Muerde
Dramaturgia y dirección: Francisco Lumerman
Intérprete: Luciano Cáceres
Off Niemeyer, 5 de diciembre, Avilés
Cualquier vida contiene un universo desde donde se contempla el mundo. Una perspectiva, una sensibilidad unívoca, genuina, repleta de múltiples intensidades y matices. Cuando algunas de esas vidas nos son molestas, por los motivos que sean, las ocultamos y marginamos. Pero el teatro, el buen teatro, tiene la virtud de iluminarlas para despertar nuestras conciencias. Muerde, de Francisco Lumerman, es la historia de una marginalidad contada como un relato, apuntalada como un thriller con una conjunción léxica y sintáctica que llama especialmente la atención por su sinuosidad. Hay una oralidad fragmentada y unos hechos violentos que, sin ser completamente explícitos, se intuyen. René es la persona condenada al ostracismo y al ocultamiento nocturno por retrasado o deforme, desde la cuna. Su vida, al margen de la unidad familiar y social, transcurre claveteando ataúdes en una carpintería. Las relaciones sexuales clandestinas que mantiene con Rosa y un embarazo, complicarán aún más su existencia. Las burlas, la traición y los muchos golpes recibidos generarán una incomprensión y una violencia que a su vez revertirá contra los perros. Un tormento psicológico que al igual que en Macbeth lo lleva a contemplar sus manos siempre ensangrentadas. Aunque hay más elementos decisivos en su vida, será la pulsión sexual desaforada y un placer forzado y furtivo quienes refuercen su escisión y lateralidad. La confusión desgarradora que lo sumerge en una opacidad aplastante.

Luciano Cáceres construye un René poderoso y complejo –algo o mucho hay de Faulkner en la atmósfera de esta historia–, con acento visceral en cada sílaba y gestos de dolor implacable. Trozos y borbotones de aliento con una aflicción y radicalidad que a nadie deja indiferente. Al igual que la fisicidad abatida que lo acompaña, víctima y ecce homo producto de una marginalidad agresiva y directa que, como un perro apaleado hace tiempo, ataca y muerde al espectador que lo contempla sin que éste llegue a saber nunca el porqué. Tiene René un pasado que se nos oculta deliberadamente, colmado de resquemores, sufrimientos y explosiones de todo tipo. Falto de amor balsámico y aprecio. Hay tantas vidas clandestinas y realidades así de crueles como estrellas en el firmamento. Muerde nos muestra la de René con intermitencias y en unos pocos metros cuadrados, entre virutas y serrín, un banco de carpintero y un martillo. Teatro desgarrador y de extrañamiento, nada complaciente, que nos interpela de la mejor manera para sacarnos de la placidez unidireccional en la que nos hallamos inmersos. Francisco Lumerman y Luciano Cáceres realizan un excelente trabajo de gran calado y pequeño formato, galardonado internacionalmente y que también ha podido verse en Madrid y Barcelona.



























