Dice Santiago Alba Rico en el prólogo de Los años del derrumbe: anotaciones en la red social Twitter (2020-2024), que «es necesario tomarse políticamente en serio todo lo que escribe Moriche. Sus diagnósticos relampagueantes, sus réspices furiosos, sus truculentas depresiones metafísicas, sus adhesiones tajantes —a veces solemnes e incluso pomposas— contienen y desprenden una cuidadosísima descripción epocal y una teoría política muy elaborada, al servicio de la conservación y transformación del mundo». Esto es tan obviamente cierto que casi todo el mundo hace caso al prologuista: no hay nadie que no se tome en serio a Jónatham F. Moriche. Ni sus admiradores, ni sus haters, que forman una legión igual de numerosa, pero que no se limitan a bloquear e ignorar a este tuitero extremeño, como se hace con los trolls y los enfants terribles de tercera. Algunos incluso lo elevan, aunque sea entre maldiciones, a esa superliga de la influencia que es la concesión de un sufijo -ismo, y hablan de morichismo y lo vilipendian, pero no pasan un día sin mentarlo. La definición más escueta de la cosa la dio Ramón Espinar: «una declinación épica del malmenorismo», pero el morichismo es mucho más, incluida alguna sorpresa que saldrá a relucir en esta entrevista.
De todos los tuits que recoge Los años del derrumbe, sin duda mi preferido, el que más me hizo pensar cuando te lo leí por primera vez en la propia red social, es ese que dice que «al marxismo le debemos un montón de instrumentos valiosísimos y vigentes, pero nos ha dejado como herencia negativa una persistente dificultad para abordar el problema del Mal». Walter Benjamin estaría de acuerdo, me parece, ¿no?
Sí, como otros pensadores de su tiempo, que tras un período de cierto optimismo sistémico, resultado de conquistas como la abolición de la esclavitud o los desiguales pero sustantivos avances de la alfabetización, el sufragio universal o los derechos de la mujer, deben afrontar la sucesión de catástrofes espantosas y crueldades desorbitadas que entre 1914 y 1945 forjan el mundo posterior. Tanto el liberalismo humanista como el catolicismo modernista, el anarquismo o el socialismo habían depositado una confianza inmensa y temeraria en la capacidad de mejoramiento humano a través de la reforma social inspirada por la racionalidad científica y el conocimiento histórico, que salta por los aires en ese trayecto espantoso que va de Verdún a Hiroshima. En revisar críticamente esa confianza estaba Benjamin, como también estaban Freud, Adorno o Anders, y en eso volvemos a estar ahora, en tiempos que a menudo y con buenas razones suelen compararse con aquellos. Es una discusión siempre polémica, como lo fue ese tuit que mencionas, porque parece que el mero hecho de plantearla le arroja a uno a las filas de la superstición y la reacción, frente a las fuerzas salvíficas de la reforma social. No creo que sea así. Hay una anécdota sobre esto, no sé si verídica pero en cualquier caso exquisita: en los albores de la revolución soviética, Trotski pregunta a Lenin qué medidas tomará el nuevo Estado socialista contra el antisemitismo, Lenin le responde que ninguna, que el antisemitismo es un subproducto del capitalismo y se irá con él por el sumidero de la historia, y Trotski le replica que el socialismo pondrá fin a muchos de los males de la humanidad, pero lamentablemente la estupidez no será uno de ellos. Creo que Trotski tenía toda la razón ahí y que el socialismo constituiría un modelo social muchísimo mejor que el actual para un despliegue de las mejores tendencias de nuestra naturaleza, pero no supondría la aniquilación instantánea, omnímoda y perpetua de las peores. El capitalismo es un problema gigantesco, monstruoso, pero no el único ni la fuente de todos los demás; hubo formas espantosas de dominación y violencia antes del capitalismo y perfectamente puede seguir habiéndolas después de él. No se trata de renunciar a la socialización de los medios de producción y la erradicación de la ley del valor, sino de entender que después de ellas, en cualquier modo de producción y modelo social posibles o imaginables, la naturaleza humana seguirá siendo enormemente problemática y requiriendo de todo tipo de dispositivos culturales, institucionales y otros para su continuo encauzamiento a mejor. No creo que esto suponga ningún tipo de rendición, porque no creo que haga falta creer que la abolición socialista del capitalismo nos va a convertir a todos en criaturas seráficas para seguir peleando por ella. Al menos a mí, me basta con saber que será un lugar sumamente imperfecto pero en general mucho mejor dispuesto para vivir vidas dignas que esta persistente sociopatía de masas que llamamos capitalismo.
