El pasado viernes prometía ser una jornada tranquila. Como cada mañana, lo primero que hice fue consultar la agenda en la aplicación móvil de la Junta General. Solo figuraban dos citas: una ponencia de la ley de presupuestos a las 9:00, en la que estaba mi compañera Delia Campomanes, y la Junta de Portavoces a las 14:00. Con esa previsión, participé aquella mañana en una ejecutiva telemática de Movimiento Sumar —aquel día se cumplía el límite del plazo para registrar coaliciones en Aragón— y, a eso de las 12:50, emprendí el viaje hacia Uviéu para llegar con antelación a la cita de las dos.
A mitad de camino, un mensaje de mi compañera Delia casi me saca de la carretera: a las 13:00 se había convocado la Comisión de Hacienda para votar el dictamen de los presupuestos. Entré por las puertas de la Junta General a eso de las 13:25, pero ya era tarde. Por un solo voto, el dictamen había decaído. En ese momento, se me cayó el alma a los pies.
La trampa de la burocracia
Más tarde pude reconstruir lo ocurrido. La convocatoria oficial llegó a mi correo a las 12:17. Es decir, se nos citó con apenas 43 minutos de antelación. No pretendo que esto sirva de excusa, pero es necesario explicar la realidad de la Cámara: los diputados recibimos semanalmente cientos de correos bajo el epígrafe genérico de “Registro de Entrada/Salida”. Para conocer su contenido hay que abrir los adjuntos uno a uno; un volumen de información inasumible para cualquier equipo humano, y más aún para un grupo parlamentario pequeño como el nuestro.
Es cierto que uno de esos archivos contenía un cronograma, aprobado en noviembre, que situaba la votación ese viernes. Asumo en primera persona que tanto mi equipo como yo debimos haberlo tenido presente. Fue un error humano. Imperdonable, inexcusable, si quieren. Por eso, lo primero que hice en la Junta de Portavoces (retrasada a las 15:00 mientras los letrados analizaban la situación) fue pedir disculpas a los grupos parlamentarios y a los trabajadores de la casa. He vuelto a pedir perdón públicamente ante cada medio de comunicación que me ha preguntado.
Pedir perdón no te hace débil, te hace responsable. Lo que debilita a las instituciones es usar ese perdón como una oportunidad de sabotaje. La verdadera medida de un representante público no es la infalibilidad, sino la capacidad de dar la cara cuando las cosas salen mal. La política está hecha por personas, no por algoritmos, y donde hay personas, hay margen para el error. Lo que no debería haber es margen para la falta de ética.
El fin de la cortesía parlamentaria
Sin embargo, en política, los errores pueden corregirse o utilizarse como armas de destrucción masiva. El reglamento de la Cámara permitía una solución sencilla: convocar de nuevo la comisión esa misma tarde para reelaborar el dictamen y “desfacer el entuerto”. Pero el bloque de la derecha (PP y Foro) y la extrema derecha (Vox) olieron sangre. Vieron la posibilidad de torpedear los presupuestos y en sus sueños húmedos creyeron que podrían forzar una prórroga que habría sido desastrosa para la ciudadanía asturiana.
Aquí es donde debemos hablar de la cortesía parlamentaria, una práctica que hoy desgraciadamente agoniza. En un parlamento pequeño como el nuestro, de 45 diputados, siempre han imperado normas no escritas de respeto institucional. Es habitual repetir votaciones cuando alguien se equivoca de botón o modificar órdenes del día por errores de registro de un grupo parlamentario, habitualmente el popular. Incluso hemos llegado a retrasar el inicio de un pleno porque un diputado del grupo mixto no había llegado a tiempo y debía intervenir en primer lugar.
Curiosamente, las únicas veces en esta legislatura que se ha negado esa cortesía ha sido con Convocatoria por Asturies. El PP se negó a compensar el voto de Delia Campomanes cuando estaba en un viaje de partido, práctica habitual que nunca se le niega a ellos. También rechazaron modificar un orden del día a petición nuestra, algo que nosotros aceptamos siempre que nos lo piden. Y lo seguiremos haciendo. Precisamente porque no somos como ellos. No buscamos atajos en los errores ajenos porque entendemos la política de otra manera.
