“La polarización funciona como coartada para normalizar discursos reaccionarios”

Gonzalo Velasco Arias reflexiona sobre polarización, bulos y emociones políticas en el marco de las jornadas “La toxicidad está en el aire”.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

Las jornadas “La toxicidad está en el aire. La buena gente también”, celebradas entre el viernes 12 y el sábado 13 de diciembre en Oviedo, tuvieron lugar en un espacio emblemático de la ciudad, la antigua prisión provincial, hoy reconvertida para acoger actividades culturales y de reflexión pública. El programa puso el foco en la desinformación, la saturación informativa y la normalización del discurso de odio, y reunió a activistas, investigadoras y analistas para pensar colectivamente los límites del debate democrático.

Entre las ponencias del ciclo se encontró la de Gonzalo Velasco Arias, doctor en Filosofía y profesor en la Universidad Carlos III de Madrid, especialista en filosofía social. Su trabajo se centra en el estudio de las emociones políticas y la responsabilidad moral en contextos de injusticia estructural, y combina la investigación académica con la intervención en el debate público, donde colabora como analista político en Hoy por Hoy, de la Cadena SER.

Gonzalo Velasco Arias
Foto: Pablo Lorenzana

Con motivo de su intervención, titulada “Polarización, odio y bulo: qué saber, cómo actuar”, celebrada el sábado 13 de diciembre, conversamos con él sobre la confusión informativa, el uso ideológico de la idea de polarización, los límites de la equidistancia, el papel de los medios y las condiciones necesarias para reconstruir un espacio público que no esté dominado por el ruido, el insulto y la desafección.

En estas jornadas se habla de “toxicidad” en el aire. ¿Qué efectos concretos tiene esa toxicidad del debate público en la forma en que discutimos, votamos o convivimos?

La toxicidad es un concepto muy general, pero tiene que ver, a mi juicio, con una confusión creciente a la hora de identificar criterios: qué conocimiento es válido, qué opinión es más adecuada o más fundada. A veces utilizo la metáfora del trilero: por mucho que uno se esfuerce en seguir dónde está la bolita, el trilero consigue que no la veas. Creo que la toxicidad funciona de forma similar. Hay tanta intoxicación, tanto ruido alrededor de las noticias, tanta carga afectiva y tanta moralización de problemas que no son en sí mismos morales, que incluso cuando una persona intenta aplicar herramientas de pensamiento crítico, discriminar fuentes o informarse con rigor, resulta muy fácil caer en la trampa. Las noticias falsas contribuyen claramente a este clima. El resultado es que, cuando tratamos de deliberar o de tomar posición sobre asuntos conflictivos, no somos ni siquiera transparentes para nosotros mismos. No sabemos del todo qué estamos haciendo, porque el clima genera confusión, hartazgo y un cierto escepticismo ante la posibilidad misma de participar en el espacio público. No diría que se produce indiferencia de entrada, pero sí una desafección progresiva.

La trampa de la polarización y la falsa centralidad

Se habla mucho de “polarización” para describir el clima político actual. ¿Le parece un concepto útil para entender lo que está pasando o cree que simplifica en exceso realidades más complejas?

Diría que es un concepto que se usa mal. Se emplea como sinónimo de crispación, de extremismo o de radicalización, y además tiene un uso ideológico muy claro. Conviene estar atentos a los mecanismos de poder que operan en torno a esta palabra. El término polarización tiene cierto prestigio porque procede del magnetismo y parece dotado de una aura científica. En su sentido más estricto, describe un fenómeno por el cual, tras una conversación, las personas salen más reafirmadas en sus posiciones iniciales. A eso se le añade una imagen espacial: la idea de que nos desplazamos hacia los extremos de una línea ideológica. Esto puede ocurrir en lo que se llama polarización ideológica, es decir, en relación con determinadas políticas. Pero el problema surge cuando se utiliza ideológicamente para presentar como “extremas” posiciones que en realidad ocupan la centralidad normativa de nuestras sociedades, como la defensa de los derechos humanos. De este modo, se construye la idea de que el centro es lo razonable y lo bueno, y todo lo demás es exceso. Ahí está la trampa. Al aceptar ese marco, se cede terreno a posiciones que antes no eran aceptables, mientras que conquistas históricas pasan a presentarse como radicales. La polarización funciona entonces como coartada para normalizar discursos reaccionarios y desplazar el consenso democrático.

