Picasso y los toros

Reseña de El barbero de Picasso, obra de Borja Ortiz de Gondra, representada en el Teatro Jovellanos con un reparto encabezado por Pepe Viyuela.

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

El Barbero de Picasso
Autor: Borja Ortiz de Gondra
Intérpretes: Mar Calvo, José Ramón Iglesias, Antonio Molero y Pepe Viyuela
Dirección: Chiqui Carabante
Sábado 23 de agosto, Teatro Jovellanos, Gijón

El toro ha sido mito y motivo artístico de representación desde el origen de los tiempos. Ya en Altamira pintaban bisontes en los techos y en la Grecia clásica se vendían vasijas con Zeus disfrazado de toro para raptar a Europa. Con el paso del tiempo el símbolo también ha quedado como historia y cohesión continental. En España la tauromaquia vertebra y monopoliza ese arte llenándolo de matices y propiedades específicas, y Goya y Picasso se erigen, por motivos que ahora sería largo explicar, en dos grandes pintores con identidad territorial torera –”Piel de Toro” la llamó Estrabón– y un inmenso prestigio internacional. Como ahora buena parte de la sociedad considera la lidia un acto de crueldad extrema, incompatible con la sensibilidad del siglo XXI, no resulta difícil entender que la defensa de las corridas, Picasso y España (en este caso la republicana del exilio) comportan un espacio de encrucijada susceptible de dramatización. Son muchos los elementos de diversa índole que se presentan trabados y muchas las perspectivas –algunas diacrónicas– que, a priori, interesan al espectador: histórica, artística, ética, política, animalista, taurina, feminista o la biográfica del propio Picasso. Aunque la pieza de Borja Ortiz de Gondra, que esboza y acaricia muchos de estos temas, no lo hace con la solvencia y complejidad esperada, sino más bien como juego o semblanza anecdótica, priorizando la comicidad de las conversaciones.

Pepe Viyuela en el espactáculo.

El barbero de Picasso sitúa la acción en Vallauris, del 48 al 61, en una barbería donde Picasso y Jacqueline acaban conversando en camaradería con Valdés, representante del Partido Comunista, y Eugenio, el peluquero, ambos exiliados y militantes al igual que el pintor. Como el Ayuntamiento quiere homenajear a Picasso organizando un festejo con toros, el conflicto surge al exigir éste que sean con muerte, contraviniendo las ordenanzas locales. Disputa a la que se suman otros asuntos subyacentes como el arte de la cartelería, la escultura caprina que el artista regaló al municipio (recordé la polémica de la cabra de Cuco Suárez, en los 90, en Laviana) y la coyuntura política. La propuesta escénica de Chiqui Carabante, de tono realista salpicada con refrescantes desmarques a modo de gag o pantomima, se sostiene muy bien tratando de reprimir la caricatura.

Pablo Picasso, “La corrida” (1901). Dominio público.

Pepe Viyuela encarna a un Picasso socarrón y veleidoso, buen amigo y camarada en ese reducto español que constituye la peluquería. Alejado de los chistes y la risa fácil, deja entrever la faceta más humana del pintor, caracterizado con el vestuario iconográfico de referencia. Antonio Molero (Eugenio) hace de contrapunto ideal del enérgico artista: con su habitual cachaza y bondad interpreta al hombre sencillo que logra un nivel de complicidad y amistad sincera. Peleados por los toros –de Dominguín uno, otro de Ordóñez–, unidos por la política y la nostalgia, ese “dolor por el regreso”, ambos se niegan a renunciar a su nacionalidad, rechazando asumir la francesa. Mar Calvo (Jacqueline) es una femme fatal de aires y acento muy gabachos, altiva y delicada, con movimientos y poses bien coreografiados. Su especial encanto inunda la peluquería cada vez que entra y sale dando un portazo.Aunque al principio se muestra dominante y castigadora en su relación con Picasso, a lo largo de la función nos deja ver su adoración y sumisión al artista. Un amor apasionado que la lleva a aprender a beber por el porrón y a describir la impresión y el horror que le produce la sangre en el ruedo, en el instante mismo en que Picasso le pide matrimonio. Lazo simbólico inequívoco entre eros y tánatos. José Ramón Iglesias (Valdés) es uno de los personajes que tiene un desarrollo más complejo. Al principio parece un hombre gris del Partido, aunque luego nos revela su carácter solidario arriesgándose a acompañar a su amigo Eugenio a España, para asistir al entierro de su madre. La escenografía de Walter Arias presenta una barbería elegante y señorial, de maderas nobles, muy vistosa, como si de un salón aristocrático se tratase, con araña incluida. El público del Jovellanos, con las localidades agotadas, agradeció el trabajo con una firme y gran ovación.

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