Europa estancada: ¿y si el progreso no dependiera del PIB?

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Juan Chaves
Juan Chaves
Es asesor del grupo de Convocatoria por Asturies.

Europa lleva desde la crisis de Lehman Brothers instalada en la anemia económica. Alemania y Francia en recesión técnica, Italia creciendo escasamente, salvo España, que contra todo pronóstico crece, el resto del continente parece resignado a esa sensación de que “ya no vamos a más”. Pero lo más interesante no es el estancamiento en sí, sino la manera en que se sigue abordando, como si fuera un error del sistema, un fallo en la maquinaria del crecimiento, algo que hay que arreglar cuanto antes. Pero y si no fuera así. ¿Y si el crecimiento de décadas pasadas no volviera… y tampoco hiciera falta? Me explico.

El problema está en el termómetro que usamos. Seguimos mirando el PIB como si fuera la medida definitiva del bienestar, un indicador que sube cuando se venden más coches, llegan más turistas o se dispara el consumo de ansiolíticos… pero que no dice nada de si la gente llega a fin de mes, si respira aire limpio o si puede pagar un alquiler sin hipotecar la vida.  Pero si hay una señal clara que indica que el PIB no es la rueda a seguir, es que crece con la guerra, con la enfermedad y con la catástrofe. El aumento de gasto en defensa para comprar tanques o el aumento de gasto en antidepresivos hacen que la riqueza total del país aumente, pero convendremos que ninguno de los dos casos mejora la vida de las clases populares. Mientras tanto, Europa apuesta por una estrategia de descarbonización que nos permite estirar el planeta un poco más y sobrevivir a la crisis climática, pero consumir menos, reparar más, reducir la extracción, repartir mejor.No suman puntos en el marcador del PIB , a veces incluso restan. Entonces, ¿qué hacemos?

Cabe la posibilidad que Europa no vuelva a crecer como antes, la población envejece, la robotización avanza, la producción se relocaliza, el consumo se estabiliza, pero eso no tiene por qué ser el fin del mundo. Japón lleva décadas estancado económicamente y no se ha hundido, otros países como Nueva Zelanda o Escocia ya ensayan presupuestos que priorizan el bienestar sobre el crecimiento. ¿Y si Europa asumiera que vivir mejor no implica necesariamente producir más?

Japón lleva décadas estancado económicamente y no se ha hundido, otros países como Nueva Zelanda o Escocia ya ensayan presupuestos que priorizan el bienestar sobre el crecimiento

Eso implicaría cambiar muchas cosas. Entre ellas, la relación con el tiempo. En España, la propuesta de Sumar de reducir la jornada laboral no es solo una reivindicación sindical, es una forma de redistribuir la riqueza y el tiempo de vida. Si producimos más con menos esfuerzo, ¿por qué seguir trabajando igual? El reparto del trabajo es clave en un contexto de dignificar la vida pero también en una situación económica de crecimiento plano, y no solo para crear empleo, sino que trabajar menos tiene que significar vivir mejor.

La idea de progreso sigue demasiado ligada al consumo y a la expansión permanente. Pero quizás ha llegado el momento de cambiar el marco. Si la transición ecológica va en serio, hay que asumir que el futuro no será más grande, sino más contenido. Menos coches, más transporte público. Menos megaproyectos, más servicios públicos. Menos horas en el trabajo, más tiempo para vivir.

Mark Rutte, secretario de la OTAN, y Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea.

Eso no significa resignación ni miseria. Significa otra forma de entender la riqueza, no como acumulación, sino como bienestar colectivo. No como consumo ilimitado, sino como calidad de vida sostenible. Este escenario postcrecimiento o más bien postproductivista, no es solo una cuestión económica, es sobre todo una cuestión de poder. Las estructuras del capitalismo global están diseñadas para depender del crecimiento constante. Las agencias de rating penalizan la deuda si no creces lo suficiente, los tipos de interés suben, la financiación se encarece, y al final todos pagamos el precio. Porque en este sistema, cuando no hay crecimiento que repartir, el conflicto se traslada a quién decide, quién gana y quién pierde

Por eso hace falta un relato fuerte, capaz de explicar que el progreso no se mide en puntos de PIB. Que estabilidad no es decadencia, que una Europa que no crece, pero que garantiza salud, vivienda, energía limpia, tiempo libre y servicios públicos sólidos, no es una Europa fracasada, es una Europa mejor. Una Europa adulta en un tiempo de infantilismo político, donde el autoritarismo y el aislacionismo ganan terreno y el mundo se rearma bajo nuevas arquitecturas de poder.

Y ahí es donde Europa debe imponerse. No con más músculo, sino con más inteligencia. Puede que el crecimiento se haya ido, pero objetivamente Europa sigue siendo el mejor lugar del mundo para vivir, el estado del bienestar pervive maltrechamente pero aún cubre parte del sueño que se pergeñó después de la segunda guerra mundial, y mal haríamos sino volviéramos a reimaginar casi 100 años después un continente que no se deje llevar por las derivas del otro lado del Atlántico y empiece a pensar en una clave más propia, menos obsesión con crecer y más ambición por vivir.

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