Replicantes pirandellianos

Con "Seis personajes en busca de autor" cuestiona Pirandello la convención teatral, la verdad de la vida y su apariencia escénica.

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

Seis personajes en busca de autor

de Luigi Pirandello

Dirección: Pepa Gamboa y Antonio Álamo

Intérpretes: Aiden Botia, Eva Egido, Ruth, Gabriel, Nuria Gallardo, Ramón Langa, Chema León, Paula Muñoz, Didier Otaola, Montse Peidro, Fernando Ramallo, Jorge Torres y Lena Vega

Centro Niemeyer, 30 de mayo, Avilés

Con Seis personajes en busca de autor cuestiona Pirandello la convención teatral, la verdad de la vida y su apariencia escénica, aunque lo hace a través de un laberinto de espejos, muy provocador y especulativo. No se trata sólo de indagar hasta dónde la mímesis escénica alcanza a representar la vida, sino de mostrar la imposibilidad de transferir la tragedia de seis personajes que se le “escaparon” al autor –sustancias ficticias con identidad autónoma–, de igual manera que los replicantes Nexus-6 se les escapan a los humanos en Blade Runner. Seres con nuestros problemas, idénticos a nosotros, pero pertenecientes a un campo proposicional distinto (limbo o abstracción metateatral) que no acaba de encontrar encaje ni correspondencia plena en el modelo dramático. Un planteamiento original que se complica a medida que descubrimos que los miembros y “caracteres” de esa familia insurgente también mantienen posiciones e “identidades” diferenciadas entre sí, en relación al plano general de exposición. Una propuesta revolucionaria para un teatro de hace cien años que, en cierto modo, anunciaba ya la introspección, fragmentación, transversalidad, crisis y disolución del “personaje”, en lo que hoy acabamos por denominar autoficción o pieza post-dramática.

Foto: Tania González

Pero más allá del juego seudoreflexivo y metateatral, la familia trae consigo un incesto simbólico con final trágico, que es la intriga argumental que sostiene al espectador pegado a la butaca. Paula Muñoz es una fiera escénica y una encantadora Lolita destroyer en el papel de Hijastra, cínica y deslenguada, que dinamita la relación familiar al insistir en que se conozca el suceso. Cruel, incisiva, llena de odio y rabia, posee una verdad incontestable que nos seduce y estremece también por la vulnerabilidad que esconde tras su fiera apariencia. Ramón Langa, más “filosófico”, se rebela de su condición de personaje y destaca como Padre atraído por los encantos de la hijastra. Natural e irónico, reprocha la falsa teatralidad de los actores y profundiza cuando nos interpela y enfrenta a nuestra efímera y cambiante existencia, nuestra identidad de apariencia. Nuria Gallardo es una excelente Madre desgarrada y desgarradora, que sabe contener el sufrimiento como víctima que ha de revivir su castigo eternamente, como si de una condena prometeica se tratase. Aiden Botia sólo con la mirada y un mutismo atroz es capaz de transmitir la compleja psicología del hijo menor condenado a observar y sufrir el tormento. Ruth Gabriel encarna a la altiva y prepotente actriz de la compañía que pasa un poco de todo con mucho humor, y también a Madame Paz, que es quien prostituye a la hijastra. Chema León, que es un neurótico y desquiciado director prendado de la extraña troupe que invade el ensayo sabe muy bien transitar de los tics y nerviosismo del comienzo a un estado febril de visionario enloquecido. Y Eva Egido y Jorge Torres cumplen perfectamente interpretando a los actores principales de la compañía. Ella servicial, nerviosa y dispuesta para todo, y él más escéptico y reacio a las paranoias del director. El resto del elenco, que incluye a la encantadora niña Lena Vega, resuelve satisfactoriamente la función.

El reto de Seis personajes es conseguir un ritmo capaz de ordenar el desconcierto dialéctico y armonizar la tragedia que se avecina con un humor que deviene de los contrastes y situaciones. Pepa Gamboa y Antonio Álamo, desde la dirección, sostienen el ritmo palpitante, cargan las tintas en el cuadro donde los actores parodian la escena del sofá y consiguen un cierre de estampación simbólica muy potente con la bañera como estanque, la niña ahogada y el pistoletazo “verdadero”. Son contadas las ocasiones donde los espectadores podemos disfrutar de una pieza montada con doce intérpretes. El placer de hacerlo con un texto de referencia del siglo XX es otro valor añadido.

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