El Museo de la Ciudad de Lota ha dado el nombre de Isidoro Carrillo a una de sus salas. A priori, un hecho intrascendente. Si se mira bien, un evento cargado de significado. Lota es el corazón de la cuenca minera del carbón chilena y también una referencia obligada en las luchas obreras de ese país. Isidoro Carrillo era dirigente del sindicato de los mineros en 1960 cuando se produjo la “huelga larga” (96 días) y fue luego alcalde de Lota entre 1963 y 1967. En enero de 1971, el gobierno de Salvador Allende lo nombró gerente de ENACAR (la empresa pública del carbón). Ese cargo conllevaba la oportunidad de residir en el edificio que actualmente alberga el Museo, un chalet con jardín donde habían vivido los gerentes de las minas de Lota mientras pertenecieron a una empresa privada. Isidoro Carrillo rechazó de plano esa posibilidad y siguió viviendo, con su esposa y sus doce hijos, en su casa de obrero del carbón. Seguramente la relevancia social y la autoridad moral de quien había sido dirigente sindical, alcalde y gerente de la principal empresa pública de la región se cuenta entre las razones que le hicieron ser elegido para una sangrienta venganza por parte de la dictadura. El 22 de octubre de 1973, apenas seis semanas después del golpe encabezado por el general Pinochet, tras una macabra farsa de consejo de guerra que atentaba contra cualquier principio jurídico (falsedad de las acusaciones, imposibilidad de defensa y aplicación retroactiva del estado de guerra para extenderlo a fechas anteriores a su proclamación), Isidoro Carrillo Tornería fue fusilado junto a los también comunistas Vladimir Araneda Contreras (maestro y dirigente sindical), Bernabé Cabrera Neira (sindicalista) y Danilo González Mardones (profesor y alcalde de Lota). No conformes con eso, evidenciando la saña vengativa con que el nuevo orden era impuesto, sus cuerpos fueron enterrados sin conocimiento de las familias, que tardaron diecisiete años en averiguar su paradero. Han pasado cincuenta y dos años hasta que Isidoro Carrillo volviera para quedarse, esta vez sí, en el chalet que un día pudo ser su hogar si su sentido de la dignidad y de clase no se lo hubiera impedido.
Las connotaciones simbólicas no se agotan ahí, sin embargo. El acto de inauguración de la sala dedicada a Isidoro Carrillo ha contado con la presencia de su hijo Vasili Carrillo, detenido y torturado a los 16 años, exiliado a los 17, combatiente en la revolución sandinista, regresado clandestinamente a su país, integrante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, partícipe del atentado contra Pinochet en 1986, nuevamente torturado, preso político durante cinco años, activista y gestor cultural, concejal en Lota y candidato más recientemente en Santiago. El discurso de Vasili no se limitó a recordar a su padre, sino que ahondó en las debilidades de la memoria pública que omite a los luchadores obreros y en los valores que transmite su legado, en contraste con la omnipresencia de los empresarios:
“(En Lota) hay veinte o treinta calles que llevan el nombre de los Cousiño, de Isidora Goyenechea… y no hay ninguna calle que lleve el nombre de los destacados dirigentes sindicales de esta comuna que jugaron un papel importante en mejorar la calidad de vida y la condición de vida de los mineros y sus familias”.
“Hace falta que los políticos, los dirigentes, sean como eran esos viejos. Mi padre fue regidor, fue dirigente sindical, fue alcalde y no recibía sueldo. Mi padre, siendo alcalde, tenía que trabajar como minero. Si no no comíamos. Digo todo esto de la memoria porque hoy día parece que se nos está olvidando todo”.
También tuvo un recuerdo para su madre, Isabel Nova, “una heroína” que se encontró a los 37 años viuda sin poder tan siquiera dar sepultura a su marido fusilado, con doce hijos, el mayor preso político, el segundo (Vasili) exiliado y el resto niños a su cargo a quienes hubo de sacar adelante yéndose del país para emplearse como trabajadora metalúrgica en una fábrica ucraniana.