“Negar los derechos humanos, o ciertos derechos sociales básicos, especialmente el reconocimiento de identidades subalternas que han luchado por formar parte del espacio público, no es una opinión más.”

En el programa de las jornadas se plantea que no todo discurso admite equidistancia. ¿Dónde cree que debería trazarse hoy la línea entre libertad de expresión y discursos que dañan la convivencia democrática?

Esto conecta directamente con lo anterior. Yo defiendo que sí existen criterios de validación. Es curioso que ciertos discursos de la extrema derecha, que se presenta como conservadora, adopten en la práctica una posición profundamente relativista: todo vale, no hay verdades, todo es una lucha de relatos. Sin embargo, hemos llegado a acuerdos históricos que no son arbitrarios. Son el resultado de luchas sociales, de demandas sostenidas en el tiempo, y esos recorridos aportan legitimidad y un criterio de verdad. Frente a la idea de que todo es relato, hay conquistas que se han demostrado verdaderas en sentido histórico. Negar los derechos humanos, o ciertos derechos sociales básicos, especialmente el reconocimiento de identidades subalternas que han luchado por formar parte del espacio público, no es una opinión más. Que hoy se discuta su legitimidad es inadmisible. Defender un criterio de verdad no significa apelar a verdades eternas, sino reconocer procesos históricos de legitimación.

Bulos, posverdad y producción del ruido

¿Por qué los bulos funcionan tan bien incluso cuando sabemos que son falsos o dudosos?

Porque lo que caracteriza a la posverdad no es tanto la mentira como la indiferencia hacia la verdad. El mentiroso sabe cuál es la verdad y la oculta; en la posverdad, en cambio, da igual que algo sea verdadero o falso. Por eso herramientas como el fact checking, aun siendo necesarias, resultan insuficientes. La intoxicación genera una saturación que produce fatiga e indiferencia. Muchas noticias llegan ya prefabricadas desde las propias fuentes políticas, listas para ser distribuidas. A eso se suma el deseo de pertenencia: creer o no creer una información es, en muchos casos, una forma de decir “yo estoy con este grupo”, independientemente de lo que se diga. Todo esto configura un fenómeno complejo en el que intervienen la identidad, la fatiga cognitiva y la indiferencia hacia la verdad.

Gonzalo Velasco Arias
Foto: Pablo Lorenzana.

A menudo se habla de bulos y discursos de odio como si fueran fenómenos difusos, casi espontáneos. ¿Hasta qué punto cree que hay actores organizados, intereses económicos o estrategias políticas detrás de su producción y difusión?

Este es un debate antiguo, pero hoy se ha vuelto más complejo. Las relaciones de producción y las estructuras de poder son mucho más opacas que en otros momentos históricos. Vivimos en un capitalismo cognitivo y financiero en el que no está claro cómo se produce ni cómo se reproduce el capital, y por tanto tampoco la ideología que lo acompaña. Uno de los efectos de este sistema es la aceleración constante. Se trata de mantener el ritmo, de producir fogonazos incesantes que impiden una atención sostenida. Eso ya es estructural. Pero además existen élites que, de forma más o menos intencional, producen este estado del discurso. No se trata de imaginar conspiraciones al estilo de un magnate decidiendo qué debe pensar la gente, sino de una élite gris, formada muchas veces por tecnócratas e ingenieros, que también deben ser considerados ideólogos. El discurso ya no se produce solo desde el político o el intelectual clásico, sino desde múltiples centros técnicos que configuran el ecosistema informativo.

¿Puede poner un ejemplo concreto —en redes sociales, en determinados medios o en el discurso político— de cómo opera hoy esa lógica en el espacio público?

La propia aceleración es un ejemplo claro: la sucesión constante de noticias sin jerarquía, sin tiempo para comprenderlas, donde lo importante es mantener la atención y no la comprensión. Eso ocurre en redes, pero también en medios tradicionales y en la comunicación política institucional.

“Quienes critican a los jóvenes por no informarse adecuadamente suelen haberse socializado en un espacio público mucho más simple.”

Responsabilidad, medios y condiciones para reconstruir lo común

¿Qué responsabilidad moral tiene la ciudadanía cuando comparte información movida por el enfado, el miedo o incluso el humor?