Eres un izquierdista agnóstico, pero muy religion-friendly, y el recientemente fallecido papa Francisco es uno de los personajes que recibe mayores elogios a lo largo de tu libro. ¿A qué se debe ese aprecio? ¿Por qué se equivocan quienes siguen diciendo que la única iglesia que ilumina es la que arde, un pensamiento que podemos rechazar de la manera que queramos, pero fue médula espinal de la izquierda durante mucho tiempo?
No sé si soy exactamente agnóstico. En todo caso no soy un agnóstico pasivo o despreocupado por lo espiritual sino todo lo contrario, desde una perspectiva estrictamente escatológica pero también histórica y antropológica y muy especialmente poética y estética. Decía el compositor argentino Mauricio Kagel que se puede no creer en Dios pero es imposible no creer en Bach, y yo me pregunto hasta qué punto es posible creer en Bach sin creer de alguna manera en Dios, porque por mucho que mapeemos desde una perspectiva rigurosamente materialista la naturaleza de nuestra conciencia, afectos y talentos, del planeta y del universo que habitamos, siguen siendo fenómenos de una vastedad, complejidad y belleza disparatados, abrumadores, que no se agotan en su mera descripción racional por extraordinariamente precisa que esta pueda llegar a ser, y que habilitan una reflexión trascendental que luego se declina en los miles o millones de formas concretas de espiritualidad que se han desplegado a lo largo de la historia humana. Por supuesto que ha habido y sigue habiendo prácticas espantosas de dominación y violencia que buscan su legitimación en la religión, pero el ser humano ha sojuzgado y violentado con casi cualquier excusa imaginable a lo largo de su trayecto sobre este planeta y no podemos suprimirlas todas salvo que suprimamos al ser humano mismo, así que se trataría de dejar de dominar y violentar, no de dejar de preguntarse por el sentido de lo existente y nuestro lugar en él más allá de su indagación materialista, preguntas que han producido también narraciones y objetos bellísimos, dado impulso a avances sociales cruciales y orientado incontables vidas dignas. E igual que creo que podemos construir sociedades que ordenen razonablemente las fuerzas productivas, también creo que podemos vivir en sociedades en las que individual y colectivamente podamos indagar y expresar esa inquietud trascendente sin dañar la vida de otros. Y más en concreto, como agnóstico activo socializado en un entorno cultural cristiano, con el lenguaje y conceptos cristianos como forma no única pero sí principal de exploración de esa inquietud trascendente, no tengo reparo en reconocer que con el papa Francisco he sentido no solo una fuerte camaradería política en asuntos como la denuncia del racismo y la xenofobia, la movilización frente a la emergencia climática o la defensa de Ucrania y Palestina, sino también una cierta representación espiritual.
«Las conmociones descomunales de la última década y media han arrasado las condiciones de posibilidad de las estrategias políticas exclusivamente ilustradas»
En el libro está Benjamin y también está Carl Schmitt. Necesitamos una dialéctica amigo/enemigo, un dragón al que matar, una cruzada, imitar al fascismo en su pasión y en su épica, hasta en su truculencia, poniéndolas al servicio del bien. No se gana solo con el BOE, no estamos en un «momento frío», etcétera: todo esto es una batalla constante tuya.