El acto vivido en el Museo de Lota se ha convertido así en una reparación, una restitución de la memoria y la dignidad de quienes pagaron con su vida la lealtad a sus convicciones y su clase a manos de verdugos que se proclamaban salvadores de la patria y garantes del orden mientras torturaban, asesinaban y hacían desaparecer tanto a los detenidos como a los cadáveres que iban sembrando. El caso de los cuatro fusilados de Lota condensa buena parte de los significados que no solo dan sentido, sino que hacen indispensable la memoria democrática. Quienes los asesinaron no pretendían tan solo segar sus vidas sino borrar su memoria y los ideales que representaban. Contaron para ello con colaboradores activos, como la prensa que en el momento cubrió el juicio mientras describía a los acusados como viles criminales, creando de ese modo el estado de opinión adecuado para justificar su condena a muerte. Volver sobre aquel episodio representa, por tanto, un ejercicio de restitución de la verdad y recordar a los fusilados una reparación de la deuda moral contraída: el silencio y el olvido son una toma de partido por los victimarios, la verdad y la memoria les otorgan el reconocimiento que merecen y nos sitúa del lado de las víctimas. Ninguna neutralidad cabe. Y nunca es tarde para la memoria.
Los fusilados de Lota cuentan ahora con un documental: Los Elegidos. Una verdad necesaria (2021), dirigido por Carlos Fritz y producido por la Corporación de Memorias del Bio Bio, y con un libro: Huellas de una herida. Los cuatro fusilados de Lota (2025), de Nelson Muñoz Mera. Hace apenas un año, la comuna de Lota erigió un memorial en su recuerdo en la plaza de Salvador Allende y el emblemático centro cultural lotino Pabellón 83 les reserva igualmente un espacio. La sala recién inaugurada en el Museo de la ciudad añade un elemento más. El texto –debido a Julio Gaete- que ahora acompaña al retrato de Isidoro Carrillo en la sala que lleva su nombre expresa de modo tan certero como emotivo la necesidad de ese tributo:
“En las entrañas de Lota, donde el carbón alguna vez ardió como corazón de un pueblo, nació un hombre que eligió vivir con la misma fuerza con que los mineros enfrentaron la oscuridad. Isidoro del Carmen Carrillo Tornería vino al mundo el 21 de mayo de 1927 y, desde joven, comprendió que la verdadera grandeza no se mide en títulos ni riquezas, sino en la capacidad de servir a otros.
A los 16 años descendió por primera vez a la mina. Bajo toneladas de tierra y silencio, aprendió que la dignidad no se negocia y que la solidaridad es más fuerte que cualquier muro. En 1956 se convirtió en dirigente sindical, y desde entonces su voz se volvió eco de miles. Fue líder, compañero y faro. Su nombre se entrelazó con la historia del carbón y con la lucha de un pueblo que no se resignó.
En 1960 encabezó la histórica Huelga Larga. Noventa y seis días en los que el frío, el hambre y la incertidumbre se transformaron en fuerza colectiva. Gracias a esa lucha, la ley “lámpara a lámpara” no fue solo un texto legal sino un símbolo de justicia y esperanza para quienes cada día bajaban a las profundidades con la frente en alto.
Su compromiso transcendió el sindicato. Como regidor y alcalde de Lota entre 1963 y 1967, y luego como gerente general de ENACAR nombrado por Salvador Allende en 1970, defendió con convicción los derechos de los trabajadores. Creía en un país más justo, y lo hizo desde la cercanía de quien conoce el polvo del túnel y la mirada del obrero.
Pero la historia de Chile cambió abruptamente en 1973. La violencia de la dictadura buscó acallar voces como la suya. Fue perseguido, condenado injustamente y fusilado junto a otros compañeros en un acto que pretendía borrar vidas e ideales. Sin embargo, ni las balas ni el silencio impuesto pudieron apagar la luz que encendió en su gente. Su cuerpo permaneció desaparecido durante años, pero su memoria siguió viva en cada rincón de Lota, en cada relato compartido al calor del fogón y en cada trabajador que no olvidó.
Isidoro no solo fue dirigente y político; también fue un apasionado del deporte, creyó en la comunidad como fuerza transformadora, fundó clubes y levantó organizaciones. Soñó con una Lota unida y orgullosa de su identidad.
A su lado, Isabel Nova González, su compañera de vida, enfrentó con dignidad el dolor más profundo. Viuda a los 37 años y madre de 12 hijos, encarnó la fortaleza silenciosa de tantas mujeres que, sin buscar protagonismo, sostuvieron la historia con manos firmes y corazón indoblegable.
Hoy rendimos homenaje a Isidoro Carrillo. No solo al dirigente, al alcalde o al deportista, sino al hombre que se atrevió a soñar y luchar por un mundo más justo. Su legado vive en la memoria de Lota, en la historia de los mineros y en la fuerza de una comunidad que no olvida. Porque quienes defienden la dignidad con coraje no mueren: se transforman en raíz, en voz, en memoria viva.



























