El negocio del agua: por qué privatizar un servicio esencial es tan rentable

Qué ocurre cuando un recurso básico se gestiona durante décadas como una concesión económica y no como un derecho colectivo.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

El agua es uno de los pocos servicios que toda la población utiliza a diario y del que no existe alternativa posible. Esa condición —la de monopolio natural— explica por qué la gestión del agua urbana se ha convertido en un terreno especialmente sensible, donde confluyen intereses económicos, decisiones políticas y debates de fondo sobre el papel de lo público.

En España, como en buena parte de Europa, el agua no se “vende”, pero sí se concesiona. Los ayuntamientos ceden durante décadas la gestión del abastecimiento y el saneamiento a empresas privadas o mixtas, manteniendo formalmente la titularidad del servicio. Es ahí donde comienza un negocio estable, previsible y difícil de fiscalizar, cuya rentabilidad no depende del mercado, sino del diseño de los contratos y del reparto del riesgo.

Embalse de los Alfilorios, de donde proviene buena parte del agua que se consume en Oviedo

Cómo funciona una privatización del agua

El mecanismo es conocido. Un ayuntamiento convoca una concesión para gestionar el ciclo del agua durante 20, 25 o incluso 30 años. La empresa adjudicataria asume la operación diaria —lectura de contadores, facturación, mantenimiento ordinario— y, a cambio, cobra directamente a la ciudadanía mediante la tarifa.

En muchos casos, la concesión incluye un canon concesional: un pago inicial que la empresa entrega al ayuntamiento. Ese ingreso inmediato permite aliviar presupuestos municipales o financiar otras políticas públicas. El coste, sin embargo, se recupera a lo largo del tiempo a través de la tarifa y de las condiciones del contrato. Para las empresas, el atractivo reside en la estabilidad: millones de usuarios cautivos, ingresos garantizados y bajo riesgo comercial.

Como ha señalado la Asociación Española de Operadores Públicos de Abastecimiento y Saneamiento (AEOPAS), la privatización del agua en España no responde tanto a criterios de eficiencia como a su condición de “negocio seguro, sin competencia”, en el que el canon concesional actúa como un préstamo encubierto para los ayuntamientos, recuperado posteriormente a través de la tarifa.

“Informes sectoriales y auditorías públicas llevan años señalando que la privatización no garantiza por sí misma ni mayor eficiencia ni mejores precios.”

El punto crítico aparece en las infraestructuras. Las grandes inversiones —renovación de redes, ampliación de depuradoras, obras estructurales— suelen seguir siendo financiadas con fondos públicos, ya sea antes de privatizar o durante la concesión, según informes sectoriales sobre el ciclo urbano del agua, como los de la Asociación Española de Abastecimientos de Agua y Saneamiento (AEAS). El operador privado hereda así redes saneadas o mejoradas, mientras el sector público asume la parte más costosa y menos rentable del ciclo.

Inversión pública, beneficio privado

Este esquema se repite en numerosos municipios. La lógica es sencilla: las obras que no generan retorno inmediato permanecen en el ámbito público; la gestión diaria, con ingresos estables, se externaliza. Cuando las concesiones expiran, no son pocos los casos en los que los ayuntamientos recuperan un servicio con infraestructuras envejecidas y escaso margen de maniobra.

La discusión no es nueva. Informes sectoriales y auditorías públicas llevan años señalando que la privatización no garantiza por sí misma ni mayor eficiencia ni mejores precios. La diferencia suele estar en el control, la transparencia y la capacidad de reinvertir beneficios en el propio sistema.

AEOPAS y otras entidades del sector público del agua llevan años alertando de que este esquema traslada al ámbito público las inversiones menos rentables —infraestructuras, depuración o renovación de redes— mientras asegura al operador privado ingresos estables durante décadas, con escaso riesgo empresarial y un control limitado.

España, un país ampliamente concesionado

España figura entre los países europeos con mayor presencia de operadores privados o mixtos en la gestión del agua urbana. El propio sector describe un modelo fragmentado, en el que conviven empresas municipales, sociedades mixtas y concesiones privadas. En ese escenario operan grandes grupos empresariales como Agbar (Veolia), Aqualia (FCC) o Acciona Agua, con implantación en cientos de municipios.

No existe un censo oficial único. Las series disponibles varían según la fuente y el año, pero coinciden en una idea: una parte sustancial de la población recibe el servicio a través de concesiones. Esa fragmentación dificulta el control y la comparación de resultados entre modelos.

Foto: Tania González

A ello se suma otro factor: muchas concesiones se firmaron en contextos de urgencia financiera municipal, cuando el canon concesional se convirtió en una herramienta para cuadrar cuentas a corto plazo. El resultado son contratos largos y difíciles de revertir, donde el margen político se reduce durante décadas.

El caso Aquagest, en el marco de la operación Pokémon, investigó durante años presuntas irregularidades en adjudicaciones municipales relacionadas con la gestión del agua y otros servicios

Corrupción y agua: los casos que marcaron el debate

Hablar del agua como negocio implica también abordar los riesgos de corrupción asociados a la contratación pública de servicios esenciales. No se trata de una acusación general, sino de hechos documentados.

