Hipotermia en Gaza

Las madres no pueden preparar la comida para sus hijos, no pueden coser su ropa, no pueden salvarlos del frío.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Mi madre cocinaba maravillosamente bien. Siento no haberme fijado más, pero algo pude aprender viéndola y, cuando ya no cocinaba, yo le seguía preguntando y pidiendo detalles del modo de preparar algunos de los platos que más me gustaban. Guardo la libreta en la que ella había ido apuntando muchas recetas, aunque no es lo mismo que verla  a ella con las manos en la masa y, además, al referirse a las cantidades, da igual que se hable de sal que de harina, esa expresión de “la que pida” me ha parecido siempre imprecisa hasta la desesperación. Toda la razón tenía Platón cuando contaba el mito del origen de la escritura y decía que, frente al lenguaje oral, en el que si algo no lo entiendes le preguntas a tu interlocutor que te lo explique, o que te lo repita con otras palabras, el texto escrito tenía una desventaja, que le puedes preguntar mil veces y mil veces te dirá lo mismo: ¿cuánta sal?, “la que pida”, sí, pero es que a mí no me pide nada, y…  “la que pida”.

Además de cocinar cosía muchísimo y nada me gusta más que usar las toallas y la ropa de cama con las iniciales bordadas por ella, las suyas o las mías. Me da igual lo gastadas que estén, que además no lo están y se mantienen a salvo de la obsolescencia programada que ahora afecta hasta a los cencerros de las vacas. No las cambiaría por nada y en esa decisión se junta mi espíritu anticonsumista con el amor por esas letras que ella copiaba de unas revistas en las que venían bordados con todo el abecedario. Eso no lo aprendí y sé lo justo para coser un botón. También tejía mi madre, mucho, fueron montones los jerséis que nos hizo a mí y a mis hermanos. Recuerdo que la lana se reutilizaba. Cuando el jersey se quedaba pequeño, se deshacía y la lana se metía en agua hirviendo para que quedara de nuevo estirada. Una vez seca, se hacía un ovillo y se volvía a usar para tejer otro jersey.

Cuando la vejez le impidió seguir haciendo todas estas labores, alguna vez se lamentaba y yo siempre le decía, cogiéndole las manos, que ya había hecho más de lo que yo podría hacer aunque viviera mil vidas, que esas manos suyas habían trabajado tanto, tantísimo, que no pasaba nada porque descansaran un poco. Y ella se miraba entonces también las manos y decía que era verdad, y lo decía contenta.

No sé qué pensarán las madres de Gaza, que no pueden hacer nada con sus manos, ni pan, ni ropa, ni siquiera calentar a sus hijos. Una bebé de ocho meses murió de frío hace unos días en Khan Younis, en el sur de Gaza. Se llamaba Rahaf Abu Jazar. Sabemos su nombre y hemos visto fotos de su madre y de su padre, lo que hace que la noticia parezca más real, pero son cientos los niños y niñas que mueren de frío en campos de refugiados anegados por la lluvia. UNRWA ha estado informando de los muertos a causa de la tormenta Byron. Los palestinos tienen que enfrentarse a las lluvias en condiciones terribles porque el bloqueo continúa y porque continúa el genocidio. Que ya casi no sea noticia es una victoria de los sionistas y de sus indeseables cómplices, que con la apariencia de una falsa tregua han conseguido apartar muchas miradas de Gaza.

Yoav Gallant, ex ministro de defensa de Israel, anunció con mucha claridad sus planes el 9 de octubre del 2023: “Impondremos un asedio total sobre Gaza. Ni electricidad, ni alimentos, ni agua, ni combustible. Cortaremos todo. Nos enfrentamos a animales y debemos actuar en consecuencia”. Lo dijo, lo hizo y lo siguen haciendo, impunemente, lo cual nos convierte en cómplices. Nunca ha sido una guerra, es un genocidio anunciado y del que sus autores hacen ostentación. Los genocidas, los torturadores, ¿qué pensarán cuando miran sus manos manchadas de sangre?

Recuerdo muy bien las manos de mi madre y las de mi padre. Las mías, aunque dediquen tiempo a cocinar y lo hagan con mucho gusto, son como las de mi padre y, al teclado del ordenador (también tengo su máquina de escribir, pero no la uso), hacen lo único que creen que pueden hacer para que no se olvide ni un solo día que el estado genocida de Israel está borrando de la faz de la tierra a todo un pueblo, que ha asesinado a decenas de miles y está dejando morir al resto de frío y hambre. Las madres de Gaza no pueden preparar la comida para sus hijos, no pueden coser su ropa, no pueden salvarlos del frío. Sólo pueden abrazar cuerpos helados con sus manos heladas.

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