Sí, y no tanto por gusto como por objetiva necesidad, por mucho que en el pasado mis preferencias estratégicas fueran otras, unas de origen más liberal, otras más socialista, pero en general de corte más clásicamente ilustrado, pero resulta que vivimos los tiempos que vivimos y, con el gusto o disgusto que sea, toca clavar los pies firmemente en ellos para tener alguna oportunidad de transformarlos. Las conmociones descomunales de la última década y media han arrasado hasta los cimientos las condiciones de posibilidad de aquel tipo de estrategias políticas exclusivamente ilustradas. Miremos hacia donde miremos, vivimos un tiempo de absoluta desmesura económica, medioambiental, científico-técnica, cultural, emocional, incluso puramente cognitiva y por supuesto política, que de ningún modo puede ser colmado con pequeñas hipótesis, pequeños planes y pequeñas apuestas. ¿Qué sentido pueden tener, qué atención pueden captar o qué afectos pueden movilizar respuestas pequeñas a la devastación climática y sus proliferantes y letales manifestaciones extremas, al catastrófico balanceo planetario de hegemonías, alianzas y confrontaciones geopolíticas y geoculturales, a este borboteo incesante de acontecimientos inauditos y espantosos como la pandemia, la guerra imperialista rusa contra Ucrania o el genocidio israelí contra Gaza, a horripilantes movimientos de masas como QAnon, el antivacunismo, el colapsismo, el terfismo o el longtermismo? Como decía Marilena Chaui, no podemos seguir viviendo en un mundo que ya no existe y aún menos haciendo política en él. Toca vivir y hacer política en este otro mundo nuevo, lamentablemente mucho peor, que recién estamos empezando a explorar tras toda la oleada de conmociones que describo y apostillo en el libro. Y no creo que nada de todo esto vaya de imitar al fascismo, sino de asumir que ante esta tribulación civilizatoria, ecológica y al cabo antropológica total no se puede seguir anclado a políticas de cabotaje, a éticas procedimentales y respuestas administrativas, a versiones más o menos parcheadas de la teoría de la acción racional o la teoría de la acción comunicativa. Tú a una sociedad que acaba de pasar una pandemia de cuarenta millones de muertos, que conversa con inteligencias artificiales, que ve sus ciudades asediadas por incendios de sexta generación y su salud amenazada por superbacterias, que contempla a diario y en espantoso detalle el curso de un genocidio en reels de TikTok y percibe como horizonte histórico altamente probable ser testigo o víctima de ataques nucleares sobre áreas densamente pobladas ―esto es, en tiempos en que la distancia entre actualidad política y teología política es exactamente ninguna― no puedes ir a hablarle de menudencias porque en 2025 hablando de menudencias solo puedes perder, y si pierdes en 2025 lo pierdes todo, y quien no tenga esto claro que pregunte en la Argentina de Milei, en los Estados Unidos de Trump o, si no quiere irse tan lejos a buscar la respuesta, en el Madrid de Isabel Díaz Ayuso. Así que, frente a la capacidad de las derechas de articular grandes relatos de época, intelectualmente disparatados y moralmente abominables pero también enormemente seductores y movilizadores ―esos «fascinantes fascismos» de los que hablaba Sontag, como hoy son los de Nick Land, Curtis Yarvin, Aleksánder Duguin y otros― la izquierda debe atreverse a pensar en grande y convertir ese pensamiento grande en política grande, y hacerlo con toda la ambición, determinación, astucia, vehemencia, refinamiento intelectual y estético del mundo.
Esos nombres que citas y otros del entorno de la llamada «ilustración oscura» aparecen a menudo a lo largo del libro, denuncias sus posiciones y antagonizas con ellas, pero no desde un punto de vista ilustrado convencional, sino con un estilo literario y manejando significantes a menudo similares ―a veces incluso inquietantemente similares― a los suyos. En una conversación que manteníamos hace tiempo en Twitter proponías, frente a esos «nazis del misterio» de los que habla Mauro Entrialgo, levantar un frente de «progres del misterio», y en tuits recogidos en el libro propones una «hauntología antifascista», un «tecnochamanismo ilustrado y socialista» o un «sanchismo solarpunk». Propones, entiendo, ir a darles la pelea en su terreno.