Por un lado, desconfío del discurso que carga toda la responsabilidad sobre el individuo. No creo que la solución pase simplemente por más alfabetización digital o más pensamiento crítico individual. Es muy difícil resistirse individualmente a una estructura así. Quienes critican a los jóvenes por no informarse adecuadamente suelen haberse socializado en un espacio público mucho más simple. Hoy discernir criterios de validez es mucho más complicado. En ese sentido, exonero parcialmente ciertos comportamientos. Ahora bien, aunque no seamos responsables directos de estos fenómenos, sí estamos implicados en ellos. Me gusta distinguir entre responsabilidad e implicación. Tal vez no perpetramos la injusticia, pero sí la perpetuamos con ciertos gestos. Esa conciencia de implicación exige actuar de forma consecuente, aunque no se nos pueda imputar una culpa directa.

¿Qué papel juegan hoy los medios de comunicación en este contexto: ayudan a desactivar el conflicto o contribuyen, aunque sea indirectamente, a amplificarlo?

Es una cuestión compleja porque el ecosistema mediático es muy diverso. No es lo mismo hablar de televisión que de radio, por ejemplo. Pero hay algo común: muchos medios han dejado de ser productores de noticias para convertirse en distribuidores. La noticia llega ya fabricada desde la tribuna política, y la agenda impuesta obliga a reproducir contenidos que quizá no merecerían esa relevancia. Incluso medios con buenos criterios deontológicos terminan amplificando ciertos discursos por esa lógica de agenda y de ruido.

En el debate sobre la desinformación surge la idea de reforzar las sanciones contra el bulo, incluso de establecer responsabilidades profesionales específicas para los periodistas. ¿Le parece un debate necesario o cree que los riesgos democráticos superan los beneficios?

Difícil responder. En una democracia se confía en que sea la sociedad civil quien vigile y neutralice los bulos, pero ese control no siempre produce los efectos deseados. Además, vivimos en una sociedad donde la victimización se ha convertido en una posición de poder, incluso para actores dominantes. Ciertas medidas pueden reforzar esa lógica victimista. Ahora bien, también hay propuestas interesantes, especialmente en el ámbito de las redes sociales. La legislación europea ha avanzado algo, aunque no sabemos si será suficiente. Hay propuestas creativas, como repensar el anonimato. Este permite tanto la denuncia de injusticias como el hostigamiento. Algunas filósofas proponen sistemas intermedios, con agencias terceras que conozcan la identidad real y apliquen sanciones graduales. Quizá necesitamos imaginar soluciones nuevas para un espacio público cuya infraestructura ya no es decimonónica.

Del rechazo moral a la posibilidad de disentir

Desde su trabajo sobre emociones políticas, ¿cómo se traducen esas emociones en comportamientos concretos dentro del debate público?

Cuando hablamos de polarización afectiva, no se trata tanto de emociones intensas constantes, sino de la absolutización de creencias. Creencias morales o políticas pasan a vivirse como verdades incuestionables, lo que elimina la tolerancia al desacuerdo. Además, se moralizan problemas que podrían abordarse desde criterios técnicos o de eficacia. Todo se convierte en intolerable o indignante, y quien discrepa deja de ser interlocutor. Esa moralización genera reacciones emocionales asociadas a la repugnancia y al rechazo.

¿Qué condiciones mínimas deberían darse para que el espacio público deje de estar dominado por el bulo, el insulto y el ruido?

Creo que hay que pensar menos en defectos individuales y más en dinámicas grupales. Los grupos siempre han servido para filtrar información y eso no es necesariamente malo. La cuestión es si esos grupos son más o menos virtuosos. La clave es la confianza relacional. En grupos donde hay confianza recíproca, las personas se atreven a disentir. Cuando no existe esa confianza, aparece el silenciamiento preventivo: no digo lo que pienso para no ser expulsado. Necesitamos espacios donde disentir no tenga un coste heroico. Públicos contrahegemónicos pueden servir para generar confianza y fortalecer capacidades antes de intervenir en el espacio público general, pero también hacen falta públicos receptivos, dispuestos a escuchar. En definitiva, necesitamos entornos que fomenten la confianza para discrepar y para creer a quienes normalmente no son creídos. Sin exigir heroicidades, pero sí facilitando pequeñas disonancias que rompan la lealtad ciega y permitan reconstruir el espacio público.

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