Acababa de terminar la sesión de fotos frente al faro de Candás, el de San Antonio. Con el acantilado a sus espaldas y la linterna alzándose sobre el mar, Roque Galcerán, farero jubilado, se prepara para una entrevista que no es solo repaso biográfico, sino también una conversación sobre la memoria, el patrimonio y una forma de vida que ya no existe. “Ya no es lo mismo. Antes el faro era tuyo. Lo sentías como propio. Era un sentimiento, algo identitario”, dirá en un momento dado.
Desde 1986 ha vivido la transición de los faros desde la vigilancia permanente a la automatización digital. Y sin embargo, ni la tecnología ni la jubilación han logrado desconectarlo de una pasión que comparte con su mujer, María González, también farera. Juntos investigan ahora la historia del faro de Peñes, mientras Roque recuerda, con precisión y sentido del humor, sus días en Candás, en Peñes y en una profesión que, aunque extinta oficialmente desde 1993, todavía brilla.
De Lérida al Cantábrico: una oposición, una lluvia y una vida
Nacido en Lérida, en una tierra sin costa, Roque Galcerán acabó como farero en Asturias por una mezcla de casualidad y gusto por el clima. “Yo pensaba que aquí no hacía tanto calor como en el sur. Me gustaba la lluvia, el norte…”, recuerda. Había hecho la mili —”cuando la mili marcaba un antes y un después”, dice— y fue justo después cuando se presentó a las oposiciones para farero. Las aprobó a la primera y, sin tradición familiar alguna, comenzó una carrera que duraría casi 40 años.
“Podría haber sido técnico de aviación o meteorólogo. Pero salieron las de faros, y aquí estoy desde 1986“, cuenta. Su primer destino: el faro de Peñes, en el extremo norte del Principado. por una mezcla de casualidad y gusto por el clima. “Yo pensaba que aquí no hacía tanto calor como en el sur. Me gustaba la lluvia, el norte…”, recuerda. Acababa de terminar la mili cuando salieron las oposiciones para farero. Se presentó, las aprobó a la primera y, sin tradición familiar alguna, comenzó una carrera que duraría casi 40 años.

Una vida dentro del faro
“Llegué en octubre y en diciembre se jubilaron los tres fareros veteranos. El 1 de enero me quedé solo.” Peñes era entonces un destino exigente. El aislamiento era real. “Desde Gijón se tarda ahora media hora. En los años 80, a Avilés se tardaba una hora. Y en 1900, con caballerías, ni le cuento.” El faro tenía viviendas para los fareros y sus familias, y no se salía de allí: “Hasta los 80 no había ni vacaciones. Era un trabajo de 24 horas, 7 días a la semana.”
Allí coincidió con María González, farera de su misma promoción y, más tarde, su esposa. María es una de las pocas mujeres fareras que ha habido en España: apenas 27 en total. La primera fue una mujer llamada Margarita, en 1969, como apunta su mujer desde el otro lado del teléfono, mientras Roque le pregunta y ella responde desde el fondo, sin ponerse al aparato. Hasta finales de los años 70, las mujeres no podían ni siquiera presentarse a oposiciones. “Antes, si el farero enfermaba, la mujer podía encender el faro unos días, pero no era farera oficial.”
“Ya no hace falta que haya tres personas pendientes toda la noche como antes.”
Candás: faro con historia propia
En 1993, Roque se trasladó al faro de Candás, también conocido como faro de San Antonio. Construido en su ubicación actual en 1917, al borde del acantilado, su función no era guiar grandes rutas internacionales como Peñes, sino servir de referencia para los pescadores locales. Su alcance es de 15 millas náuticas.
“No todos los faros tienen la misma función. Candás, Tazones, Tapia… son faros costeros, locales. Pero eso no los hace menos valiosos”, explica. De hecho, Roque publicó un libro sobre la historia del faro de Candás, editado por el Ayuntamiento y disponible para consulta en la biblioteca municipal. El libro recoge anécdotas, fotografías y una cronología de los fareros que pasaron por allí. “Han sido unos 20 o 25 en un siglo.” Ahora estamos investigando los de Peñes, que son unos 200. Lo hace junto a su mujer, María González, también farera jubilada, con quien compartirá la autoría del próximo libro. En el anterior, dedicado al faro de Candás, aunque solo figura su nombre como autor, reconoce que ella fue clave en la investigación.
Evolución del oficio
Hablar con Roque es recorrer un mundo que se fue apagando a medida que se automatizaban los faros. Desde los aceites del siglo XIX a las células fotoeléctricas de los 70, hasta los sistemas informatizados del 2000. Hoy, un ordenador puede detectar si una lámpara se funde y activar un grupo electrógeno. “Ya no hace falta que haya tres personas pendientes toda la noche como antes.”
Eso sí, no todo está perdido: “Sigue haciendo falta gente técnica para revisar baterías, limpiar la óptica, comprobar sistemas. Pero el sentimiento no es el mismo.”

Porque para Roque, ser farero no era solo una ocupación, sino una forma de estar en el mundo. “Imprime carácter”, resume. “Querías que funcionara bien. Te sentías orgulloso. Era algo que llevabas dentro.”
Faros de lujo y memoria colectiva
La conversación deriva inevitablemente hacia la moda de reconvertir faros en hoteles. Roque tiene una opinión clara: “Me parece bien que se les dé un uso público: museos, escuelas, centros culturales. Pero que los conviertan en hoteles de lujo me chirría.”
Faros convertidos en alojamiento de lujo, se alejan de su visión. Prefiere ejemplos como el centro de interpretación en Peñes o el museo del faro de Portopí en Baleares, que califica como “fantástico”. “Es patrimonio de todos. No debería estar solo al alcance de quien puede pagarlo.”
Un oficio extinto, una historia que sigue
Desde 1993 no se convocan nuevas plazas de farero. El cuerpo de torreros está declarado a extinguir. Pero eso no ha apagado la vocación de quienes vivieron el oficio desde dentro. Roque y María siguen investigando, recopilando documentos, construyendo memoria.
“No venía de familia de fareros. Aprobé unas oposiciones y entré por trabajo. Pero acabé amando esto.” Y aunque ya no viva en el faro, ni en Candás ni en Peñes, Roque Galcerán sigue siendo farero. Porque hay oficios que, aunque se extingan, no se apagan.



