Niego la mayor: no es su terreno. Aquí inciden algunas experiencias personales peculiares, aunque quizás no tan peculiares, porque al final no somos tan pocos los progresistas que, como decía en una entrevista reciente China Miéville, en algún momento hemos jugado a Dragones & Mazmorras, como hemos leído esoterismo, fantasía y ciencia-ficción por quintales, estuvimos enganchados a Expediente X y Twin Peaks, hemos escuchado a Joy Division, Bauhaus o Dead Can Dance y hemos participado más o menos directamente de espacios y prácticas espirituales heterodoxas. Quien diga que todo esto es necesariamente antitético e incompatible con una posición política progresista desconoce la historia, y solo cabe recomendarle leer los estudios de Frances A. Yates sobre el papel rupturista y emancipador de las sociedades secretas y el esoterismo renacentista, isabelino y barroco, o rememorar el caudaloso manantial de tan exquisita como truculenta poética gótica que empapa toda la obra de Marx, o enumerar la larguísima lista de intelectuales y activistas que en los siglos XIX y XX alternaron la militancia política liberal-revolucionaria, feminista, anarquista, socialista o comunista con la teosofía, el espiritismo, el cosmismo y otras espiritualidades alternativas, de Gustav Landauer a Amalia Domingo o Alexander Bogdánov, como también hoy algunos titanes de la imaginación gótica contemporánea son a la vez fajadores de primera línea en la defensa de valores progresistas, como Toni Morrison, Stephen King, Margaret Atwood o Alan Moore. Lo que hace toda esta chusma de los Land, Yarvin o Dugin, o en su versión más infradotada y payasesca gentuza como Alex Jones o Íker Jiménez, es una colonización ilegítima de un territorio espiritual, sentimental, narrativo y estético que no les pertenece y no les deberíamos tolerar instrumentalizar para sus fines liberticidas. En tanto el curso de los acontecimientos convirtió ese territorio en un frente inesperadamente decisivo en el mapa general de la disputa por el sentido de nuestro tiempo, quienes venimos de él y conocemos su tradición, sus códigos y sus técnicas tenemos una responsabilidad singular que no podemos eludir. La verdadera ilustración oscura somos nosotros, ellos solo son una patota de fascistas, y como reza un hermoso lema del movimiento gótico antifascista británico, fascists do not dance in our darkness.
«Biden protagonizó una presidencia extraordinaria en casi cualquier aspecto y abiertamente revolucionaria en unos cuantos»
Entre 2023 y 2024 condujiste el podcast La Zona, una llamativa anomalía en las periferias de la comunicación política en España, en la que también operabas con estas claves narrativas y estéticas que describes. El episodio que hicisteis tras la victoria de Trump fue descrito luego por un oyente como un «acto taumatúrgico». ¿Qué balance haces de aquella experiencia radiofónica? ¿Tienes planes de retomarla?
