por salvar un gobierno que siempre fue débil y estuvo acosado, las tres fuerzas progresistas terminaron desdibujando su acción en una bola de ruido
El “lawfare” en pequeñito
De la animadversión de esos viejos poderes por quienes siempre fueron vistos como “okupas” a desahuciar, da cuenta que todavía en 2022 los antiguos miembros de la junta de gobierno llegaran a ser juzgados por la autorización de algo tan inocente como un mercadillo. No fue el único caso en el que la oposición se judicializó con la inestimable colaboración de jueces marchosos y periodistas convenientemente alineados. Todo ello en una ciudad en la que el negocio privado a cuenta del erario público ha sido y vuelve a ser la norma.


Como en otras “ciudades del cambio”, 2019 supuso un baño de realidad con una sociedad que pasado el tiempo del cabreo y la impugnación, resultaba mucho menos rupturista e iconoclasta de lo que parecía cuatro años antes, cuando las plazas se habían llenado para aclamar a Ada Colau, Manuela Carmena, Pedro Santiesteve, Xulio Ferreiro, Martiño Noriega o Ana Taboada. Quizá quienes entre 2015 y 2019 detectaron el cambio y fueron adaptándose a esta normalización política resistieron mejor el giro que se venía. La ola del post15M se agotaba, la economía daba un respiro a quienes se habían visto con el agua al cuello y el PSOE de Pedro Sánchez recuperaba parte del terreno perdido ante los jóvenes turcos de Podemos. En Oviedo sin embargo la buena racha del PSOE no sería suficiente para que Wenceslao López lograse revalidar la alcaldía. El PSOE crecía, pero a costa del vaciado de sus posibles socios de gobierno, Somos e IU, a los que dejaba en los huesos. El pacto con Ciudadanos pronto se revelaría como una quimera.
Diez años después de todo aquello la derecha parece más fuerte que nunca. Que sea con una figura tan poco brillante como Alfredo Canteli solo refuerza la impresión de que las raíces sociales y culturales de este conservadurismo son fuertes y profundas, capaces de aguantarlo todo, hasta a alguien como el actual alcalde. El cometa Halley no parece por ahora a la vista.



