Esa elegancia desapareció definitivamente el viernes. La presidenta de la Comisión de Hacienda, la popular Sandra Camino, se negó a buscar una solución razonable, actuando de forma parcial y siguiendo, a la vista de todos, las instrucciones que el diputado de su partido Cuervas Mons le dictaba para boicotear la tramitación del presupuesto.
La doble vara de medir
La actitud de la señora Camino no es nueva. Su autoritarismo ya nos obligó a pedir amparo al presidente de la Cámara durante la tramitación presupuestaria. En plena comparecencia de la consejera de Salud, la presidenta cortó la intervención de Delia Campomanes cuando comenzó a comparar la sanidad asturiana con la de comunidades del PP. Camino llegó a decir que hablar de la crisis sanitaria de los cribados de cáncer de mama en Andalucía era como hablar de “los monos de Uganda”. Unas palabras que la retratan por su absoluta falta de empatía. Es insólito que quien preside una comisión coarte la palabra de una diputada mientras permite a su bancada hablar de Koldo o Ábalos en un debate presupuestario asturiano.
En la Junta de Portavoces que se celebró el día de autos, un Adrián Pumares visiblemente alterado me reprochó que yo “no había estado donde tenía que estar”. Tiene razón, y reitero mis disculpas. Pero me pregunto dónde estaba su rigor cuando faltó durante la primera semana de comparecencias de la comisión de investigación de un accidente minero con cinco fallecidos por irse de vacaciones por Europa. Eso no fue un descuido de 20 minutos; fue una ausencia deliberada. No es lo mismo perderse en la maraña de la burocracia digital que decidir, conscientemente, no cumplir con tus obligaciones.
Pumares no está solo en esa hipocresía. Lo acompaña Sara Rouco (Vox), ausente habitual de los plenos por su agenda municipal, y Luis Venta Cueli (PP), que como secretario de la comisión de Zarréu entorpece el derecho a preguntar de otros diputados con sus incomparecencias. Y qué decir de Gonzalo Centeno (Vox), quien o no acude a las ponencias o se sienta a leer el periódico mientras el resto legislamos. Resulta intolerable que alguien con ese historial de desidia se atreviera a espetarme en comisión que mi única salida era “el exilio o el suicidio”. Cruzar esa línea ya no es política; es una bajeza moral y una bajeza humana. Es, sencillamente, maldad. Aunque nada sorprende de quien es conocido en la Cámara por su actitud arrogante, sus comentarios machistas y clasistas, y por despellejar en público a su propia portavoz, Carolina López.
El bien común frente a la tierra quemada
Llegar tarde por un fallo de comunicación me ha costado un linchamiento político y mediático. Lo asumo; va en el cargo. Pero resulta hipócrita que den lecciones quienes se ausentan por placer, quienes leen la prensa en el escaño o quienes utilizan las instituciones para el sabotaje. Mi error fue humano; lo de ellos es una estrategia de “cuanto peor para todos, mejor para nosotros”.
Afortunadamente, no lo han conseguido. Tras el mal trago, queda la satisfacción de haber aprobado unos presupuestos progresistas que refuerzan nuestro Estado del Bienestar e invierten dos de cada tres euros en sanidad, educación, dependencia o vivienda. Se aprobarán en tiempo y forma, con todas las garantías legales, pese a que el PP intentó usar su “última bala” con un recurso de reconsideración rechazado con argumentos sólidos por los letrados de la Cámara.
Esta experiencia me deja una cicatriz, pero también una enseñanza: la política sin cortesía y sin humanidad es solo un campo de batalla estéril. Al final, el ruido pasará y los titulares amarillearán en la hemeroteca. Lo que quedará es la realidad de unos presupuestos que protegen a nuestra gente. Seguiré cometiendo errores, porque soy humano, pero nunca cometeré el error de poner mi ego o mi estrategia de partido por encima del bienestar de Asturies. Ellos han elegido la tierra quemada; nosotros seguiremos labrando el futuro. Porque, a diferencia de quienes gritan desde el escaño o leen el periódico en las ponencias, nosotros sí sabemos dónde tenemos que estar: con el interés general.



























