Asturias contra el genocidio: una tregua sin palestinos, un duelo con sus nombres

180 mortajas blancas sobre el Niemeyer. Avilés lee los nombres de Gaza y convierte el silencio en memoria y denuncia.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

El silencio llegó en forma de cortejo. A las 11:30, desde la plaza del Ayuntamiento de Avilés hasta la explanada del Centro Niemeyer, unas doscientas personas avanzaron despacio, guiadas por el ritmo grave de los tambores. Era un cortejo fúnebre simbólico, con banderas palestinas, pancartas contra el genocidio perpetrado por Israel y rostros serios que hablaban sin palabras. En sus brazos, algunas personas llevaban pequeñas mortajas blancas, símbolo de los miles de niños y niñas palestinos asesinados en Gaza.

Al llegar al Niemeyer, en un gesto ritual, fueron depositándolas una a una sobre el suelo, junto a las banderas palestinas. Cien mortajas para representar a los más de 18.400 menores asesinados en Gaza en los dos últimos años, según cifras palestinas.

La jornada —que se extiende hasta las 20:30— es convocada por más de sesenta colectivos asturianos, entre ellos Amnistía Internacional, la Plataforma Asturias con Palestina, la Coordinadora de ONGD del Principado, Acción en Red, Mujeres de la Escandalera, la Asociación Feminista Clara Campoamor, el Comité de Solidaridad con la Causa Árabe y Uniovi x Palestina, entre otros. Asociaciones, ONG y partidos políticos de diferente signo que coinciden en alzar la voz contra lo que está ocurriendo en Gaza a manos del ejército israelí. Todos ha firmado la organización del acto bajo el lema: “Colectivos asturianos contra el genocidio palestino.”

Antes de comenzar la lectura, la música se impuso como un lenguaje previo al dolor: percusión, melodías en asturiano y el sonido de un saxofón que interpretó “El cant dels ocells”. La pieza, popularizada por Pau Casals, se ha convertido desde hace décadas en un himno universal por la paz. Casals la interpretó por primera vez en la ONU, en 1971, como plegaria por la concordia entre los pueblos. Desde entonces suena en funerales, homenajes y actos de duelo en todo el mundo. En Avilés, su melodía resonó como un lamento compartido.

Después llegó la palabra. La primera persona en leer la enumeración fue una joven palestina. Todos nombres nombres de niños y niñas palestinos muertos bajo las bombas y el hambre. Su voz se quebró apenas comenzó a pronunciar los nombres. Uno tras otro, los participantes fueron leyendo los nombres de niños y niñas, bebés, familias enteras. Cada nombre terminaba con una palabra que el público repetía, como un responso civil: “asesinado”, “asesinada.” Las lágrimas se confundían con la voz de quienes leían y los silencios pesaban tanto como las palabras. El evento fue una liturgia de protesta y lamento.

Entre discursos y gestos de duelo, se escucharon los reclamos: “Paremos el genocidio”, “Justicia para Palestina”, “Derechos humanos para Gaza.” Se recordó que en Gaza aún muere gente de hambre, que la ofensiva continúa y que este acto no era solo un homenaje, sino también una denuncia.

Ahora, mientras en los titulares se celebra una tregua —negociada sin palestinos, decidida lejos de sus voces—, el futuro y el presente del pueblo gazatí siguen en el aire. Muchos medios hablan de un “fin del conflicto”, pero no hay tregua posible para los niños muertos, ni para los padres asesinados, ni para los hijos que han perdido a sus familias. Tampoco la hay para un territorio devastado que, desde despachos de Washington y Tel Aviv, ya se imagina como suelo de especulación, de nuevos edificios, de turismo rentable. Quien se atreve a protestar o a llorar públicamente es señalado, acusado de simpatizar con Hamás.

Al caer la tarde, la explanada del Niemeyer queda en calma. Las cien mortajas siguen sobre el suelo, blancas, quietas, bajo el cielo de Avilés. Bajo la arquitectura del Niemeyer. Tras las voces del sábado que quieren llegar al domingo en Europa. El eco de los nombres aún flota en el aire, como si se resistiera a desaparecer. La emoción, también, sigue ahí. Y la denuncia. Por supuesto.

Fotos: Jeru Rueda

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