La Zona fue una aventura absolutamente singular, nacida de una serie de amalgamas insólitas, casi impensables, que terminaron produciendo un resultado sorprendentemente consistente: practicar una tertulia de actualidad política de finales del primer cuarto del siglo XXI, absolutamente partisana además, en un clima y con unos tiempos propios de la radiodifusión alternativa de comienzos del último cuarto del XX. Hablar de las mismas cosas que ese mismo día están componiendo la escaleta de Hora25 en la SER o de Odd Lots en Bloomberg pero con el mismo clima y aura con que en los años ochenta se hacían Rosa de sanatorio, Nómadas o Pensamiento 3 en Radio 3 e innumerables formatos similares en radios libres y comunitarias de todo el país, partiendo del análisis político pero ensanchándolo hacia la filosofía, la historia, la literatura o el cine, con un protagonismo acentuadísimo de la música, bordeando en ocasiones el radiodocumental o incluso el radioteatro, todo ello no solo emitido en vivo a través de la red social Twitter sino totalmente integrado en su ecosistema discursivo y su trama de relaciones sociales y políticas. Hasta el más mínimo detalle de este diseño fue sopesado, efectivamente, como un complejo acto taumatúrgico, que junto a muchos elementos de la comunicación política convencional pusiera a rodar por el canto progresista prácticas de hauntología, hiperstición, world-building, memetic warfare, creepypasta, aura farming y otras que hoy fogonean las maquinarias infernales de la comunicación posmofascista pero que, insisto, ni han inventado ni les pertenecen. Y por ese arriesgadísimo circo radiofónico de seis pistas pasasteis a conversar, con muchísima generosidad militante y muchísimo rigor intelectual, muchas de las mejores voces de nuestro campo progresista español e internacional. La respuesta del público fue espectacular, hasta el punto de congregar, además de una nutrida audiencia habitual, una comunidad numéricamente más modesta pero militantemente identificada tanto ideológica como estéticamente con el espacio, una suerte de partido cultural irregular, como los que hoy articulan las derechas a través de determinados canales de 4chan, Reddit o Telegram. Creo que, escuchado en retrospectiva, el archivo del programa compone una buena crónica colectiva de aquel año y medio vertiginoso que más o menos arranca con la elección de Milei y concluye con la de Trump, que es también el último tramo de Los años del derrumbe. Y sí, supongo que La Zona volverá en algún momento, pero aún no sé cuándo ni con qué cambios respecto a su primera época para adaptarla a la nueva coyuntura, nuevo espíritu de época y nuevos desafíos políticos que señala este segundo trumpismo.
Hablando precisamente de Estados Unidos, en Twitter ha sido muy polémica tu defensa reiterada y entusiasta de Joe Biden durante su mandato. Yo siempre entendí que, por encendidos que fueran tus elogios, lo que había tras ellos no era tanto un apreciar que Biden lo hacía todo bien como un entender que, cuando algo es la mejor opción realmente existente, tenemos que entregar a su defensa toda nuestra energía; compensar el pesimismo de la razón con el optimismo de la voluntad. Tú afirmas, y lo practicas, que necesitamos una «declinación épica del malmenorismo», como lo describía en una ocasión Ramón Espinar. ¿Me equivoco?
Esa definición de Ramón es exactísima y me reconozco plenamente en ella, como lo es la de Santiago Alba Rico, en el bellísimo prólogo que me regaló para el libro, cuando describe mis «adhesiones tajantes, a veces solemnes e incluso pomposas». Al hilo de todo lo que hablábamos antes, lo creo imprescindible desde una perspectiva estratégica y además es un registro literario en el que me encuentro cómodo y del que disfruto. Pero matizaría que puedo defender épica, tajante, solemne e incluso pomposamente la urgencia imperativa de votar a Macron contra Le Pen o a Draghi contra Meloni sin regalarles elogios que no merecen, como los puros males menores que son. El caso de Biden es del todo diferente. Creo sinceramente que, aunque al final sucumbiese a la concatenación implacable de Trump, Putin, Netanyahu, la mitad de su propio partido y sus problemas de salud, protagonizó una presidencia extraordinaria en casi cualquier aspecto y abiertamente revolucionaria en unos cuantos, superior a las de Obama o Johnson y en consecuencia solo parangonable a las de Roosevelt y Lincoln. Ya miremos su apuesta por la intervención pública de la economía, la redistribución del ingreso y el empoderamiento sindical, su lucha contra el cambio climático, su antifascismo y antirracismo beligerantes, su defensa del multilateralismo y las alianzas democráticas globales, el proyecto que Biden defendía representaba la mejor salida al neoliberalismo y la mejor respuesta al auge neofascista posibles dentro del marco capitalista. Salvando las evidentes distancias, creo que Biden tuvo mucho en común con Gorbachov, en tanto reformadores que llegaron demasiado tarde para salvar lo mejor de cada uno de sus sistemas cuando lo peor había avanzado demasiado como para ya poder salvarse nada, y a los que se puede reprochar unas u otras flaquezas de carácter o errores estratégicos, pero cuyos principios y objetivos eran los correctos y que de haber tenido éxito hubieran dejado como legado un mundo sustantivamente mejor a este al que su derrota nos ha condenado. Y sí, esta fue una posición polémica en la conversación progresista durante los últimos años, pero me parece que cada minuto que pasa Trump en el Despacho Oval lo es un poco menos, y que dentro de unos meses ya no lo será en absoluto.
