La muerte de una figura tan icónica y querida como José Luis Cienfuegos (Avilés, 1964-Madrid, 2025) sobrecoge, devasta, duele. Y es que no hay respuesta para combatir la desaparición de alguien tan especial e irremplazable. La incredulidad de repente forma parte de una suerte de deseo de inmortalidad inducido, lleno de sobrados merecimientos.
La terrible e inesperada noticia, subrayada por su cercanía en el tiempo con el fallecimiento de Fran Gayo, obliga a recrear prematuramente una trayectoria ejemplar. Hábil e inquieto, (auto)exigente y estajanovista, amigo leal y valiente, su generosidad voraz explica un recorrido vital y profesional sin parangón en nuestro país.
Su magisterio impregnado de entusiasmo contagioso determina que treinta años pudieran hasta resumirse con cohesión y de un modo acelerado: Cienfuegos y sus equipos ayudaron a crecer y desarrollar exponencialmente un modelo de festival cinematográfico, convertido en evento de excelencia, a través de tres movimientos: Xixón (1995-2011), Sevilla (2012-2022) y Valladolid (2023-2025).
Renovador pragmático, no hay duda de que, sin él, estos certámenes tendrían otra dimensión. Y, como pertinente muestra de fracaso cainita, su caso, escenifica, como pocos, el triunfo del reconocimiento en vida. Así, su marcha del FICX Xixón en 2012, arrastraría a hermosos actos de guerrilla cultural. Una militancia cinéfila internacional se desplazaría a un activismo tan atípico como espontáneo y urgente. En los manifiestos y concentraciones de apoyo de entonces, había algo más que la reivindicación de una excelente gestión, de un buen hacer, se reflejaba una historia compartida de transmisión de saber –pasador a la manera de Bergala- de generosidad (voraz, es importante recordarlo), de sincretismo artístico, de creación de un paradigma o modelo de festival cinematográfico donde el respeto, a un tiempo, por la industria y el espectador, por cineastas e instituciones, por la distribución y la crítica, habían primado.


Y también había el amor de Asturies, de las gentes de su tierra. Resulta sensato. En el FICX se abrían muchos caminos, todo un camino hacia el descubrimiento o recuperación de autores, mientras se ubicaba en nuestros mapas mentales el flujo más estimulante de la creación (no solo) fílmica (no solo) contemporánea. Asistí por primera vez al festival en 2002. Sería interminable citar los nombres, las sabias actividades y propuestas complementarias o el decidido apoyo a autores, escuelas y tendencias. Salían a borbotones. Lugar de gozo, de encuentros apasionados, de amistades perdurables, de redes creadas, de músicas paralelas al proyecto, de caminos vitales esperanzadores, aquellos años representan la educación cinematográfica de parte del tejido profesional contemporáneo fílmico en nuestro país.
Claire Denis, Lisandro Alonso, Lucrecia Martel, Peter Whitehead o Ulrich Seidl; el apoyo al cine español o asturiano emergente, al incipiente Novo Cinema Galego -realzado después en Sevilla-; a cines europeos y cinematografías que, sin él, hubiesen sido simplemente exóticas; la calidad y adecuación de tantas publicaciones -cfr. el monumental e histórico repaso a los Nuevos Cines-; la convivencia con escenas culturales y un provechoso sincretismo artístico, provocaron un maremágnum coherente integrado en un proyecto definido, único e in crescendo.
Cienfuegos rompía además estereotipos, alejado del director de festival crítico o programador al uso, transgresor de toda elocuencia impostada y también pasmosamente antitético a la figura del gestor estrella, siempre al servicio del cine, de la formación, del público, de sus invitados, del festival como concepto.
Figura singular, este carácter complejo y poliédrico facilitaría que su independencia insobornable, su carisma y un carácter curioso e inquieto que le permitiría una itinerancia permanente -germen de un sinfín de amistades perdurables-, no fuese óbice para un cuidado o trato exquisito que ayudó sobremanera a ubicar en el mapa fílmico mundial todas sus propuestas.
No tengo más certeza que esta: sin recordar y reflexionar sobre su trabajo cultural, cinematográfico, no podremos comprender el cine en España de los últimos (y, seguramente, de los próximos) 30 años. En la figura de José Luis Cienfuegos hemos tenido la fortuna de encontrar una metáfora ideal de la lucha titánica del arte y de la vida en su búsqueda de perfección. Por eso, en la carnalidad y carácter directo de su pensamiento, en la intensidad de su comportamiento, en su actitud enérgica, sensible y seductora nos quedará el mejor de los recuerdos. Y en la continuidad de su legado, el gran reto.
Hasta siempre, José Luis.



