El caso Aquagest, en el marco de la operación Pokémon, investigó durante años presuntas irregularidades en adjudicaciones municipales relacionadas con la gestión del agua y otros servicios. La causa puso el foco en relaciones entre empresas concesionarias, responsables políticos y financiación irregular, y evidenció la vulnerabilidad del sistema cuando los contratos se prolongan en el tiempo y la fiscalización es débil.

A escala estatal, el caso Lezo situó en el centro del debate la gestión del Canal de Isabel II, empresa pública del agua en la Comunidad de Madrid. La investigación judicial se centró en operaciones societarias, inversiones internacionales y decisiones políticas que habrían generado perjuicios económicos. El caso mostró que la opacidad y el uso político del agua no son exclusivos de la gestión privada: también pueden aparecer en entes públicos de gran tamaño si fallan los mecanismos de control.

En varios de estos casos, el canon concesional aparece como uno de los elementos centrales del conflicto, al vincular adjudicaciones de largo plazo con necesidades financieras inmediatas de los gobiernos locales, una práctica que en países como Francia fue prohibida tras sucesivos escándalos. Ambos episodios dejaron una enseñanza común: el agua concentra poder económico y político suficiente como para exigir estándares de transparencia superiores a la media.

El contrapunto: cuando el agua sigue siendo pública

Frente a este panorama, algunos municipios han mantenido o recuperado la gestión pública directa. El caso más relevante en Asturias es Gijón, donde el abastecimiento y saneamiento se gestionan a través de la Empresa Municipal de Aguas (EMA).

La gestión directa permite que los ingresos del servicio se reinviertan íntegramente en la red, sin reparto de dividendos, y que las decisiones estratégicas se adopten en el ámbito municipal. Lejos de ser un modelo deficitario por definición, la experiencia gijonesa se sostiene en el equilibrio económico y en la planificación a largo plazo, según defiende el propio Ayuntamiento.

No se trata de un modelo exportable sin más, pero sí de una evidencia empírica: la gestión pública del agua puede ser viable y sostenible si cuenta con estructura técnica y voluntad política.

En España, uno de los casos más citados es Valladolid, que en 2017 recuperó la gestión pública del agua tras décadas de concesión privada, creando la empresa pública Aquavall

Asturias como microcosmos del debate

El mapa asturiano reproduce, a pequeña escala, el debate estatal. Junto a Gijón conviven concejos con concesiones privadas o mixtas, presencia de grandes operadores y procesos de estudio sobre el futuro del servicio. En algunos casos, como Siero, las decisiones sobre el modelo de gestión han ido precedidas de inversiones públicas significativas en la red, lo que reabre la pregunta sobre quién asume los costes y quién obtiene los beneficios.

La Empresa Municipal de Aguas de Gijón. Foto: C. Santos

Asturias aparece así como un laboratorio donde se cruzan todas las variables del debate: gestión directa, concesiones largas, inversión pública previa y presión presupuestaria municipal.

Una tendencia global: recuperar el control

En España, uno de los casos más citados es Valladolid, que en 2017 recuperó la gestión pública del agua tras décadas de concesión privada, creando la empresa pública Aquavall. El proceso estuvo precedido de auditorías, debate político y movilización social, y se convirtió en referencia para otros municipios que estudiaban revertir concesiones. Desde entonces, el Ayuntamiento ha defendido el control público del servicio como una herramienta de transparencia, reinversión y planificación a largo plazo.

Instalaciones de Eau de Paris en L’Haÿ-les-Roses, uno de los centros del sistema público de agua de la capital francesa tras la remunicipalización de 2010. Foto: Atabaraud / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).

Desde hace más de una década, decenas de ciudades en todo el mundo han optado por remunicipalizar el servicio del agua. El caso más citado es París, que en 2010 recuperó la gestión tras décadas de privatización, creando la empresa pública Eau de Paris. Desde entonces, la ciudad ha reducido tarifas, incrementado la inversión y reforzado la transparencia.

Según organizaciones internacionales como Transnational Institute o Public Services International, existen más de 300 procesos de remunicipalización documentados en distintos países. Las razones se repiten: costes elevados, falta de control democrático y necesidad de reinvertir beneficios en infraestructuras.

Un negocio diseñado para durar

El agua es negocio no porque sea privada, sino porque es esencial, constante y sin competencia. En ese contexto, las concesiones convierten un derecho básico en un flujo de ingresos seguro durante décadas. El riesgo, en buena medida, permanece en lo público; el beneficio, en muchos casos, se privatiza.

La experiencia asturiana, con Gijón como contrapunto, demuestra que existen alternativas viables. El debate no es ideológico, sino estructural: quién decide, quién paga, quién controla y quién se beneficia de un recurso que, por definición, pertenece a toda la comunidad.

O dicho de otra forma. En un escenario de crisis climática, envejecimiento de infraestructuras y presión sobre los presupuestos locales, la pregunta ya no es solo quién gestiona el agua, sino qué modelo permite protegerla como derecho y no solo como negocio.

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