«La desbandada cótica de Twitter, con unos argumentos seudoestratégicos entre banales y narcisistas, me parece desastrosa»
Ahora que mencionas a Gorbachov, una dimensión sorprendente de tu pensamiento, para quienes se asocien a la socialdemocracia orgullosa de su raíz liberal que efectivamente defiendes, es tu acendrado prosovietismo. ¿Qué representó la URSS en la historia, qué representa para ti?
No resultaría tan sorprendente si, además de coleccionar estampitas de hazañas bélicas, se leyese un poco más de historia política, social y cultural de la URSS. La soviética fue una revolución ilustrada y republicana a la par que socialista, y la sociedad soviética, hasta la involución estalinista y también aunque parcial y desmañadamente después del estalinismo, fue una sociedad diversa y dinámica, en una relación complejísima con un Estado variablemente autoritario sometido a correlaciones de fuerzas internas y externas también muy variables. Aunque luego la actuación estatal fuera diferente o muy diferente, las sucesivas constituciones soviéticas son constituciones beligerantemente ilustradas y republicanas, y la sociedad soviética, desde fuera y desde dentro del Partido y del Estado, peleó a menudo y con fiereza, unas veces con altísimo coste y otras afortunadamente no tanto, por hacer valer sus derechos inscritos en aquellas. Mi prosovietismo lo es sobre todo de esa multitud soviética que puso en pie en los años revolucionarios el formidable sistema educativo, artístico y científico que tiene por emblemas al Narkompros y la Proletkult, el movimiento feminista en los años veinte, la eclosión de la cibernética en los sesenta, del ecologismo en los setenta, y siempre la vanguardia científica, filosófica y artística, ya fuera dentro de la institucionalidad cultural y la academia o en la contracultura clandestina del samizdat y el magnitizdat, tipos visionarios que en 2025 nos siguen hablando desde un futuro remotísimo como Vavílov, Mayakovski o Ródchenko al principio y Glushkov, Tarkovski o Iliénkov al final. Si tomamos como referencia los mandatos de Lenin y Jrushchov, en los que autoridad y organización estatal y vitalidad y creatividad social ―las dos temporalidades de la revolución de las que habla Susan Buck-Morss― caminaron mejor acompasadas, puede considerarse la URSS como el modelo más avanzado y exitoso de civilización poscapitalista hasta la fecha. No creo que debamos tener ningún recato en reivindicar aquellas experiencias, sin con ello obliterar sus persistentes carencias en términos de democracia política y por supuesto desde la más enérgica y hasta rabiosa condena de la abominación estalinista, tan radicalmente antisoviética que solo pudo edificarse sobre el sistemático y despiadado exterminio de la casi totalidad de la dirigencia y buena parte de la militancia e intelectualidad revolucionaria de 1917.
Volviendo al inmediato presente, quería hablar contigo también sobre el propio Twitter del que nace tu libro, y comentar dos cuestiones relacionadas con la maltrecha red social ahora propiedad de Elon Musk. La primera es la importancia, que tú defiendes, de seguir en ella a pesar de todos los pesares, en lugar de migrar a otras opciones como Mastodon o Bluesky. ¿Por qué?
