Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Cantabria y la Universidad de Oviedo constata un retroceso significativo de la línea de costa en la playa de La Maruca, en Santander, junto a cambios relevantes en su morfología y en la distribución de los sedimentos durante las últimas cuatro décadas.
La investigación, desarrollada por el profesor Jaime Bonachea, del departamento CITIMAC de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Cantabria, y por Germán Flor, del departamento de Geología de la Universidad de Oviedo, señala que la playa ha experimentado una migración hacia tierra de unos 12 metros en los últimos 40 años.
Según el estudio, este desplazamiento se debe principalmente al ascenso del nivel del mar y a la modulación del régimen de oleaje en el mar Cantábrico, factores que están alterando el equilibrio de este tramo del litoral.
“Entre los resultados destaca también la reducción del área ocupada por los depósitos de cantos, estimada en unos 460 metros cuadrados, así como cambios morfológicos.”
El trabajo subraya que comprender la evolución morfodinámica de las playas resulta clave para la gestión costera, y pone de relieve la complejidad de estos sistemas, condicionados tanto por procesos naturales como por la acción humana.
La Maruca es una playa de cantos rodados, caracterizada por condiciones de oleaje de baja energía y una morfología singular. A diferencia de las playas arenosas, este tipo de sistemas ha recibido menor atención científica, pese a su relevancia para la estabilidad del litoral.
El estudio cobra especial interés al desarrollarse dentro del Geoparque Mundial de la Unesco Costa Quebrada y aporta información útil para anticipar los efectos del cambio climático y de la presión antropogénica sobre la costa cantábrica.
Entre los resultados destaca también la reducción del área ocupada por los depósitos de cantos, estimada en unos 460 metros cuadrados, así como cambios morfológicos como el aumento de la altura de las bermas, la aparición de depósitos asociados a episodios de tormenta y una notable variabilidad en el número y la longitud de estas formaciones.
Según los autores, estos datos contribuyen a mejorar la resiliencia de los sistemas costeros atlánticos y pueden servir de base para futuras estrategias de gestión y conservación del litoral



























