El Ayuntamiento de Oviedo/Uviéu ha contratado recientemente los estudios geotécnicos para construir el segundo aparcamiento subterráneo privado en el centro de la ciudad, esta vez en El Campillín. Pero más allá de cifras, planos o concesiones, lo que es seguro es que lo primero que caerá bajo esta operación serán los majestuosos árboles que desde hace décadas configuran este espacio. Para hacer viable la obra, su tala será inevitable. Como kamikazes en sentido contrario, en este caso del sentido común y de los tiempos, el gobierno carbayón vuelve a apostar por lo que la ciudad menos necesita: más esplanadas, más hormigón, más plazas duras, menos verde y menos vida.
El coste ambiental es incuestionable. En lugar de conservar y revitalizar espacios centrales pensados para el encuentro y el respiro vecinal, se apuesta por destruirlos. Y todo ello para levantar un aparcamiento que, bajo el pretexto de ser “disuasorio”, se situará en pleno corazón urbano. Una flagrante contradicción: los aparcamientos disuasorios, por definición, deben situarse en las afueras, no en el centro. Su función es evitar que los vehículos privados penetren en las zonas más congestionadas y contaminadas, no invitarles a hacerlo.
Pero el plan del Ayuntamiento es claro: se trata de combinar esta infraestructura con la implantación de la Zona de Bajas Emisiones (ZBE). Así, quien quiera acceder al centro podrá hacerlo… pagando. Se convierte así una política ambiental en un sistema de peaje urbano, en una nueva fuente de beneficios privados. Lejos de promover el transporte colectivo, la bicicleta o el caminar, se refuerza la lógica de que quien puede pagar, puede contaminar. Bajo el barniz de sostenibilidad se esconde un proceso de privatización del espacio urbano que perpetúa desigualdades y erosiona el carácter común de la ciudad.
El Campillín no es un simple parque, es un lugar de vida, de uso cotidiano, y sobre todo de convivencia popular
En Uviéu, las consecuencias van más allá del tráfico. El Campillín no es un simple parque. Es un lugar de vida, de uso cotidiano, y sobre todo de convivencia popular. Allí tiene lugar desde hace años El Rastro, una actividad económica, cultural y social que ya ha estado en otras ocasiones en el punto de mira del actual gobierno municipal. Recordemos que con la excusa de las obras del Fontán ya se intentó moverlo a la periferia. Trasladar las fruterías, pescaderías y resto de puesto del mercado a El Campillín, como si no hubiera otras plazas para ello, para justificar la expulsión de los puestos de El Rastro. Ahora, con el nuevo aparcamiento, llega la excusa perfecta para intentar borrar definitivamente esta expresión de vida vecinal del centro.

La gentrificación no solo se conforma con expulsar a los vecinos, también elimina y desplaza los usos populares del espacio público que pretende tomar. Mientras los ovetenses veremos más obstáculos para acceder al centro y más restricciones en nuestro día a día, ciertos sectores con alto poder adquisitivo, se les facilita entrar hasta el mismo centro. Incluso con vehículos contaminantes, eso no importa, esto no va de sostenibilidad o defensa del medioambiente. Esto va de dinero. Lo esencial es crear un negocio redondo para una corporación empresarial y de inversión obtenga beneficio vendiendo tikets de aparcamiento. Lo que se construye es pues una ciudad privatizada, excluyente y clasista.
Hace treinta años, otro alcalde ya quiso también hormigonar El Campillín para construir, no es casualidad, exactamente el mismo aparcamiento. Loa representantes políticos seguramente estaban ensimismados por los mismos cantos de sirenas de los fondos inversores que les susurraban a los oídos, pero la contestación ciudadana sonó más fuerte y frenó el despropósito. Ante las mismas fratricidas intenciones no nos queda a las y los ovetenses otra alternativa que volver a la misma respuesta. Porque sin árboles, sin usos populares como El Rastro y sin vecinos, lo que queda no es nuestra ciudad: es un decorado.



