No me parece mal estar en Mastodon o Bluesky dando la batalla cultural progresista como no me parece mal estar en absolutamente cualquier parte dando la batalla cultural progresista, sea pintando paredes con spray, repartiendo panfletos fotocopiados a la entrada del metro, colgando videos en TikTok, publicando en Anagrama o produciendo una serie para Netflix. Lo que me parece desastroso es la desbandada caótica de Twitter que hemos vivido estos meses, descuajando comunidades de intercambio intelectual y complicidad política tejidas cuidadosamente durante años ―en algunos casos mucho más duraderas, cualificadas y eficientes que muchas de nuestras publicaciones, escuelas de cuadros o think-tanks formales―, con unos argumentos seudoestratégicos entre banales y narcisistas y en un clima extrañísimo de pánico moral, tras el que solo se esconde nuestra persistente incapacidad para responder con método y determinación al evidente endurecimiento de las condiciones de disputa que supuso primero el desembarco masivo de operadores ultraderechistas en Twitter y finalmente la adquisición de la red por el psicópata fascista de Musk. No es un problema nuevo, ya lo vivimos antes en otras redes sociales como Facebook, y ya entonces algunos preguntábamos: ¿cuál va a ser nuestra respuesta estratégica a Cambridge Analytica, cómo además de denunciar su venalidad, mendacidad y maldad vamos a ser capaces de sabotearla, de contrarrestarla, de hacerla volar por los aires? ¿Irnos, una y otra vez, va a ser nuestra respuesta? ¿Irnos de Facebook como hace diez años, irnos ahora de Twitter, irnos mañana también de Instagram, de YouTube, de Substack o de cualquier parte en que aterrice una patota de nazis con un poco de determinación y dinero? ¿Llorar y llorar porque los algoritmos están trampeados y salir corriendo sin haber intentado siquiera poner en práctica las cien mil maneras con que la inteligencia y la cooperación multitudinarias pueden cortocircuitarlos? Pero lamentablemente me temo que la desbanda ya es irreversible, y que solo es el primer paso de una disgregación aún mayor de la esfera pública progresista hacia comunidades de consuelo de cada vez menor impacto social real y en consecuencia decreciente potencia política. Estoy enfadadísimo y preocupadísimo con esto, nos va la democracia en encontrar una alternativa mejor.
«Me fascina y atormenta el contraste tremendo entre el fabuloso momento de creatividad musical que vivimos y lo espantosamente mal que va casi todo lo demás en el mundo»
La segunda cuestión tuitera por la que quería preguntarte es la calidad de lo que vertemos a esa red social. Hay quien se burla de ti por haber publicado una antología de tuits, entendiendo que un tuit no puede en ningún caso ser algo que se imprima y se encuaderne; que son exabruptos de barra de bar que no pueden tener esa perdurabilidad, ese interés a largo plazo. ¿Por qué se equivocan?
No intentaré responder a quienes han criticado que publique una antología de tuits con el mismo encarnizamiento con que antes criticaron mis artículos, mi podcast o hasta mi música; evidentemente el problema ahí es una visceral animadversión política o personal con la que no tiene mucho sentido intentar entablar conversación. Sí responderé a quienes han expresado una sorpresa comprensible ante el contenido y formato del libro, lo que me permite explicar algunos detalles de su concepción. Llevo más o menos toda la vida escribiendo, he publicado textos en casi todos los géneros periodísticos y literarios, incluyendo algunas colecciones de aforismos que serían los antecedentes lejanos de este libro. En algún momento entre 2018 y 2019 empecé a usar Twitter no solo como mero tablón de anuncios y dispositivo de conversación sino con una mayor y más sistemática voluntad de contenido y estilo, que estaba más o menos consolidada para cuando en 2020 arranca la recopilación. Siempre me rondó la idea imprecisa de espigarlos y republicarlos, y fue el cierre del arco histórico a la vez difuso y evidente que va del estallido de la pandemia a comienzos de 2020 a la reelección de Trump a finales de 2024 el que por sí mismo terminó de establecer sus confines. La selección de los tuits fue sumamente cuidadosa, primero con una criba dura de aquellos de mayor peso conceptual o literario, los que apuntalan sus líneas temáticas y rasgos estilísticos principales, y luego con su complemento con otros más ligeros que dan contexto, colorean, ponen contrapunto o sirven de puente entre aquellos ―una tarea que ha resultado ser bastante parecida al montaje cinematográfico o incluso a la orquestación musical―, hasta componer un relato evidentemente subjetivísimo, fragmentario e incompleto, algunas veces redundante y en unas cuantas ocasiones contradictorio, como siempre es un dietario, pero creo que al final razonablemente consistente de la experiencia histórica, política, cultural y sentimental de este lustro endemoniado, gestado en esa formidable comunidad de conversación global que aún con todos sus defectos llegó a ser Twitter antes de Musk.
Y ya por último, tenemos que hablar de música, también; algo muy importante para ti, melómano y compositor tú mismo como eres. ¿Cuál es tu historia personal con la música? ¿Cómo se relacionan tu creación musical, tu pensamiento y tu escritura? Y por último, ¿qué piezas musicales incluirías en una playlist que le pusiera banda sonora a tu libro?
De un modo u otro la música ha sido siempre parte importante de mi vida, siempre como oyente y esporádicamente como DJ de radio y sala, crítico musical, organizador de conciertos y otras actividades públicas, y también más privadamente como músico, pero es desde finales de la pasada década ―más o menos el mismo lapso temporal que abarca el libro, por tanto―, tras un larguísimo período de haber priorizado la escritura a la creación musical, que retomo sistemáticamente la composición y pongo mi música en circulación. Si eso sucedió de algún modo a causa de las circunstancias históricas que describo en el libro, es probable, y en cualquier caso sí ha sucedido en interacción con ellas, a la vez que ha supuesto una recapitulación y reanudación personal emocionalmente muy intensa, y ambas cosas han recombinado su impronta en la propia música. La relación entre mi música y mi escritura siempre ha sido intensísima, no ya por la mera profusión de metáforas musicales en mis textos o, en sentido inverso, de temas que saltan de mi escritura a mi música, sino por una manera muy concreta de articular ambas cosas, en su misma sintaxis y su color. Todo esto se hace sentir más, claro, conforme me alejo del puro análisis de coyuntura y la escritura se hace más personal. Creo que no escribe ensayo igual quien también escribe narrativa o poesía, como más en general no escribe igual quien además fotografía, pinta, esculpe, filma o compone, porque unos lenguajes, lógicas y bagajes refractan sobre otros, se ensanchan, colisionan… De algún modo Los años del derrumbe, el podcast La Zona y las músicas que he publicado durante estos años son como facetas articuladas e interdependientes de un mismo proyecto, con temas de interés, posiciones ideológicas y apuestas estéticas comunes que se van desplegando simultáneamente a través de distintas disciplinas, sobre distintos soportes y en distintas complicidades. Y por último, sobre la playlist para Los años del derrumbe, la música o ausencia de ella con que cada quien acompaña sus lecturas es una decisión muy personal en la que no me gusta interferir, pero sí señalaría algunas músicas de creación reciente, que escuché mucho durante estos años que abarca el libro y que creo logran capturar muy bien temas, tonalidades y afectos de nuestra época. Pienso entre otras en el tríptico sinfónico Metacosmos, Catamorphosis y Archora de Anna Thorvaldsdóttir o el concierto de cámara Extinction events & dawn chorus de Liza Lim, las óperas Innocence de Kaija Saariaho o Tissues de Pan Daijing, las bandas sonoras de Chernobyl de Hildur Guðnadóttir o An elephant sitting still de Hua Lun, los álbumes Ghosteen de Nick Cave, Violeta de Terno Rei o The tortured poets department de Taylor Swift o la epopeya jazzística Coin coin de Matana Roberts. No deja de fascinarme y también un poco de atormentarme el contraste tremendo que hay entre el fabuloso momento de creatividad musical que vivimos y lo espantosamente mal que va casi todo lo demás en el mundo. Intentemos disfrutar al menos de eso mientras sea posible, que no está muy claro que vaya a ser mucho.






























